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Rumi: Un jardín más allá del paraíso


“A pesar de su genialidad y de sus logros, Rumi no se sentía completo. Le faltaba la experiencia directa de Dios, a quien los sufis consideraban su “Amado” o su “Amor”. Rumi entendía el misterioso “vino” del sufismo: sabía qué aspecto tenía, cómo olía, de dónde venía, cómo prepararlo y cómo enseñárselo a los demás. Sin embargo, ¡él nunca lo había saboreado! Una tarde de 1244 todo cambió. Rumi conoció a un derviche errante llamado Shams de Tabriz. Fue Shams quien le dio a probar ese sabor divino, la experiencia directa de su propia divinidad, y la vida de Rumi nunca volvió a ser la misma. 

    Se han registrado varios relatos de este encuentro y aunque cada uno difiere en los detalles, todos coinciden al describir la conmoción que sintió Rumi y su instantáneo reconocimiento de que toda su preparación intelectual no valía nada, comparada con la experiencia de su propia alma y del “mundo invisible”. 
    Un despertar, una iluminación, una fuerza divina y misteriosa había sido transferida de Shams a Rumi. Comentando este fenómeno, la erudita francesa Eva de Vitray-Meyerovitch escribe: “No se trata únicamente de la enseñanza de un método [que provoca esta transformación]… Sino de una iniciación, una transmisión; la comunicación de una fuerza espiritual, un influjo divino (baraka) que sólo puede otorgar el cabeza de un linaje [de maestros] que retrocede hasta el profeta mismo”. 
    La vida de Rumi transcurrió entonces en compañía de Shams: junto a él, todas las austeridades que había realizado dieron fruto. Shams refinó su entendimiento y le reveló los misterios del universo. Pero estos días dichosos tendrían un pronto final: tras permanecer en Konya durante sólo dieciséis meses, Shams desapareció misteriosamente. 
    Ahmed Al Aflaki, un discípulo del nieto de Rumi, dio cuenta de lo siguiente: 
    “Cuando Rumi supo que Shams había desaparecido, se le rompió el corazón. Una mañana, de madrugada, se quedó dormido y soñó que Shams estaba sentado con un joven francés en una pequeña taberna a las afueras de Damasco. 
    Rumi despertó inmediatamente. Llamó a su hijo Sultan Walad y le dijo: “Ve a Damasco, a una pequeña taberna al pie de las montañas Salijiyye. Allí encontrarás a Shams jugando a los dados. Toma estas bolsas llenas de oro y plata, colócalas en sus zapatos, gíralos hacia Konya e implórale que regrese con nosotros”. 
    Siguiendo fielmente las instrucciones de su padre, Sultan Walad partió hacia Damasco junto con veinte discípulos. Cuando llegaron a la taberna, encontraron a Shams tal y como Rumi lo había descrito. Sultan Walad cayó a los pies de Shams, derramó las bolsas de oro y plata en sus babuchas y le rogó, en nombre de su padre, que volviera a casa. 
Shams accedió a regresar a Konya. Tras su dichoso reencuentro con Rumi, Shams le dijo: “He recibido dos regalos de Dios: sabiduría y un corazón puro. A ti te he dado mi sabiduría y a tu hijo un corazón puro. Mil años en este camino no le otorgarían tantos méritos como los que ha recibido en este viaje a Damasco”. 
    Rumi volvió a disfrutar de la compañía extática de Shams, de los largos retiros, de las noches de oración y canto. Una vez más, se sumergió por completo en el Amor. Y una vez más, con la misma premura devastadora Shams desapareció, esta vez para nunca volver. 
    Durante dos años, Rumi le buscó por todas partes, pero su esfuerzo fue en vano. Cuando regresó a Konya se sentía destrozado por el dolor. Una parte de Rumi había desaparecido con Shams. Para llenar ese vacío, Rumi comenzó a cantar, a bailar y a llenar sus días de música y poesía. 
    Pasaron los años. Shams ya no estaba, pero mediante la alquimia de este anhelo inquebrantable, Rumi descubrió su propio corazón; descubrió que Shams y él eran uno.”

