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Biblioteca de Charles Darwin en internet (con sus comentarios y anotaciones)

Definitivamente, Charles Darwin era de los que hacen anotaciones en sus libros. El naturalista más célebre plasmó multitud de comentarios y reflexiones en los volúmenes que forman parte de su biblioteca personal, y que desde hace un siglo custodia la Universidad de Cambridge (Reino Unido).

Ahora, un proyecto británico está digitalizando sus libros para hacerlos accesibles a todo el público, que puede consultarlos de manera gratuita a través de Internet.

La página web Charles Darwin’s Library recoge, de momento, los 330 libros que contienen un mayor número de anotaciones. El objetivo es digitalizar los 730 volúmenes en los Charles Darwin (1809-1882) hizo notas a pie de página. Su biblioteca personal, una de las más valiosas de la Universidad de Cambridge, atesora un total de 1.480 libros. Es decir, los internautas pueden consultar ya el 22% de las obras de la colección.

Fue su hijo Francis el que en 1908 cedió a la Escuela de Botánica de la prestigiosa universidad británica gran parte del material que conformaba lo que él denominaba la ‘biblioteca de Darwin’ y que, además de libros, incluía todos los documentos, publicaciones y panfletos que su padre guardaba en su casa (Down House) hasta su muerte en 1882. El profesor de Botánica A. C Seward fue el encargado de conservar tan preciado legado.

Francis Darwin se quedó, sin embargo, la mayor parte de los manuscritos de su padre y algunos títulos. Con el paso de los años, la ‘biblioteca de Darwin’ fue trasladada de lugar en varias ocasiones. Además, algunos libros se deterioraron y otros se vendieron, aunque parte de éstos volvieron a formar parte de la colección posteriormente. A pesar de todo, el conjunto de la obra se conserva en buen estado, pues casi todas las piezas de la colección estuvieron en manos de familiares o coleccionistas que las trataron con mimo.

La actual misión del Proyecto ‘Biblioteca de Darwin’ es reunir todos los libros y documentos conocidos de la colección original y agruparlos en una biblioteca virtual que asegure su conservación para las futuras generaciones.

Un ávido lector

¿Y qué tipo de lector era Darwin? Los responsables del proyecto afirman que el autor de ‘El origen de las especies’ leía de manera sistemática y con gran intensidad. De hecho, la lectura era una herramienta clave de su práctica científica: recopilaba información, exploraba y definía las posibilidades para investigar sus ideas sobre evolución y calibraba las críticas a sus propias publicaciones.

A la hora de estudiar el legado de Darwin, los científicos se han centrado sobre todo en sus manuscritos y en su correspondencia. Su biblioteca, sin embargo, no ha recibido hasta ahora la atención que merece. Y eso a pesar de que ofrece valiosa información para entender cómo evolucionó su trabajo y su forma de pensar.

Las transcripciones de sus anotaciones que acompañan cada página permiten a los lectores ver qué pasajes llamaron la atención a Darwin, cuáles consideró relevantes para su trabajo o qué páginas encontró aburridas.

Respecto a las materias de los libros que conforman la colección, la mayor parte son científicos aunque también hay algunos títulos filosóficos, como ‘Inquiries concerning the intellectual powers and the investigation of truth’, de John Abercrombie. Muchos de estos títulos trataban sobre asuntos relacionados con las humanidades que Darwin intentaba transformar en ciencia. El listado de las lecturas puede consultarse en la web, que permite localizar los libros por título o tema.

Joyas literarias y científicas

El proyecto de digitalización de los libros de Darwin ha sido llevado a cabo conjuntamente por la Universidad de Cambridge, que custodia la mayor parte de los libros, el Proyecto de Manuscritos de Darwin del Museo de Historia Natural de EEUU, el Museo de Historia Nacional británico y la Biodiversity Heritage Library.

Durante sus 650 años de vida, la Universidad de Cambridge ha recopilado más de ocho millones de libros y publicaciones, un millón de mapas y miles de manuscritos que se reparten en interminables estanterías. Desde 1710 es la encargada de adquirir una copia de todos los libros y periódicos publicados en el Reino y en Irlanda, una actividad que añade miles de títulos a su colección cada año.

Sus estanterías guardan verdaderos tesoros. Además de la biblioteca y la correspondencia de Darwin, la Universidad de Cambridge custodia una copia de la Biblia de Gutenberg de 1455, archivos del Observatorio de Greenwich y documentos de Isaac Newton, entre otros valiosos documentos. Sus proyectos de digitalización están permitiendo que los amantes de la ciencia y la literatura disfruten de estas joyas bibliográficas sin salir de su casa y puedan consultar documentos cuyo acceso estaba hasta hace poco reservado a los investigadores.

