Observar desde el silencio


Es difícil para nosotros estar callados. Solemos hablar más que escuchar; opinar más que observar. La clave de muchas palabras que no debieron ser dichas, de tantas y tantas opiniones que no debieron ser expresadas, de los gestos que acompañaron a la vehemencia, de todos y cada uno de los rasgos que nos delataron en nuestra precipitación… está en OBSERVAR desde el silencio.

Comenzar con la prudencia de mirar lo que sucede a nuestro alrededor, de escuchar activamente e integrar lo que llega hasta nosotros es una cualidad que se convierte en virtud cuando se pone a nuestro servicio para facilitarnos la comprensión. Muchas veces
no entendemos nada pero lo opinamos todo. Nos cuesta cerrar la boca y abrir nuestros oídos. Nos cuesta estar presentes pero mantener la disposición del que recoge y asume antes de manifestarse. Deberíamos dejar las palabras en la antesala de los labios y esperar con paciencia que las situaciones se expresen, que los precipitados tomen partido, que aquellos a los que les explotan las palabras en su cabeza y solo saben escupirlas sin dirección ni acierto, toquen con sus manos el caos de su imprudencia.

Oriente siempre ha observado, silenciosa y serenamente… porque todo lo que ocurre en la naturaleza ocurre con un ritmo, con una cadencia propia, sin urgencia, ni vehemencia. Hasta los grandes espectáculos que provocan los volcanes, los terremotos o los tsunamis…lo hacen con la expresión de lo propio durante el arrebatador devenir tranquilo de la vida.

Nos empeñamos en pasarlo todo por la lógica verbal. La palabra, aún siendo sagrada, cuando lo es, ha de ser un bien escaso más que un objeto de compra venta o intercambio bursátil. No hemos de profanar su misión divina de ser verbo, de encarnar la expresión del alma por convertirla en usada moneda de cambio de cuantía invertida a su valía.

Serenar el espíritu pasa por el silencio. Deberíamos comenzar por establecer un tiempo al día para él; nuestro silencio interior templo de la conexión con pensamientos, emociones y sensaciones que deben decirnos cómo, dónde, cuándo y por qué somos lo que somos y cumplimos la misión que tenemos. Un tiempo breve… que podría ampliarse, día a día, para dedicarnos exclusivamente a nosotros.

No hace falta acudir a divanes de psicólogos que nos esperan vacíos, ni siquiera estar tumbados, acostados o sentados para el silencio. Podemos intentarlo mientras vivimos activos. Mientras realizamos las tareas comunes de nuestro día… y ahí, en ese espacio sin palabras…encontrarnos y encontrarlo todo.

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