Fuente: rumi.es

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Respirar puede cambiar tu vida

   
 Los 24 presos están tirados en el piso. Es el pabellón de máxima seguridad del centro penitenciario de San Martín. Es la cárcel más peligrosa de la provincia de Buenos Aires (Argentina). Los consideran los hombres más difíciles de aquel lugar sombrío. Todos están boca abajo. Algunos están ahí por haber asesinado a alguien, otros por haber dirigido las bandas delincuenciales más bastas de esa ciudad, un par de ellos llevan la mitad de sus vidas allí y -por tal- en la reclusión les tienen respeto, peor aún, pánico. Respiran.

Todos inhalan grandes bocanadas de aire, las retienen por unos segundos en su diafragma y exhalan. Los guardianes que los vigilan escuchan lo obvio, el bullicio de la gran jaula de muros, alambres de púas, candados y rejas, pero los 24 hombres que están tirados en aquel patio solo escuchan su respiración. Algunos ya han llegado al punto de encontrarse con ellos mismos, con su paz. Aquel estado ajeno, desconocido, paradójicamente por un momento da miedo; tanto, que algunos ni se dan cuenta que están llorando a cantaros, aunque lo hacen en silencio. Entonces llega la paz en toda su expresión. ¿Pero que es esa categoría llamada paz?: es estar livianos, es no sentir pianos encima, no sentir culpas, no tener rencores, no sentir rivalidades, menos inferioridades, es perdonarse y saber que se puede vivir sin enterrar puñales, sin pegar tiros, sin quitar carteras. Es respirar. 

Junto a ellos está un hombre que cuando se le escucha hablar, alivia los días. Se llama Ismael Mastrini, tiene 75 años, es abogado, pero ahora es maestro de yoga, aunque no le gusta ni que le llamen maestro ni hablar con propiedad de este arte tan milenario. De ser uno de los mejores abogados de divorcios, tener un bufet con varios empleados, cobrar por dividir bienes pasó a estar en la otra orilla, la de juntar personas y hacerles vivir alegrías, felicidad, quizás amor.

Cuando era pequeño una escena lo marcó. Su papá le había regalado un caballo y lo quería tanto que jugaba con él como si fuera un animal doméstico. No sabe quién se quería robar la hermosa yegua, el animal se resistió y recibió una puñalada en el estómago. ‘Muñeca’ fue en búsqueda de Ismael y se le murió en los brazos. Desde ese día supo lo que era ver sufrir y desfallecer a un ser vivo. También sufrió los embates de los “NO”. Su educación la recibió de curas. Mastrini quería escribir, eso era lo que lo llenaba, pero cada que pasaba un trabajo, le decían que estaba mal y que ese: ¡NO era su camino!. “Papá voy a ser escritor”, “NO”, respondió el progenitor que era de pocas palabras, entonces el muchacho se inscribió muy joven a la escuela de leyes, se graduó con excelentes notas llevó el cartón a su casa, le cumplió a su padre y se fue en un barco de hippie. Eran los años sesenta. La rebeldía pululaba en el planeta, vivió de cerca la Europa del 68, aunque cuando vio una tienda del Ché Guevara en Inglaterra vendiendo jeans viejos al triple del precio de los nuevos, supo que el consumismo estaba inmerso hasta en el más izquierdoso de los mochileros.

Regresó a la Argentina, vendió jabones que pintaba él mismo con tinta indeleble. Lo social lo perseguía, como sabía de leyes un día le llegó un caso de un divorció y salió avante. Montó su propia firma, ganaba muy bien. Una mañana se apareció la alegría con cara de tristeza y un hombre al lado en su despacho. Era una pareja de jóvenes que querían separarse. Mastrini lo hizo, pero se enamoró de la chica. El esposo se llevó los bienes y el abogado se quedó con la mujer. Compraron una bella casa, tuvieron una hija, sembraron un árbol y cuando iban a escribir el libro de la vida perfecta, el destino los lanzó al abismo de la infelicidad. La mujer quedó en embarazo. ¡Era un varón!, el bebé nació y murió días más tarde. Lo intentaron. Quedaron embarazados de una niña, pero Mastrini estaba infeliz, su vida era una rueda donde el ratoncito siempre hacía lo mismo: desayunar, ir al laburo, beber en la taberna para no llegar a casa temprano, volver ebrio y esperar el día siguiente para hacer lo mismo. Su mujer no soportó más eso y tampoco trató de solucionarlo. Se fue y con ella se fueron las ganas de vivir.