Fuente: El mundo

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Veronika decide morir (Extracto)

Amo este libro. Es uno de mis favoritos. Por eso les comparto el capitulo con el que mas me identifico.
Espero lo disfruten. -AD

Cuando Eduard abrió los ojos, la chica todavía estaba allí. En sus primeras sesiones de electroshock pasaba mucho tiempo intentando acordarse de lo que había sucedido; al fin y al cabo, éste era precisamente el efecto terapéutico que se proponía aquel tratamiento: provocar una amnesia parcial de forma que el enfermo olvidase el problema que lo afligía y permitir que se tranquilizara.

Sin embargo, a medida que los electroshocks se le aplicaban con mayor frecuencia, sus efectos ya no duraban tanto tiempo; pronto identificó a la chica.

—Hablaste de las visiones del Paraíso mientras dormías —comentó ella, pasando la mano por sus cabellos.
¿Visiones del Paraíso? Sí, visiones del Paraíso. Eduard la miró. Quería contarle todo.

En aquel momento, sin embargo, la enfermera entró con una jeringa en la mano.

—Tengo que ponérsela ahora —le dijo a Veronika—. Órdenes del doctor Igor.

—Ya me aplicaron una hoy; no voy a dejarme poner otra —reclamó ella—. Tampoco me interesa irme de aquí. No voy a obedecer ninguna orden, ninguna regla, nada que me quieran obligar a hacer.

La enfermera parecía acostumbrada a este tipo de reacciones.

—Entonces, sintiéndolo mucho, tendremos que doparla.

—Tengo que hablar contigo —le dijo Eduard—. Deja que te ponga la inyección.

Veronika levantó la manga del jersey y la enfermera se la aplicó.

—Buena chica —comentó—. ¿Por qué no salen de esta enfermería lúgubre y van a pasear un poco por allí afuera?

—Estás avergonzada por lo que pasó anoche —dijo Eduard mientras caminaban por el jardín.

—Lo estuve. Ahora estoy orgullosa. Quiero saber acerca de las visiones del Paraíso, porque estuve muy cerca de una de ellas.

—Tengo que mirar más lejos, detrás de los edificios de Villete —dijo él.

—Hazlo.

Eduard miró hacia atrás, no a las paredes de las enfermerías o al jardín donde los internos caminaban en silencio, sino a una calle en otro continente, en una tierra donde llovía mucho o no llovía nada.

Eduard podía sentir el olor de aquella tierra: era tiempo de sequía y el polvo entraba por su nariz y le causaba placer, porque sentir tierra es sentirse vivo. Pedaleaba en una bicicleta importada, tenía diecisiete años y acababa de salir del colegio americano de Brasilia, donde también estudiaban los demás hijos de diplomáticos.

Detestaba Brasilia, pero amaba a los brasileños. Su padre había sido nombrado embajador de Yugoslavia en Brasil dos años antes, en una época en que ni siquiera se presentía la sangrienta división del país. Milosevic estaba en el poder; hombres y mujeres vivían sus diferencias y procuraban armonizar más allá de los conflictos regionales.

El primer destino de su padre había sido exactamente Brasil. Eduard soñaba con playas, carnaval, partidos de fútbol, música…, pero fue a parar a aquella capital, lejos de la costa, creada tan sólo para cobijar a políticos, burócratas, diplomáticos y a los hijos de todos ellos, que no sabían bien qué hacer en ese ambiente.

Eduard detestaba vivir allí. Pasaba el día abstraído en sus estudios, intentando, sin conseguirlo, relacionarse con sus colegas de estatus; procurando, sin lograrlo, interesarse como ellos por automóviles, zapatillas de moda y ropas de marca, único tema de conversación entre esos jóvenes.

De vez en cuando se celebraba una fiesta, durante la cual los muchachos se emborrachaban en un lado del salón mientras las chicas fingían indiferencia desde el otro lado. La droga corría siempre, y Eduard ya había experimentado prácticamente todas las variedades posibles sin jamás conseguir interesarse por ninguna de ellas; luego se sentía agitado o somnoliento en exceso y perdía interés por lo que sucedía a su alrededor.
Su familia vivía preocupada. Era necesario prepararlo para seguir la misma carrera que. el padre, y aunque Eduard reuniese todas las condiciones necesarias —ganas de estudiar, buen gusto artístico, facilidad para aprender idiomas, interés por la política—, le faltaba una cualidad básica en la diplomacia. Le costaba comunicarse con los demás.

Por más que sus padres lo llevaran a fiestas, abriesen su casa a sus amigos del colegio americano y le asignaran una generosa mesada, eran raras las veces que Eduard aparecía con alguien. Un día su madre le preguntó por qué no traía a sus amigos para almorzar o cenar.

—Ya sé todas las marcas de zapatillas y ya conozco el nombre de todas las chicas con quienes es fácil acostarse. No tenemos otro tema interesante que tratar.

