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¡HE VUELTO!

¡Hola! ¿Te acuerdas de mi?

Inicié este Blog en el 2009 y hoy mirando viejos apuntes me di cuenta de que han pasado 13 años desde entonces… ¡13! Wow, parece tanto tiempo y yo siento como si hubiera sido ayer. 

Sin embargo, miro atrás y puedo recordar tantas historias dulces y amargas que han ido dando forma al ser que soy hoy, que definitivamente, aunque parezca todo tan cercano, si hay bastante que contar. 

¿Cómo estoy? Estoy feliz. Muchas cosas han cambiado en mi vida y se las iré contando poco a poco a través de esta página que significa tanto para mi y por eso, a pesar de haberla abandonado hace tantos años, siempre he querido conservarla con el deseo de retomar los temas que ya les compartía y tanto disfrutábamos juntos.

Así que, en resumen, este además de un SALUDO, es un mensaje textual de que ¡HE VUELTO! y que pronto sabrán todo lo que he estado haciendo (y todo lo que estoy por hacer).

¡GRACIAS POR SEGUIR AQUÍ!

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Rumi: Un jardín más allá del paraíso


«A pesar de su genialidad y de sus logros, Rumi no se sentía completo. Le faltaba la experiencia directa de Dios, a quien los sufis consideraban su «Amado» o su «Amor». Rumi entendía el misterioso «vino» del sufismo: sabía qué aspecto tenía, cómo olía, de dónde venía, cómo prepararlo y cómo enseñárselo a los demás. Sin embargo, ¡él nunca lo había saboreado! Una tarde de 1244 todo cambió. Rumi conoció a un derviche errante llamado Shams de Tabriz. Fue Shams quien le dio a probar ese sabor divino, la experiencia directa de su propia divinidad, y la vida de Rumi nunca volvió a ser la misma. 

    Se han registrado varios relatos de este encuentro y aunque cada uno difiere en los detalles, todos coinciden al describir la conmoción que sintió Rumi y su instantáneo reconocimiento de que toda su preparación intelectual no valía nada, comparada con la experiencia de su propia alma y del «mundo invisible». 
    Un despertar, una iluminación, una fuerza divina y misteriosa había sido transferida de Shams a Rumi. Comentando este fenómeno, la erudita francesa Eva de Vitray-Meyerovitch escribe: «No se trata únicamente de la enseñanza de un método [que provoca esta transformación]… Sino de una iniciación, una transmisión; la comunicación de una fuerza espiritual, un influjo divino (baraka) que sólo puede otorgar el cabeza de un linaje [de maestros] que retrocede hasta el profeta mismo». 
    La vida de Rumi transcurrió entonces en compañía de Shams: junto a él, todas las austeridades que había realizado dieron fruto. Shams refinó su entendimiento y le reveló los misterios del universo. Pero estos días dichosos tendrían un pronto final: tras permanecer en Konya durante sólo dieciséis meses, Shams desapareció misteriosamente. 
    Ahmed Al Aflaki, un discípulo del nieto de Rumi, dio cuenta de lo siguiente: 
    «Cuando Rumi supo que Shams había desaparecido, se le rompió el corazón. Una mañana, de madrugada, se quedó dormido y soñó que Shams estaba sentado con un joven francés en una pequeña taberna a las afueras de Damasco. 
    Rumi despertó inmediatamente. Llamó a su hijo Sultan Walad y le dijo: «Ve a Damasco, a una pequeña taberna al pie de las montañas Salijiyye. Allí encontrarás a Shams jugando a los dados. Toma estas bolsas llenas de oro y plata, colócalas en sus zapatos, gíralos hacia Konya e implórale que regrese con nosotros». 
    Siguiendo fielmente las instrucciones de su padre, Sultan Walad partió hacia Damasco junto con veinte discípulos. Cuando llegaron a la taberna, encontraron a Shams tal y como Rumi lo había descrito. Sultan Walad cayó a los pies de Shams, derramó las bolsas de oro y plata en sus babuchas y le rogó, en nombre de su padre, que volviera a casa. 
Shams accedió a regresar a Konya. Tras su dichoso reencuentro con Rumi, Shams le dijo: «He recibido dos regalos de Dios: sabiduría y un corazón puro. A ti te he dado mi sabiduría y a tu hijo un corazón puro. Mil años en este camino no le otorgarían tantos méritos como los que ha recibido en este viaje a Damasco». 
    Rumi volvió a disfrutar de la compañía extática de Shams, de los largos retiros, de las noches de oración y canto. Una vez más, se sumergió por completo en el Amor. Y una vez más, con la misma premura devastadora Shams desapareció, esta vez para nunca volver. 
    Durante dos años, Rumi le buscó por todas partes, pero su esfuerzo fue en vano. Cuando regresó a Konya se sentía destrozado por el dolor. Una parte de Rumi había desaparecido con Shams. Para llenar ese vacío, Rumi comenzó a cantar, a bailar y a llenar sus días de música y poesía. 
    Pasaron los años. Shams ya no estaba, pero mediante la alquimia de este anhelo inquebrantable, Rumi descubrió su propio corazón; descubrió que Shams y él eran uno.»