Mastrini, el abogado, el hombre de ‘la familia y vida perfecta’, entró en una depresión tal que se sumió en la rabia, la altanería, los tragos, la soledad. Uno de sus empleados iba a una juerga rara llamada El Arte de Vivir. “Y vos para qué vas a esas pendejadas, che”, se le burlaba Mastrini en los supuestos buenos tiempos. Vaya como es la boca. Mastrini no apareció por un par de días en su oficina. Su amigo lo llamó preocupado. “No quiero levantarme. No quiero volver a trabajar. No quiero seguir”, respondió el mejor abogado de divorcios de la Provincia de Buenos Aires. “Ismael, y porque no vas conmigo hoy a una clase. Vamos, regálate eso. Inténtalo, si no te gusta, qué puede pasar. Nada. Te regresas a tu casa y no volvés a salir nunca más hasta que te de la gana”. Pausado como siempre ha hablado, Mastrini respondió: “No seas bo-lu-do”. Pero allá llegó. Era el año 2000 y el hombre con cincuenta y pico de años pensaba que iba a morir infeliz. Triste. Solo.

Desde la primera bocana de aire que tomó en el primer ejercicio de respiración; con los primeros silencios que escuchó. Sí, porque los silencios también se escuchan. Uno se escucha; desde esa vez, nunca más dejó de aistir.

  Curiosamente el laburo de los divorcios comenzó a decaer. Claro, Mastrini había conocido el alivio, el perdón, el querer; y muchas veces lo que hacía era que la gente no se divorciara. Cuando cobraba, le respondían: “Pero qué querés que te pague, no ves que no nos hemos separado”. Ese era su pago. Un día del año 2008 se vio en la cárcel de San Martín, encerrado, rodeado de presos y acompañando a su instructora de yoga a dar una clase. La secundó tan bien que a la mañana siguiente el que empezó a dar el curso fue Mastrini. Lloró junto a los internos, el alma se le alivianó y salió como quien sale con el premio mayor de la lotería trasladada a su cuenta de banco. “Ismael, por qué no empezás a dar cursos. Ya llevas ocho años. La gente te siente, asimila lo que trasmitís. Vos ya sos un gran guía”. Aceptó.

El hijo que perdió se convirtió en cientos de hijos. La familia que se fue, regresó. Aunque no a la casa pero si a su vida. Dejo su oficina de abogados por El Arte de Vivir, lo supo la semana que durmió cinco días con sus cuatro noches, para compartir las horas entre 30 de los internos con más cargos y años de cárcel de la ciudad. Los primeros días a los internos siempre les pasa lo mismo que él vivió en su iniciación, por ello los entiende: comprende sus caras de asombro cuando de entrada les da un abrazo y no un apretón de manos de esos que ponen distancias. Ellos que esperan gritos y corrientazos, no lo abrazan enseguida pero cuando sienten su energía, terminan por apretarle duro la espalda. Así lo ha contado Luis Alberto Ríos, un excriminal, condenado por asesinato, quien pasó por las 53 penitenciarías de su país. Es hombre que cuando entraba en un patio sus fanáticos comenzaban a gritar: “¡Llegó angelito!, ¡llegó angelito! Llegó el peligro”. Ese bonaerense al que todos le sentían pánico y que estaba aislado fue llamado por Ismael para tomar un curso. Los carceleros no querían dejarlo asistir por sus antecedentes, sabían que podía haber quilombo y hasta heridos. Ismael rogó y se comprometió en responder por lo que hiciera Ángel.  

