EL PERDON


¿Qué es el amor sin el perdón? Como una rama de un árbol sin hojas, con la esperanza de que llegue la primavera, para que nuevamente haga aparición la vida.

El verdadero amor nos lo enseñó Jesús y consiste en saber perdonar, perdonarse así como pedir perdón. No puede ser que personas que consideran que aman a alguien, vivan en el resentimiento que envenena la vida, endureciendo los corazones, así que allí tenemos un gran ejercicio mutuo, el del perdón.

Todos tenemos que perdonarnos, pedir perdón y perdonar todos los días, porque fallamos, porque nos equivocamos, porque omitimos, porque dejamos cosas por sobreentendidas, porque no valoramos, porque en suma no vemos muchas veces más allá de nuestros ojos en el corazón de los demás.

Y que maravillosa es la reconciliación; que alegría y felicidad; que paz y sosiego nos brinda el ser capaces de reconciliarnos con nosotros mismos, con los demás y con la vida. ¡Por favor! Dense esa oportunidad, si verdad se aman o si quieren aprender a amar. No se castiguen con el resentimiento, no destruyan sus vidas por el orgullo y la soberbia.

Lo importante en la vida no es lo que hiciste o dejaste de hacer, porque ya pasó y ello no puede ser cambiado, sino lo que realmente tiene importancia es lo que aún no has hecho; sí, todo lo que puedes hacer aún, y lo que puedes dar de ahora en adelante, porque la vida es esperanza de lograr lo que no logramos antes. Y si la vida nos da la oportunidad de corregirnos y mejorarnos con cada nuevo día, ¿por qué no nos la vamos a dar nosotros?

En todo esto hay que ser práctico, ya pasó ¿y ahora que sigue adelante? Debemos preguntarnos ¿cómo podemos cambiar las cosas? ¿Qué podemos hacer para remediarlas? Pues la respuesta es sencilla pero difícil de realizarla cuando nuestro orgullo nos lo impide. Saber pedir perdón, perdonarnos y perdonar.

No podemos exigir que nos perdonen, pero podemos dar el gran paso solicitándolo con humildad. Recordemos que no cede el más débil, sino muchas veces el más fuerte, lo cual lo fortalece a uno aún más.

Hay quien teme perder en esto la dignidad y el honor, muy por el contrario, el amor engrandece, dignifica y honra a quien sabe demostrarlo con humildad. Y no importa quien haya sido el culpable, quien lo provocó o cómo empezó. Por el contrario debemos saber sopesar ¿vale la pena seguir así adoloridos, lastimados, amargados y sufriendo inútilmente? ¿A quién beneficia éste dolor y malestar? ¡Simplemente a nadie! ¡Salgamos de él entonces! Busquémosle el remedio que es muy sencillo y eficaz, directo al problema: la reconciliación.

Hay que ser siempre parte de la solución y no parte del problema en las relaciones humanas, que por ser humanas son imperfectas, sujetas a errores, a malentendidos, a equivocaciones. Ciertamente hay personas que les cuesta más expresar lo que sienten, a pesar de que en otros aspectos de la vida son muy expresivos, sino recordemos a Cyrano de Bergerac, quien era tan diestro en la espada, tan locuaz en la palabra, tan creativo en la rima, tan profundo y capaz en improvisar y hacer poesía, y sin embargo era incapaz de expresar su amor a Rosanna.

Recuerden amados amigos que no podemos acercarnos a la presencia del Profundo para presentar nuestras ofrendas si antes no nos hemos reconciliado con el amigo, con el hermano, con la pareja, con nuestros padres, con nuestros hijos, con la vida y con nosotros mismos.

Somos humanos, tenemos errores y defectos, y probablemente por ellos nos haremos daño y dañaremos una y otra vez en el largo camino de la existencia, pero tenemos ese don del cielo que es la sanación, la sanación en la palabra, en la sonrisa, en la mirada, en las manos y en el corazón. De esa sanación el Maestro Jesús dijo que se activaba con la fe y el trabajo interno, ese trabajo que hay que hacer para moldear el carácter, vencer el orgullo, superar la timidez, doblegar la soberbia. Ayudemos a curar el corazón cristal del planeta aportando la sanación del amor en el perdón y la reconciliación de todos con todos.

Por tanto si nos amamos, debemos ser capaces de perdonar y aceptar al otro tal como es, y no querer cambiarlo a él, sino cambiar nosotros para que viéndonos reflejados los unos en los otros, podamos ayudarnos a ser mejores cada día inspirando al otro con ejemplo.

La vida es tan breve y la oportunidad de disfrutar los unos de los otros es tan corta que no deberíamos darnos el lujo de lastimarnos, ni pasar demasiado tiempo lastimados aferrándonos al dolor, porque todo ello no es constructivo ni sano. Y nunca es tarde para reconciliarnos, mas bien, no esperemos a que sea imposible en esta encarnación que podría terminar en cualquier momento dejando pendientes.

La vida tiene muchas noches oscuras que sobrevendrán solas sin que las busquemos, como para que nosotros las fabriquemos con actitudes que no conducen a la luz y a la alegría, sino a la oscuridad, la tristeza, la amargura y la soledad. Si hoy herimos hoy sanamos, porque lo único y más maravilloso que hoy tenemos, es el día de hoy para reconciliarnos.

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