Fuente: rumi.es

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Ciclo Menstrual

  
Desde el principio de los tiempos, el ciclo menstrual femenino ha sido mal entendido y sorprendentemente temido en la mayoría de sociedades. Estas han desarrollado alrededor de la menstruación femenina una serie de mitos y tabúes bastante desconcertantes. De hecho, la palabra «tabú» viene de la palabra Tapua (Polinesia), que tiene dos significados: «sagrado» y «flujo menstrual”. Sin embargo, la palabra «menstruación» deriva de la palabra “menstruus” (latín), que significa «mensual».

Durante la Edad Media, la Iglesia Católica divulgaba y advertía sobre la naturaleza indeseable y potencialmente dañina del flujo menstrual. Según la Iglesia, la menstruación era ni más ni menos el castigo que Dios había impuesto a todas las mujeres a consecuencia del comportamiento de Eva y la tentación que ejerció sobre Adán. Durante esta época, no se permitió que la mujer aliviara el dolor durante el periodo, con el pretexto de que los calambres y el sufrimiento eran parte del plan divino.

El hecho de que muchas de las mujeres religiosas no tuvieran la menstruación durante las épocas de ayuno y abstinencia y que se extendiera esta situación entre las parroquias, propició que aquello se interpretara como un motivo más para que las mujeres que menstruaban no pudieran tomar la Sagrada Comunión. Además, las parejas debían abstenerse de tener relaciones sexuales durante aquel periodo, ya que los hijos nacerían débiles y pelirrojos, además de sufrir graves enfermedades propias de la época: la lepra, la viruela o el sarampión.

Pero también el hombre temía al flujo menstrual, ya que para él era una muestra más de la fuerza corrosiva del poder femenino. Una creencia bastante extendida fue la de que cualquier pene que entrara en contacto con la sangre femenina resultaría dañado, provocando en primer lugar impotencia y posteriormente llagas imposibles de curar. Del mismo modo, otras creencias populares llegaron a afirmar que tenía el poder de convertir vino en vinagre, hacer que la fruta cayera de los árboles, matar colmenas de abejas, provocar la rabia a los perros y hacer que los cultivos se malograsen y que las tierras se volvieran estériles. Incluso se creía que un bebé en la cuna podía resultar envenenado tan sólo por la mirada de una mujer vieja con menstruación (pre-menopáusica).

Sin embargo, la menstruación de la mujer no era más que un modo de expulsar la malignidad a través del sangrado. Así mismo, cualquier hombre buscaba un medio para eliminar su exceso de maldad a través de sangrías practicadas por los barberos. Este tipo de prácticas eran muy populares e incluso se utilizaban para curar la amenorrea (falta de menstruación) y también para el cese de los hechizos. Cuando las mujeres sufrieran de flujos menstruales muy abundantes y con el fin de reducirlos, deberían ir en busca de un sapo, luego quemarlo vivo y después depositar las cenizas atadas en una bolsa cerca de sus partes íntimas.

Varios medievalistas han afirmado que los cristianos medievales creían que también los hombres judíos menstruaban y lo hacían con los mismos dolores que la mujer. Estos se localizaban en la zona lumbar y del bajo vientre. Las referencias a descargas periódicas de sangre en el hombre se han encontrado frecuentemente en la literatura. Y, aunque quizás el origen fuera un cólico nefrítico, el fluido de sangre vertido por el pene recayó sobre los judíos como un castigo divino, del mismo modo que la ruptura del vientre de Judas cuando se ahorcó (Acts. 1:18-19), inspiró cuentos populares y fomentó la creencia de que los herejes y traidores a Cristo morían desangrados por el ano.