 Angelito fue a esa primera sesión por salir de la celda de aislamiento. Cuando escuchaba a Mastrini hablar sobre meditar dos veces al día para sentirse libres dentro de esa cárcel, pensaba que el viejo estaba loco, que todos estaban locos de atar. Ángel recuerda que tal vez fue al tercer día que el abrazo del guía lo sintió más sincero y que fue en ese trance de respiraciones profundas donde comenzó a llorar como un niño, a sentir el cariño que no tuvo en su infancia y pesar menos de la cuenta como si estuviera volando. “Solo los que practican yoga saben de lo que hablo”, dice Angel, quien por resocialización salió de la cárcel, se graduó de la secundaria, entró a la universidad a estudiar sociología y todos los semestres pasó con un promedio de 9.50 sobre 10. Hoy solo la cicatriz que rodea la mitad de su cara es el único recuerdo de haber sido infeliz.

Ismael Mastrini ha dictado cursos en más de 100 cárceles de todo el continente. El patio con los hombres más peligrosos de la Argentina, la unidad 48 de la cárcel San Martín, pasó de tener un promedio de cuatro asesinatos al mes, a cero. A ninguno. Más de 10 mil personas entre hombres y mujeres han recibido sus seminarios de silencio, meditación, respiración y amor. Incluso, Ezequiel, un muchacho de 23 años que desde los 12 anduvo recorriendo correccionales hoy vive en su casa, trabaja manejando coches y se está preparando para ser un instructor más de la fundación sin ánimo de lucro El Arte de Vivir. Por lo pronto Mastrini anda con una mochila en la espalda donde solo carga viento, como en los días que quería ser hippie y feliz, pero con una misión a cuestas: el proyecto Prision Smart, donde las bocanadas de aire liberan hasta en los más recónditos calabozos.

Twitter Autor: @PachoEscobar

http://youtu.be/nlMWpU9okxs

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Caracteristicas de un adulto indigo

  

Los niños de aura azul han crecido dando paso al surgimiento de adultos muy especiales, que por desconocimiento no logran comprenderse a sí mismos ni menos adaptarse al sistema. ¿Perteneces a este grupo?

En las últimas décadas hemos escuchado hablar de los niños índigo, cuyos nacimientos aumentaron en número hace más de 20 años. Una especie de “raza” cuya misión es luchar contra el sistema establecido. “Se les denomina índigo porque su aura contiene una gran cantidad de color azul índigo, el color de la intuición y la espiritualidad.” Después de la Segunda Guerra Mundial empezaron a nacer índigos, aumentó su número en los años 70 y se hizo un fenómeno más masivo en los años 80”, explica la sicóloga Esther Morales León, quien es miembro del equipo de Niños Indigo de Chile.

Pues bien, a estas alturas muchos de los pequeños ya se instalaron en la vida adulta, la mayoría sin siquiera saber si pertenecen a este grupo y, por consiguiente, sin llegar a entenderse. Un tema que para ellos resulta clave. “Su tarea es aceptarse, valorizarse y encontrar su particular misión en la vida, haciendo uso de todos los talentos que tienen y de su elevado nivel de conciencia, para ser un real aporte a la evolución planetaria”, plantea la experta, quien nos ayuda a dilucidar qué adultos se ajustan a estas características. Idealistas, perceptivos, rebeldes…

El adulto índigo se caracteriza por:

1- No encaja: El índigo es una persona muy sensible, inteligente y creativa, disfruta haciendo cosas, tienen profunda empatía por otros, pero también intolerancia ante la estupidez; puede tener problemas con el enojo y la ira. Se siente diferente a la masa, no encaja, le cuesta adaptarse, es modelo para otros. Se resiste ante la autoridad y el sistema laboral jerárquico, prefiere esfuerzos cooperativos, posiciones de liderazgo o trabajar solo. 

2- Ha tenido experiencias psíquicas: Nos referimos a premoniciones, ver ángeles o fantasmas, experiencias fuera del cuerpo, escuchar voces. Al poder conectar con otras dimensiones, pueden ver el aura, percibir la energía de personas y lugares, soñar o saber cosas que ocurrirán en el futuro, adivinar el pensamiento, tienen amigos imaginarios, ver elementales, ángeles, seres desencarnados, etcétera.