Hasta que apareció la joven brasileña. El embajador y su mujer se tranquilizaron cuando el hijo comenzó a salir, llegando tarde a casa. Nadie sabía exactamente de dónde había salido, pero cierta noche Eduard la llevó a cenar a casa. La chica era educada, y ellos se alegraron: ¡por fin su hijo iba a desarrollar su talento en la relación con desconocidos! Además (ambos lo pensaron sin comentarlo entre sí), la presencia de aquella joven disipaba una preocupante aprensión que había anidado en sus mentes: ¡Eduard no era homosexual!

Trataron a María (tal era su nombre) con la amabilidad de futuros suegros, a pesar de saber que dentro de dos años serían trasladados a otro destino y de que no tenían la menor intención de acceder a que su hijo se casara con alguien oriundo de un país tan exótico. Tenían planes para que él encontrase una chica de buena familia en Francia o Alemania, que pudiese acompañar con dignidad la brillante carrera diplomática que el embajador estaba preparando para él.

Eduard, no obstante, se mostraba cada vez más enamorado. Preocupada, la madre fue a hablar con su marido.

—El arte de la diplomacia consiste en hacer esperar al oponente —dijo el embajador—. Un primer amor puede no pasar nunca, pero siempre acaba.

Pero Eduard daba muestras de haber cambiado por completo. Empezó a aparecer en la casa con libros extraños, montó una pirámide en su cuarto y, junto con María, encendían incienso todas las noches y permanecían durante horas concentrados en un extraño dibujo clavado en la pared. El rendimiento de Eduard en el colegio americano empezó a descender.

La madre no entendía portugués, pero podía ver las cubiertas de los libros, en las que aparecían dibujos de cruces, hogueras, brujas ahorcadas, símbolos exóticos.

—Nuestro hijo está leyendo cosas peligrosas —aseveró.

—Peligroso es lo que está pasando en los Balcanes —respondió el embajador—. Hay rumores de que la región de Eslovenia quiere la independencia, y esto nos puede llevar a una guerra.

La madre, no obstante, no daba la menor importancia a la política; quería saber qué estaba pasando con su hijo.

—¿Y esa manía de encender incienso?

—Es para disimular el olor de marihuana —afirmaba el embajador—. Nuestro hijo ha tenido una excelente educación, así que no puede creer que esos palitos perfumados puedan atraer a los espíritus.

—¡Mi hijo está mezclado en drogas!

—Suele pasar. Yo también fumé marihuana cuando era joven y uno pronto se cansa, como me cansé yo.

La mujer se sintió orgullosa y tranquila: su marido era un hombre con experiencia, había entrado en el mundo de la droga y conseguido salir Un hombre con esta fuerza de voluntad era capaz de controlar cualquier situación.

Un buen día, Eduard pidió una bicicleta.

—Tienes chófer y un Mercedes Benz. ¿Para qué quieres una bicicleta?

—Para el contacto con la naturaleza. María y yo vamos a hacer un viaje de diez días —les comunicó—. Hay un lugar aquí cerca con inmensos depósitos de cristal y María asegura que transmiten muy buena energía.

La madre y el padre habían sido educados bajo el régimen comunista: los cristales eran apenas un producto mineral, que obedecía a una determinada organización de átomos y no emanaban ningún tipo de energía, fuese ésta positiva o negativa. Investigaron y descubrieron que aquellas ideas de «vibraciones de cristales» empezaban a estar de moda.

Si su hijo hablara sobre el tema en una fiesta oficial, podría parecer ridículo a los ojos de los demás asistentes. Por primera vez el embajador reconoció que la situación estaba empezando a ser grave. Brasilia era una ciudad que vivía de rumores y pronto se sabría que Eduard estaba mezclado en supersticiones primitivas; los rivales en la embajada podían pensar que había aprendido aquello de los padres, y la diplomacia —además de ser el arte de esperar— era también la capacidad de mantener siempre, en cualquier circunstancia, una apariencia convencional y protocolar.

—Hijo mío, esto no puede continuar así —dijo el padre—. Tengo amigos en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Yugoslavia. Tú serás un brillante diplomático, y es preciso aprender a enfrentar al mundo.

Eduard salió de su casa y aquella noche no volvió. Sus padres llamaron a casa de María, a los hospitales y hasta a la morgue sin conseguir ninguna noticia. La madre perdió la confianza en la capacidad de su marido de tratar con la familia, aún cuando fuese un excelente negociador con extraños.

Al día siguiente, Eduard apareció hambriento y somnoliento. Comió y se fue a su cuarto, encendió sus inciensos, rezó sus mantras y durmió el resto de la tarde y de la noche. Cuando se despertó, una bicicleta nueva y reluciente lo estaba esperando.

—Vete a ver tus cristales —dijo la madre—. Yo ya le explicaré a tu padre.