Pero la menstruación no fue vista sólo de manera dañina. En muchos casos, era un modo de averiguar si una mujer era fértil y, por lo tanto, apta para procrear; de saber cuándo una niña se convertía en #mujer. Hay casos aún más sorprendentes, como el de Hildegarda de Bingen, que creía que la sangre menstrual era una cura para la lepra.

Sin embargo, hablar de la menstruación, incluso en nuestros días, sigue siendo un #tabú. Aunque está claro que, posiblemente en estos momentos, una de cada cuatro mujeres en el mundo está menstruando. Por ese motivo, dedicamos este artículo a todas ellas, como signo de #feminidad y de agradecimiento a su capacidad de engendrar vida.

Por: Òc

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Cerrando círculos

  
Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos, como quieras llamarlo. Lo importante es poder cerrarlos, y dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminó tu trabajo?, ¿Se acabó tu relación?, ¿Ya no vives más en esa casa?, ¿Debes irte de viaje?, Puedes pasarte mucho tiempo de tu presente “revolcándote” en los porqués, en devolver el cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito, porque en la vida, tú, yo, tu amigo, tus hijos, tus hermanos, todos y todas estamos encaminados hacia ir cerrando capítulos, ir dando vuelta a la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y seguir adelante.

No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos porqué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltarlo, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. ¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir!. Por eso, a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, romper papeles, tirar documentos, y vender o regalar libros.

Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que dar vuelta a la hoja, hay que vivir sólo lo que tenemos en el presente.

El pasado ya pasó. No esperes que te lo devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de quién eres tú. Suelta el resentimiento. El prender “tu televisor personal” para darle y darle al asunto, lo único que consigue es dañarte mentalmente, envenenarte, y amargarte.

La vida está para adelante, nunca para atrás. Si andas por la vida dejando “puertas abiertas”, por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción. ¿Noviazgos o amistades que no clausuran?, ¿Posibilidades de regresar? (¿a qué?), ¿Necesidad de aclaraciones?, ¿Palabras que no se dijeron?, ¿Silencios que lo invadieron? Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo, si no, déjalos ir, cierra capítulos. Dite a ti mismo que no, que no vuelven. Pero no por orgullo ni soberbia, sino, porque tú ya no encajas allí en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en esa oficina, en ese oficio.

Tú ya no eres el mismo que fuiste hace dos días, hace tres meses, hace un año. Por lo tanto, no hay nada a qué volver. Cierra la puerta, da vuelta a la hoja, cierra el círculo. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que regresas será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo, desprender lo que ya no está en tu vida.

Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo. Nada es vital para vivir porque cuando tú viniste a este mundo, llegaste sin ese adhesivo. Por lo tanto, es costumbre vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir.

Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr, porque te repito: nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacúdete, suéltate.

Hay muchas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad. ¡Esa es la vida!

-Paulo Coelho

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Respirar puede cambiar tu vida

   
 Los 24 presos están tirados en el piso. Es el pabellón de máxima seguridad del centro penitenciario de San Martín. Es la cárcel más peligrosa de la provincia de Buenos Aires (Argentina). Los consideran los hombres más difíciles de aquel lugar sombrío. Todos están boca abajo. Algunos están ahí por haber asesinado a alguien, otros por haber dirigido las bandas delincuenciales más bastas de esa ciudad, un par de ellos llevan la mitad de sus vidas allí y -por tal- en la reclusión les tienen respeto, peor aún, pánico. Respiran.

Todos inhalan grandes bocanadas de aire, las retienen por unos segundos en su diafragma y exhalan. Los guardianes que los vigilan escuchan lo obvio, el bullicio de la gran jaula de muros, alambres de púas, candados y rejas, pero los 24 hombres que están tirados en aquel patio solo escuchan su respiración. Algunos ya han llegado al punto de encontrarse con ellos mismos, con su paz. Aquel estado ajeno, desconocido, paradójicamente por un momento da miedo; tanto, que algunos ni se dan cuenta que están llorando a cantaros, aunque lo hacen en silencio. Entonces llega la paz en toda su expresión. ¿Pero que es esa categoría llamada paz?: es estar livianos, es no sentir pianos encima, no sentir culpas, no tener rencores, no sentir rivalidades, menos inferioridades, es perdonarse y saber que se puede vivir sin enterrar puñales, sin pegar tiros, sin quitar carteras. Es respirar. 