3- Ligados a lo espiritual: Busca el significado de su vida y comprensión del mundo a través de religión o espiritualidad, grupos y libros de autoayuda. Quieren mejorar el mundo: Siente un ardiente deseo de hacer algo para cambiar y mejorar el mundo, pero puede tener problemas para identificar su camino. Tiene problemas con los sistemas que considera ineficientes, como por ejemplo, político, educativo, médico y legal.

4- En la infancia: Tiene una clara conciencia de sí mismo, es muy perceptivo e intuitivo, trae una sabiduría innata, desarrolla el pensamiento abstracto desde pequeño, es dotado y/o talentoso, soñador y visionario.

5- Creativo: Aprende de manera reflexiva y no repetitiva cosas diferentes, pero cuando tiene suficiente conocimiento, los dejan por aburrimiento. No comulga con el sistema escolar actual, es rebelde a las normas y estructuras, tiene dificultades con la disciplina y la autoridad, no responden a mecanismos de culpa, quieren buenas razones. 

6- Hipersensible: Poseen una gran sensibilidad por la naturaleza, y mucha conexión de tipo espiritual, probablemente se le diagnosticó como niño con síndrome de déficit atencional con y sin hiperactividad.

7- No a la mentira: Le desagrada la mentira y la falsedad, tienen un desarrollado sentido de justicia, son sanadores, hipersensibles visual, auditiva y kinésicamente, se conectan con la otra dimensión, pudiendo ser videntes o perciben una realidad que otros no ven. Wendy Chapman, la experta norteamericana autora de varios libros relativos al tema, aporta otros detalles, basándose en sus investigaciones. Son inteligentes, aunque tal vez no hayan tenido las mejores notas. Siempre necesitan saber por qué; especialmente, por qué se les está pidiendo que hagan algo. Les disgustaba y quizás incluso odiaban gran parte del trabajo repetitivo y obligatorio de la escuela. Eran rebeldes en la escuela en cuanto a que se negaban a hacer la tarea y rechazaban la autoridad de maestros o querían realmente rebelarse pero no se atrevían, generalmente debido a presión de los padres.

Es posible que hayan experimentado depresión existencial temprana y sentimientos de impotencia. Estos últimos pueden haber ido de tristeza a desesperación total. Sentimientos suicidas durante la secundaria o antes no son inusuales en el índigo adulto. Tienen dificultades en empleos dedicados al servicio. Los índigos se resisten ante la autoridad y el sistema laboral jerárquico. Prefieren esfuerzos cooperativos, posiciones de liderazgo o trabajar solos. Pueden ser extremadamente sensibles en lo emocional, incluso llorando ante el menor motivo (sin protección). O pueden ser lo opuesto y no mostrar ninguna expresión de emoción (protección completa).

Sienten frustración o rechazo hacia el tradicional “sueño americano” (trabajar 8 horas, matrimonio, 2,5 hijos, casa con cerco blanco, etcétera). Tuvieron pocos o ningún modelo índigo a imitar. Pueden ser sensibles a la electricidad: relojes no funcionan o lámparas se apagan cuando caminan por debajo de ellas, equipos eléctricos funcionan mal o se queman lamparitas. Son muy expresivos sexualmente o pueden rechazar la sexualidad por aburrimiento o con la intención de lograr una conexión espiritual más elevada. Pueden explorar tipos alternativos de sexualidad. Buscan el significado de sus vidas y comprensión del mundo. 

Cómo vivir como un índigo
  

En medio de un mundo que no los entiende y al ser criados por padres que no saben cómo tratarlos -que confunden su forma de ser con hiperactividad o inadaptación al sistema-, las potencialidades de los índigos se ven algo transgredidas. “En general las características se mantienen toda la vida, sin embargo, las condiciones paranormales se van perdiendo por efectos de una educación muy racional o porque la persona teme ser incomprendida o malinterpretada”, plantea Morales.

Tanto para los padres de un niño índigo como para quienes lo son, vale la pena entender que desde pequeños se les debe escuchar, valorar y respetar, nunca forzarlos a hacer cosas que no quieren. “Se deben negociar las normas, ponerlos en colegios donde se les permita desarrollar su individualidad, facilitarles libros de acuerdo a su área de interés, darles alimentos y bebidas naturales”. En vez de medicarlos para solucionar “problemas” con ellos, como es muy común, hay que optar por medidas que se ajusten a su esencia. Responden excelentemente a las terapias energéticas, a los remedios naturales, la homeopatía y les hacen muy bien los alimentos y bebidas naturales, sin aditivos químicos, colorantes y azúcares.