Y así, aquella tarde de sequía y polvareda, Eduard se dirigía alegremente a casa de María. La ciudad estaba tan bien diseñada (en opinión de los arquitectos) o tan mal diseñada (en opinión de Eduard) que casi no había esquinas. Él iba por la derecha en una pista de alta velocidad, mirando el cielo lleno de nubes que no producen lluvia, cuando sintió que subía en dirección a ese cielo a una velocidad inmensa para inmediatamente bajar y encontrarse en el asfalto.

¡PRAC! « He sufrido un accidente. »

Quiso girarse porque su cara estaba pegada al asfalto, pero advirtió que ya no tenía control sobre su cuerpo. Oyó el ruido de coches que frenaban, gente que gritaba, alguien que se aproximó e intentó tocarlo, para luego oír un grito: «¡No lo toque! Si alguien lo toca, puede quedar inválido para el resto de su vida. »

Los segundos pasaban lentamente, y Eduard comenzó a sentir miedo. A diferencia de sus padres, creía en Dios y en una vida más allá de la muerte, pero aún así consideraba injusto aquello: morir a los diecisiete años, mirando el asfalto, en una tierra que no era la suya.

—¿Estás bien? —inquiría una voz.

No, no estaba bien, no conseguía moverse ni tampoco conseguía decir nada. Lo peor de todo era que no perdía la conciencia, sabía exactamente lo que estaba pasando y en lo que se había metido. ¿Por qué no se desmayaba? ¿Es que Dios no tenía piedad de él, justamente en un momento en que Lo buscaba con tanta intensidad, contra todo y contra todos?

—Los médicos ya están en camino —le susurró otra persona cogiendo su mano—. No sé si puedes oírme, pero quédate tranquilo. No es nada grave.

Sí, podía oír, y le gustaría que esa persona —un hombre— continuase hablando, garantizase que no era nada grave, aún cuando ya fuese lo bastante adulto como para entender que siempre se dice eso cuando la situación es muy seria. Pensó en María, en la región donde había montañas de cristales llenos de energía positiva, mientras que Brasilia era la mayor concentración de negatividad que había conocido en sus meditaciones.

Los segundos se transformaron en minutos, las personas continuaban en sus intentos por consolarlo y, por primera vez desde que sucediera todo, empezó a sentir dolor Un dolor agudo, que nacía en el centro de la cabeza y parecía irradiarse por todo el cuerpo.

—Ya han llegado —dijo el hombre que le tenía cogida la mano—. Mañana estarás andando otra vez en bicicleta.

Pero al día siguiente Eduard estaba en un hospital, con las dos piernas y un brazo enyesados, sin posibilidad de salir de allí durante los próximos treinta días, teniendo que escuchar a su madre llorando sin parar, su padre haciendo nerviosas llamadas telefónicas, los médicos repitiendo cada cinco minutos que las veinticuatro horas más graves ya habían pasado y no había habido ninguna lesión cerebral.

La familia telefoneó a la embajada de Estados Unidos, que nunca confiaba en los diagnósticos de los hospitales públicos y mantenía un servicio de urgencia sofisticadísimo, junto con una lista de médicos brasileños considerados capaces de atender a sus propios diplomáticos. De vez en cuando, en una política de buena vecindad, compartían estos servicios con otras representaciones diplomáticas.

Los norteamericanos trajeron sus aparatos de última generación, hicieron un número diez veces mayor de pruebas y exámenes nuevos y llegaron a la conclusión a la que siempre llegaban: los médicos del hospital público habían evaluado correctamente y habían adoptado las decisiones adecuadas.

Los médicos del hospital público podían ser eficientes, pero los programas de la televisión brasileña eran tan malos como los de cualquier otra parte del mundo, y Eduard tenía poco que hacer María aparecía cada vez menos por el hospital; quizás había encontrado otro chico que la acompañara a visitar las montañas de cristales.

Contrastando con la extraña conducta de su novia, el embajador y su mujer iban diariamente a visitarlo, pero se negaban a llevarle los libros en portugués que él tenía en casa, alegando que pronto serían trasladados y no había necesidad de aprender una lengua que nunca más tendría que volver a usar Así pues, Eduard se contentaba con conversar con otros pacientes, discutir sobre fútbol con los enfermeros y leer alguna que otra revista que cayera en sus manos.

Hasta que un día uno de los enfermeros le trajo un libro que le acababan de dar, pero que él consideraba «demasiado voluminoso para ser leído». Y fue en ese momento cuando la vida de Eduard empezó a colocarlo en un camino extraño, que lo conduciría a Villete, a la ausencia de la realidad y al distanciamiento completo de las cosas que otros muchachos de su edad irían a hacer en los años siguientes.