Junto a ellos está un hombre que cuando se le escucha hablar, alivia los días. Se llama Ismael Mastrini, tiene 75 años, es abogado, pero ahora es maestro de yoga, aunque no le gusta ni que le llamen maestro ni hablar con propiedad de este arte tan milenario. De ser uno de los mejores abogados de divorcios, tener un bufet con varios empleados, cobrar por dividir bienes pasó a estar en la otra orilla, la de juntar personas y hacerles vivir alegrías, felicidad, quizás amor.

Cuando era pequeño una escena lo marcó. Su papá le había regalado un caballo y lo quería tanto que jugaba con él como si fuera un animal doméstico. No sabe quién se quería robar la hermosa yegua, el animal se resistió y recibió una puñalada en el estómago. ‘Muñeca’ fue en búsqueda de Ismael y se le murió en los brazos. Desde ese día supo lo que era ver sufrir y desfallecer a un ser vivo. También sufrió los embates de los “NO”. Su educación la recibió de curas. Mastrini quería escribir, eso era lo que lo llenaba, pero cada que pasaba un trabajo, le decían que estaba mal y que ese: ¡NO era su camino!. “Papá voy a ser escritor”, “NO”, respondió el progenitor que era de pocas palabras, entonces el muchacho se inscribió muy joven a la escuela de leyes, se graduó con excelentes notas llevó el cartón a su casa, le cumplió a su padre y se fue en un barco de hippie. Eran los años sesenta. La rebeldía pululaba en el planeta, vivió de cerca la Europa del 68, aunque cuando vio una tienda del Ché Guevara en Inglaterra vendiendo jeans viejos al triple del precio de los nuevos, supo que el consumismo estaba inmerso hasta en el más izquierdoso de los mochileros.

Regresó a la Argentina, vendió jabones que pintaba él mismo con tinta indeleble. Lo social lo perseguía, como sabía de leyes un día le llegó un caso de un divorció y salió avante. Montó su propia firma, ganaba muy bien. Una mañana se apareció la alegría con cara de tristeza y un hombre al lado en su despacho. Era una pareja de jóvenes que querían separarse. Mastrini lo hizo, pero se enamoró de la chica. El esposo se llevó los bienes y el abogado se quedó con la mujer. Compraron una bella casa, tuvieron una hija, sembraron un árbol y cuando iban a escribir el libro de la vida perfecta, el destino los lanzó al abismo de la infelicidad. La mujer quedó en embarazo. ¡Era un varón!, el bebé nació y murió días más tarde. Lo intentaron. Quedaron embarazados de una niña, pero Mastrini estaba infeliz, su vida era una rueda donde el ratoncito siempre hacía lo mismo: desayunar, ir al laburo, beber en la taberna para no llegar a casa temprano, volver ebrio y esperar el día siguiente para hacer lo mismo. Su mujer no soportó más eso y tampoco trató de solucionarlo. Se fue y con ella se fueron las ganas de vivir.

Mastrini, el abogado, el hombre de ‘la familia y vida perfecta’, entró en una depresión tal que se sumió en la rabia, la altanería, los tragos, la soledad. Uno de sus empleados iba a una juerga rara llamada El Arte de Vivir. “Y vos para qué vas a esas pendejadas, che”, se le burlaba Mastrini en los supuestos buenos tiempos. Vaya como es la boca. Mastrini no apareció por un par de días en su oficina. Su amigo lo llamó preocupado. “No quiero levantarme. No quiero volver a trabajar. No quiero seguir”, respondió el mejor abogado de divorcios de la Provincia de Buenos Aires. “Ismael, y porque no vas conmigo hoy a una clase. Vamos, regálate eso. Inténtalo, si no te gusta, qué puede pasar. Nada. Te regresas a tu casa y no volvés a salir nunca más hasta que te de la gana”. Pausado como siempre ha hablado, Mastrini respondió: “No seas bo-lu-do”. Pero allá llegó. Era el año 2000 y el hombre con cincuenta y pico de años pensaba que iba a morir infeliz. Triste. Solo.