Se benefician del contacto con la naturaleza y prácticas como el yoga, tai chi y les encanta el reiki”. Hay un aspecto clave “si un índigo encuentra el equilibrio, puede convertirse en un individuo muy fuerte, sano y feliz”.

Niños índigos y cristal estos niños son seres de luz que vienen por amor a manifestar la luz y su misión para ayudarnos a evolucionar. Seres casi ángeles en misión de paz, que abren su corazón para despojar a la humanidad del dolor y el olvido de sentirse alejados del padre. Amor incondicional que desbordan para irradiar por el mismo universo. Embajadores de una nueva tierra que expresan sus ganas de vivir en paz , amor y unidad.

Fuente: http://www.evolucionconsciente.org

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Los 4 dones de las personas altamente sensibles (PAS)

  

Cuando uno se ve en minoría frente a la gran mayoría, altamente la primera sensación es sentir desventaja y miedo. ¿Por qué percibo las cosas de un modo diferente? ¿Por qué sufro más que el resto? ¿Por qué encuentro alivio en mi propia soledad? ¿Por qué observo y siento cosas que los demás suelen pasar por alto?
Ser parte de ese 20% de la población que se reconoce a sí misma como una persona altamente sensible (PAS) no es una desventaja, ni te etiqueta como “diferente”. Es muy posible que a lo largo de tu vida, y en especial durante tu infancia, fueras muy consciente de esa distancia emocional, y de como en ocasiones, tenías la sensación de vivir en una especie de burbuja de extrañeza y soledad.

La alta sensibilidad es un don, una herramienta que te permite poder profundizar y empatizar más con las cosas. Pocas personas tienen la capacidad de llegar a este punto de aprendizaje vital.
Fue Elaine N. Aron quien a principios de los 90, ahondando en la personalidad introvertida, detalló con minuciosidad los rasgos de una nueva dimensión no descrita hasta entonces, y que reflejaba una realidad social: la de las personas altamente sensibles, reflexivas, empáticas y a la vez, reactivas emocionalmente. Si es tu caso, si te sientes identificado/a con esos rasgos que la doctora Aron nos dejó en su libro “The Highly Sensitive Person”, es importante que te convenzas también de que la alta sensibilidad no es un motivo para sentirte extraño o diferente. Al contrario, debes sentirte afortunado por contar con estos 4 dones.

1. El don del conocimiento emocional

Ya desde la infancia, el niño con alta sensibilidad va a percibir aspectos en su día a día que le van a ofrecer una mezcla de angustia, contradicción y fascinante curiosidad. Sus ojos captaran aspectos que ni los adultos tienen en cuenta.
Esa mueca de frustración en sus maestros, la expresión de preocupación en su madre… Serán capaces de percibir cosas que otros niños no ven, y ello, les enseñará desde muy pequeños que la vida es a veces difícil y contradictoria. Verán el mundo con la mirada de niño que se abre tempranamente al mundo de las emociones sin saber aún que las guía, que las hace vibrar o qué afila el sufrimiento adulto.
El conocimiento de las emociones es una arma de callado poder. Nos acerca más a las personas para entenderlas, pero a su vez, también nos hace más vulnerables al dolor.
La sensibilidad es como una luz que resplandece, pero a su vez, nos hace más vulnerables al comportamiento de los demás, a las mentiras piadosas, a los desengaños, a las ironías… ¡Es que todo te lo coges a la tremenda! te dirán a menudo, ¡Es que eres muy sensible! te comentarán otros.
Y así es, pero eres lo que eres. Un don exige una alta responsabilidad, tu conocimiento sobre las emociones te exige también saber protegerte. Saber cuidarte.