El libro versaba sobre los visionarios que habían impactado al mundo: gente que tenía su propia idea del paraíso terrestre y había dedicado su vida a compartirla con los demás. Allí estaba Jesucristo, pero también estaba Darwin, afirmando con su teoría que el hombre descendía del mono; Freud, asegurando que los sueños tenían importancia; Colón, empeñando las joyas de la reina para iniciar la búsqueda de un nuevo continente; Marx, con la idea de que todos merecían igualdad de oportunidades.

Y también santos, como Ignacio de Loyola, un vasco que no dejó pasar la oportunidad de acostarse con todas las mujeres que pudo, que mató a varios enemigos en innúmeras batallas hasta caer herido en Pamplona y entender el Universo en una cama donde convalecía; Teresa de Ávila, que quería de todas maneras encontrar el camino de Dios y sólo lo consiguió cuando sin pensar paseaba por un corredor y se paró delante de un cuadro; Antonio, un hombre hastiado de la vida que llevaba, que decidió aislarse en el desierto y pasó a convivir con demonios durante diez años, experimentando todo tipo de tentaciones; Francisco de Asís, un muchacho como él, decidido a conversar con los pájaros y a dejar atrás todo lo que sus padres habían programado para su vida.

Comenzó a leer aquella misma tarde el tal «libro voluminoso» porque no tenía nada mejor para distraerse; a medianoche, una enfermera entró preguntando si necesitaba ayuda, ya que era el único cuarto que mantenía aún la luz encendida. Eduard la despidió con una simple señal de la mano, sin apartar los ojos del libro.

Los hombres y mujeres cuya actuación o pensamiento conmocionaron al mundo. Hombres y mujeres comunes, como él, su padre, o la amada que él sabía que estaba perdiendo, inmersos en las mismas dudas e inquietudes que sumían en la perplejidad a todos los seres humanos en su vida cotidiana. Gente que no tenía un interés especial por la religión, Dios, expansión de la mente o una nueva conciencia hasta que un día habían decidido modificarlo todo. El libro era especialmente interesante porque contaba que, en cada una de aquellas vidas, hubo un momento mágico que los hizo partir en busca de su propia visión del Paraíso.
Gente que no dejó pasar sus vidas en blanco y que para conseguir lo que se habían propuesto habían pedido limosna o habían logrado ser escuchados por dignatarios reales; personajes que habían quebrantado códigos o enfrentado la ira de los poderosos de la época; usado la diplomacia o la fuerza, pero nunca desistiendo, siendo capaces siempre de vencer cada dificultad que se presentaba y de convertirla en una ventaja.

Al día siguiente Eduard entregó su reloj de oro al enfermero que le había dado el libro, y le pidió que lo vendiese y comprase todos los libros que hubiera sobre el tema. Pero no había ninguno más.
Intentó leer la biografía de algunos de los personajes, pero siempre describían a ese hombre o a esa mujer como si fuese un elegido, un inspirado, y no una persona común, que debía luchar como cualquier otra para reafirmar lo que pensaba.

Eduard quedó tan impresionado con esa lectura que consideró seriamente la posibilidad de hacerse santo, aprovechando el accidente para cambiar el rumbo de su vida. Pero tenía las piernas rotas, no había tenido ninguna visión en el hospital, no había pasado delante de ningún cuadro que le conmoviera el alma, no tenía amigos para construir una capilla en el interior de la meseta brasileña, y los desiertos estaban muy lejos, en zonas convulsionadas por los problemas políticos. Pero, aún así, podía hacer algo: aprender a pintar, para intentar mostrar al mundo las visiones que aquellos hombres y mujeres tuvieron.

Cuando le sacaron el yeso y volvió a la embajada, rodeado de los cuidados, mimos y atenciones que un hijo de embajador recibe de los otros diplomáticos, pidió a su madre que lo inscribiera en un curso de pintura.
La madre le dijo que ya había perdido muchas clases en el colegio americano, y que era hora de recuperar el tiempo perdido. Eduard se negó: no tenía los mínimos arrestos para continuar aprendiendo geografía y ciencias.

Quería ser pintor En un momento inadvertido, explicó el motivo:

—Quiero pintar las visiones del Paraíso.

La madre no comentó nada, y prometió hablar con sus amigas para enterarse de cuál era el mejor curso de pintura de la ciudad.

Cuando el embajador volvió del trabajo aquella tarde, encontró a su esposa llorando en su habitación.

—Nuestro hijo está loco —decía mientras las lágrimas le resbalaban por sus mejillas—. El accidente ha afectado su cerebro.

—¡Imposible! —respondió, indignado, el embajador—. Los médicos recomendados por los norteamericanos ya lo han examinado.

La mujer le contó lo que había oído.

—Se trata tan sólo de la rebeldía normal de la juventud. Espera y verás cómo las aguas vuelven a su cauce.

Esta vez la espera no sirvió de nada, porque Eduard tenía prisa por comenzar a vivir. Dos días después, cansado de aguardar una decisión de las amigas de su madre, decidió matricularse en un curso de pintura.