Desde la primera bocana de aire que tomó en el primer ejercicio de respiración; con los primeros silencios que escuchó. Sí, porque los silencios también se escuchan. Uno se escucha; desde esa vez, nunca más dejó de aistir.

  Curiosamente el laburo de los divorcios comenzó a decaer. Claro, Mastrini había conocido el alivio, el perdón, el querer; y muchas veces lo que hacía era que la gente no se divorciara. Cuando cobraba, le respondían: “Pero qué querés que te pague, no ves que no nos hemos separado”. Ese era su pago. Un día del año 2008 se vio en la cárcel de San Martín, encerrado, rodeado de presos y acompañando a su instructora de yoga a dar una clase. La secundó tan bien que a la mañana siguiente el que empezó a dar el curso fue Mastrini. Lloró junto a los internos, el alma se le alivianó y salió como quien sale con el premio mayor de la lotería trasladada a su cuenta de banco. “Ismael, por qué no empezás a dar cursos. Ya llevas ocho años. La gente te siente, asimila lo que trasmitís. Vos ya sos un gran guía”. Aceptó.

El hijo que perdió se convirtió en cientos de hijos. La familia que se fue, regresó. Aunque no a la casa pero si a su vida. Dejo su oficina de abogados por El Arte de Vivir, lo supo la semana que durmió cinco días con sus cuatro noches, para compartir las horas entre 30 de los internos con más cargos y años de cárcel de la ciudad. Los primeros días a los internos siempre les pasa lo mismo que él vivió en su iniciación, por ello los entiende: comprende sus caras de asombro cuando de entrada les da un abrazo y no un apretón de manos de esos que ponen distancias. Ellos que esperan gritos y corrientazos, no lo abrazan enseguida pero cuando sienten su energía, terminan por apretarle duro la espalda. Así lo ha contado Luis Alberto Ríos, un excriminal, condenado por asesinato, quien pasó por las 53 penitenciarías de su país. Es hombre que cuando entraba en un patio sus fanáticos comenzaban a gritar: “¡Llegó angelito!, ¡llegó angelito! Llegó el peligro”. Ese bonaerense al que todos le sentían pánico y que estaba aislado fue llamado por Ismael para tomar un curso. Los carceleros no querían dejarlo asistir por sus antecedentes, sabían que podía haber quilombo y hasta heridos. Ismael rogó y se comprometió en responder por lo que hiciera Ángel.  

 Angelito fue a esa primera sesión por salir de la celda de aislamiento. Cuando escuchaba a Mastrini hablar sobre meditar dos veces al día para sentirse libres dentro de esa cárcel, pensaba que el viejo estaba loco, que todos estaban locos de atar. Ángel recuerda que tal vez fue al tercer día que el abrazo del guía lo sintió más sincero y que fue en ese trance de respiraciones profundas donde comenzó a llorar como un niño, a sentir el cariño que no tuvo en su infancia y pesar menos de la cuenta como si estuviera volando. “Solo los que practican yoga saben de lo que hablo”, dice Angel, quien por resocialización salió de la cárcel, se graduó de la secundaria, entró a la universidad a estudiar sociología y todos los semestres pasó con un promedio de 9.50 sobre 10. Hoy solo la cicatriz que rodea la mitad de su cara es el único recuerdo de haber sido infeliz.

Ismael Mastrini ha dictado cursos en más de 100 cárceles de todo el continente. El patio con los hombres más peligrosos de la Argentina, la unidad 48 de la cárcel San Martín, pasó de tener un promedio de cuatro asesinatos al mes, a cero. A ninguno. Más de 10 mil personas entre hombres y mujeres han recibido sus seminarios de silencio, meditación, respiración y amor. Incluso, Ezequiel, un muchacho de 23 años que desde los 12 anduvo recorriendo correccionales hoy vive en su casa, trabaja manejando coches y se está preparando para ser un instructor más de la fundación sin ánimo de lucro El Arte de Vivir. Por lo pronto Mastrini anda con una mochila en la espalda donde solo carga viento, como en los días que quería ser hippie y feliz, pero con una misión a cuestas: el proyecto Prision Smart, donde las bocanadas de aire liberan hasta en los más recónditos calabozos.

Twitter Autor: @PachoEscobar

http://youtu.be/nlMWpU9okxs