2. El don de disfrutar de la soledad

Las personas altamente sensibles encuentran cierto placer en sus instantes de soledad. Son rincones que buscan con anhelo para llevar a cabo sus tareas, sus aficiones. Son personas creativas que disfrutan de la música, de la lectura… Y aunque ello no quita de que disfruten también de la compañía de otros, es en soledad cuando más satisfacción encuentran.
Las personas altamente sensibles no temen a la soledad. Son esos instantes en que pueden conectar más íntimamente con ellos mismos, con sus pensamientos, libres de apegos, lazos y miradas ajenas.

3. El don de una existencia desde el corazón

La alta sensibilidad es vivir desde el corazón. Nadie vive más intensamente el amor, nadie se deleita más con los pequeños gestos cotidianos, con la amistad, con el cariño…
A la hora de hablar de las personas altamente sensibles, se les asocia a menudo al sufrimiento. A su tendencia a las depresiones, a la tristeza, a sentirse vulnerables frente a los estímulos externos, frente al comportamiento de la gente. No obstante, hay algo que el resto no sabe: pocas emociones se viven con tanta intensidad como el amar y ser amado…
Y no hablamos solo de relaciones afectivas, la amistad, el cariño cotidiano, o el sencillo acto de experimentar la belleza de un cuadro, de un paisaje o de una melodía, es para la persona altamente sensible una vivencia intensa. Enraizada en el propio corazón.

4. El don del crecimiento interior

La alta sensibilidad no se cura. Uno viene al mundo con ello, con esa particularidad, con ese don que ya se puede ver claramente desde que un niño es bien pequeño. Sus preguntas, su intuición, su tendencia al perfeccionista, su umbral al dolor físico, sus molestias ante luces o olores fuertes, su vulnerabilidad emocional…
No es fácil vivir con este don. No obstante, una vez uno reconoce lo que es y lo que nos puede aportar, llega el momento en que debemos aprender a gestionar muchos de esos detalles. No debes dejar que las emociones negativas te desborden en ciertos momentos.
Debes aprender también que los demás, van a otro ritmo, que no tienen tu umbral emocional. Que no vivirán ciertas cosas con tu misma intensidad, no obstante, ello no significa, por ejemplo, te quieran menos. Respétalos, entiéndelos. Entiéndete a ti.
Una vez hayas descubierto tu propio ser y tus facultades, encuentra tu equilibrio y fomenta tu crecimiento personal. Eres único y vives desde el corazón. Anda en paz, anda en seguridad, y sé feliz.

Fuente: http://www.evolucionconsciente.org

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La Rosa de Paracelso

 

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

 El maestro fue el primero que habló.
—Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente —dijo con cierta pompa. —No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?
—Mi nombre es lo de menos —replicó el otro. —Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
 Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
 Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
—Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
—El oro no me importa —respondió el otro.— Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
 Paracelso dijo con lentitud:
—El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
 El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
—Pero, ¿hay una meta?
 Parecelso se rió.
—Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino.
 Hubo un silencio, y dijo el otro:
—Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
—¿Cuándo? —dijo con inquietud Paracelso.
—Ahora mismo —dijo con brusca decisión el discípulo.
 Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.
 El muchacho elevó en el aire la rosa.
—Es fama —dijo— que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
—Eres muy crédulo —dijo el maestro.— No he menester de la credulidad; exijo la fe.
 El otro insistió.
—Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
 Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
—Eres crédulo —dijo.— ¿Dices que soy capaz de destruirla?
—Nadie es incapaz de destruirla —dijo el discípulo.
—Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
—No estamos en el Paraíso —dijo tercamente el muchacho; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
 Paracelso se había puesto en pie.
—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
—Una rosa puede quemarse —dijo con desafío el discípulo.
—Aún queda fuego en la chimenea —dijo Parecelso.
—Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
—¿Una palabra? —dijo con extrañeza el discípulo–. El atanor está apagado y están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué harías para que resugiera?
 Paracelso le miró con tristeza.
—El atanor está apagado —repitió— y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
—No me atrevo a preguntar cuáles son —dijo el otro con astucia o con humildad.
—Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
 El discípulo dijo con frialdad:
—Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
 Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:
—Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.
 El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
—Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?
 El otro replicó, tembloroso:
—Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
 Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
 Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza.
—Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
 El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

 Se arrodilló, y le dijo:
—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
 Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
 Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse. 
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió. 

-Jorge Luis Borges