Comenzó a aprender la escala de colores y perspectiva, pero comenzó también a convivir con gente que nunca hablaba de marcas de zapatillas ni de modelos de coches.

—¡Está conviviendo con artistas! —exclamaba la madre, llorosa, al embajador

—Deja al chico —respondía el embajador—. Se cansará pronto, como se cansó de la novia, de los cristales, de las pirámides, del incienso y de la marihuana.

Pero el tiempo pasaba, y el cuarto de Eduard se fue transformando en un atelier improvisado, con pinturas que no tenían el menor sentido para sus padres: eran círculos, combinaciones exóticas de colores, símbolos primitivos mezclados con figuras de gente en actitudes de oración.

Eduard, el antiguo muchacho solitario que durante dos años en Brasilia nunca había aparecido con amigos, ahora llenaba la casa con personas extrañas, todas mal vestidas, con cabellos desgreñados, escuchando discos horribles al máximo volumen, bebiendo y fumando sin límite, demostrando la más absoluta ignorancia de los códigos de las buenas maneras. Cierto día, la directora del colegio americano llamó a la embajadora para sostener una conversación.

—Su hijo debe de estar relacionado con drogas —le dijo—. Su rendimiento escolar está por debajo de lo normal y si continúa así no podremos renovar su matrícula.

La mujer se fue directamente al despacho del embajador y le contó lo que acababa de oír.

—¡Te pasas la vida diciendo que el tiempo hará que todo vuelva a la normalidad! —lo recriminaba, histérica.
¡Tu hijo drogado, loco, con algún problema cerebral gravísimo mientras tú sólo te preocupas de cócteles y reuniones sociales!

—Habla más bajo —le pidió él.

—No hablaré más bajo, nunca más en la vida, mientras tú no tomes otra actitud. Este chico necesita ayuda, ¿entiendes?, ¡ayuda médica! Y tienes que hacer algo.

Preocupado porque el escándalo de su mujer pudiese perjudicarlo ante sus funcionarios y por la evidencia de que el interés de Eduard por la pintura estaba durando más tiempo que el esperado, el embajador (un hombre práctico, que sabía todos los procedimientos correctos) estableció una estrategia de ataque al problema.

Empezó por telefonear a su colega, el embajador norteamericano, y le solicitó que le permitiera utilizar los aparatos de examen de la embajada. Su petición fue atendida.

Después buscó nuevamente a los médicos acreditados, les explicó la situación y les solicitó que se efectuara una revisión de todos los exámenes de la época. Los médicos, temerosos de que aquello pudiera acarrearles un proceso, hicieron exactamente lo que les pedía, y concluyeron que los exámenes no reflejaban ninguna anomalía. Antes de que el embajador se retirara, le exigieron que firmase un documento que acreditara que, a partir de aquella fecha, eximía a la embajada de Estados Unidos de la responsabilidad de proporcionar sus nombres.

En seguida el embajador fue al hospital donde Eduard estuvo internado. Habló con el director, explicó el problema relacionado con su hijo y solicitó que, bajo el pretexto de un chequeo de rutina, le hiciesen un examen de sangre para detectar la presencia de drogas en el organismo del muchacho.

Así se hizo. Y no se detectó droga alguna.

Faltaba la tercera y última etapa de la estrategia: conversar con el propio Eduard y averiguar qué estaba pasando. Sólo si se hallaba en posesión de todas las informaciones podría tomar una decisión que le pareciese correcta.

Padre e hijo se sentaron en el salón.

—Tienes preocupada a tu madre —dijo el embajador—. Tus notas han bajado tanto que hay riesgo de que no te renueven la matrícula.

—Mis notas en el curso de pintura han subido, papá.

—Encuentro muy gratificante tu interés por el arte, pero tienes toda tu vida por delante para hacer eso. En este momento lo importante es terminar tu curso secundario, para que puedas ingresar en la carrera diplomática.

Eduard meditó concienzudamente antes de decir nada. Rememoró el accidente, el libro sobre los visionarios —que al final le había señalado el camino para encontrar su verdadera vocación—, pensó en María, de quien no había vuelto a tener noticias. Vaciló mucho, pero por fin respondió:

—Papá, yo no quiero ser diplomático. Quiero ser pintor.

El padre ya estaba preparado para esta respuesta y sabía cómo conjurarla.

—Serás pintor, pero antes termina tus estudios. Organizaremos exposiciones en Belgrado, Zagreb, Ljubljana y Sarajevo. Con la influencia que tengo puedo ayudarte mucho, pero antes es preciso que termines tus estudios.

—Si hago eso sería escoger el camino más fácil, papá. Entraré en cualquier facultad, me diplomaré en algo que no me interesa pero que me permitirá ganar dinero. Entonces la pintura quedará en un segundo plano y yo terminaré olvidando mi vocación. Tengo que aprender a ganar dinero con la pintura.

El embajador empezó a irritarse.

—Tienes todo, hijo mío: una familia que te quiere, casa, dinero, posición social. Pero, ¿sabes?, nuestro país está viviendo un período complicado; hay rumores de guerra civil. Podría ser que mañana yo ya no estuviera más aquí para ayudarte.

—Sabré ayudarme yo mismo, papá. Confía en mí. Un día pintaré una serie llamada «Las visiones del Paraíso».

Será la historia visual de aquello que los hombres y las mujeres sintieron en sus corazones.

El embajador elogió la determinación del hijo, terminó la conversación con una sonrisa y decidió dar un mes más de plazo. Al fin y al cabo, la diplomacia es el arte de postergar las decisiones hasta que ellas se resuelvan por sí mismas.

Pasó el mes. Y Eduard continuó dedicando todo su tiempo a la pintura, a los amigos extraños y a escuchar músicas que, probablemente, debían de provocar algún desequilibrio psicológico. Para agravar el cuadro había sido expulsado del colegio americano por discutir con la profesora acerca de la existencia de santos.

En una última tentativa, ya que no era posible postergar una decisión, el embajador volvió a llamar al hijo para tener una conversación entre hombres.

—Eduard, tú ya estás en edad de asumir la responsabilidad de tu vida. Hemos aguantado todo lo posible, pero es hora de acabar con esta tontería de querer ser pintor y, por el contrario, dar un rumbo a tu carrera.

—Papá, ser pintor es dar un rumbo a mi carrera.

—Estás ignorando nuestro amor, nuestros esfuerzos por darte una buena educación. Como tú no eras así antes, sólo puedo atribuir lo que está pasando a una consecuencia del accidente.

—Puedes estar seguro de que os quiero más que a cualquier otra persona o cosa en la vida.

El embajador carraspeó. No estaba acostumbrado a manifestaciones de cariño tan explícitas.

—Entonces, en nombre del amor que nos tienes, por favor, haz lo que tu madre desea. Deja por algún tiempo esta manía de la pintura, búscate amigos que pertenezcan a tu nivel social y vuelve a los estudios.

—Tú me quieres, papá. No puedes pedirme eso porque siempre me diste un buen ejemplo luchando por aquello que querías. No puedes querer que yo sea un hombre sin voluntad propia.

—He dicho «en nombre del amor». Y nunca lo había dicho antes, hijo mío, pero te lo estoy pidiendo ahora.

Por el amor que nos tienes, por el amor que nosotros te tenemos, vuelve al hogar, no simplemente en un sentido físico sino en un sentido real. Te estás engañando, huyendo de la realidad.

»Desde que naciste, nosotros hemos alimentado los mayores sueños de nuestras vidas. Tú eres todo para nosotros: nuestro futuro y nuestro pasado. Tus abuelos eran funcionarios públicos y yo tuve que luchar con denuedo para entrar y ascender en esta carrera diplomática. Todo esto solamente para abrir un espacio para ti, hacer las cosas más fáciles. Aún guardo la pluma con la que firmé mi primer documento como embajador; y la he guardado con todo cariño para pasártela a ti el día en que tú hagas lo mismo.

»No nos decepciones, hijo mío. Nosotros ya no viviremos mucho, queremos morir tranquilos sabiendo que tú estás bien encaminado en la vida.

»Si realmente nos amas, haz lo que te estoy pidiendo. Si no nos quieres, continúa con tu conducta actual.

Eduard pasó muchas horas mirando al cielo de Brasilia, viendo las nubes que paseaban por el azul: bellas, pero sin una gota de lluvia para derramar en la tierra seca de la meseta central brasileña. Estaba vacío como ellas.

Si él persistía en su determinación, su madre terminaría consumida de sufrimiento, su padre perdería el entusiasmo por proseguir con su carrera diplomática y ambos se culparían por haber fallado en la educación del hijo querido. Si desistiese de la pintura, las visiones del Paraíso nunca verían la luz del día y nada más en este mundo sería ya capaz de suscitarle entusiasmo o placer.

Miró a su alrededor, vio sus cuadros, recordó el amor y el sentido de cada pincelada y los encontró a todos mediocres. Él era un fraude, estaba queriendo ser algo para lo cual nunca había sido elegido y cuyo precio sería la decepción de los padres.

Las visiones del Paraíso eran para los hombres ;elegidos, que aparecían en los libros como héroes y mártires de la fe en aquello en que creían. Gente que ya sabía desde la infancia que el mundo los necesitaba. Lo que estaba escrito en el libro era invención de novelista.

Durante la cena dijo a los padres que tenían razón: que aquello era un sueño de juventud, y su entusiasmo por la pintura también ya había pasado. Los padres se pusieron muy contentos, la madre lloró de alegría y abrazó a su hijo; todo había vuelto a la normalidad.

Por la noche el embajador celebró secretamente su victoria abriendo una botella de champán, que se bebió solo. Cuando se dirigió a su habitación, su mujer, por primera vez en muchos meses, ya estaba durmiendo, tranquila.

Al día siguiente encontraron el cuarto de Eduard en estado caótico; las pinturas habían sido destruidas con un objeto cortante y el joven se hallaba sentado en un rincón, mirando al cielo. La madre lo abrazó, le expresó cuánto lo quería, pero Eduard no respondió.

No quería saber más de amor Estaba harto de esta historia. Pensaba que podía desistir y seguir los consejos del padre, pero había ido demasiado lejos en su empresa: había atravesado el abismo que separa a un hombre de su sueño y ahora no podía regresar.

No podía avanzar ni retroceder Sólo cabía, simplemente, salir de escena.

Eduard aún se quedó cinco meses más en Brasil, siendo cuidado por especialistas, quienes diagnosticaron un tipo raro de esquizofrenia, quizás resultante del accidente de bicicleta. Entonces estalló la guerra civil en Yugoslavia, el embajador fue llamado con urgencia, los problemas derivados del conflicto bélico eran demasiado acuciantes como para que la familia se pudiera ocupar de él y la única salida fue internarlo en el recién inaugurado sanatorio de Villete.

Cuando Eduard acabó de contar su historia ya era de noche y los dos temblaban de frío.

—Vamos a entrar —dijo él—. Ya están sirviendo la cena.

—Cuando era pequeña, siempre que iba a visitar a mi abuela me quedaba contemplando un cuadro que tenía en la pared de su sala. Era una mujer, Nuestra Señora, como dicen los católicos, encima del mundo, con las manos abiertas hacia la Tierra, desde donde descendían rayos.

»Lo que más me intrigaba de ese cuadro es que aquella señora estaba pisando una serpiente viva. Entonces pregunté a mi abuela: « ¿No tiene miedo de la serpiente? ¿No piensa que le va a morder el pie y matarla con su veneno? »

»Mi abuela me dijo: «La serpiente trajo el Bien y el Mal a la Tierra, como dice la Biblia. Y ella controla el Bien y el Mal con su amor »

—¿Y eso qué tiene que ver con mi historia?

—Cuando te conocí hace una semana, habría sido muy pronto para decir «te amo». Como seguramente no pasaré de esta noche, será también demasiado tarde para decirlo. Pero la gran locura del hombre y de la mujer es exactamente ésta: el amor.

»Tú me has contado una historia de amor Creo que, sinceramente, tus padres querían lo mejor para ti y fue este amor lo que casi destruyó tu vida. Si la Señora, en el cuadro de mi abuela, estaba pisando a la serpiente, eso significaba que ese amor tenía dos caras.

—Entiendo lo que dices —comentó Eduard—. Yo provoqué el electroshock porque tú me dejas confuso. No sé lo que siento; el amor ya me desquició una vez.

—No tengas miedo. Hoy yo había pedido al doctor Igor que me permitiera salir de aquí y escoger el lugar donde pudiera cerrar los ojos para siempre. Sin embargo, cuando te vi reducido por los enfermeros entendí cuál era la imagen que quería estar contemplando cuando partiese de este mundo: tu rostro. Y decidí no irme.

»Mientras estabas durmiendo por el efecto del electroshock yo tuve otro ataque, y pensé que había llegado mi hora. Contemplé tu rostro, intenté adivinar tu historia y me preparé para morir feliz. Pero la muerte no vino, mi corazón aguantó una vez más, quizás porque soy joven.

Él bajó la cabeza.

—No te avergüences de ser amado. No estoy pidiendo nada, sólo que me dejes quererte y tocar el piano una noche más, si es que aún tengo fuerzas para eso.

»A cambio sólo te pido una cosa: si oyes a alguien comentar que me estoy muriendo, ve a la enfermería.

Déjame realizar mi deseo.

Eduard se calló y permaneció en silencio durante un tiempo prolongado; Veronika pensó que tal vez hubiera retornado a su mundo para no volver demasiado pronto.

Finalmente, el joven miró a las montañas que surgían tras los muros de Villete y dijo:

—Si quieres salir, yo te conduciré allá afuera. Dame sólo el tiempo que precise para recoger los abrigos y algún dinero, y en seguida nos iremos los dos.

—No durará mucho, Eduard. Tú lo sabes. Eduard no respondió. Entró y volvió rápidamente con los abrigos.

—Durará una eternidad, Veronika. Más que todos los días y noches iguales que pasé aquí, intentando siempre olvidar las visiones del Paraíso. Casi las olvidé, pero parece que están volviendo.

»¡Vámonos! Los locos hacen locuras.