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La maravillosa niñez de Tippi Degré

Abu-era-mi-padre-elefante_54395390343_54026874601_600_226Tengo 23 años. Nací en Namibia. Mis padres, franceses, hacían documentales. Vivo en París. He estudiado cine, encuadre y luz. Mi hogar hasta los 11 años fue África, por eso sé que es esencial conservar la naturaleza. Me interesa la relación entre humanos.

Tippi_eleHe visto una foto suya en pañales rodeada de elefantes… Mis padres documentaban la vida salvaje en África, mi hogar hasta los 11 años. Allí crecí, en compañía de todo tipo de animales salvajes.

¿No les temía? No, eran mis amigos. Les miraba a los ojos y hablaba con ellos como lo hace un niño. Era libre, no sabe lo feliz que fui.

¿Cuál es su primer recuerdo? En mi cabeza se mezclan las imágenes de las filmaciones que mis padre hicieron sobre mi relación con los animales y mis recuerdos. Pero las sensaciones que me producía tocar aquellos animales…, esas son mías.

… Y la excitación que sentía cada mañana al despertarme sabiendo que iba a reencontrarme con mi camaleón, mi compañero. Lo encontramos en medio de una carretera. Hice detener el coche y corrí a recogerlo.

Tippi_Degre10No solía jugar con niños. Estábamos siempre en ruta. Recuerdo muchas horas en todoterreno. Era una vida muy serena, cuya belleza me embriagaba: paisajes maravillosos que tengo grabados en la memoria. Yo era muy alegre.

También tuvo un elefante amigo… Conocí a Abu cuando vivíamos en Namibia, convivía con una manada que un amigo utilizaba para hacer safaris, tenía 28 años y lo habían recuperado de un circo. Los elefantes son animales muy inteligentes y sensibles, y mi vínculo con ellos era muy natural.

¿Cuál era su relación? La de un padre elefante con su hijo. Abu era muy protector conmigo, me llevaba sobre sus hombros, íbamos al río y jugábamos a tirarnos agua. También hice amistad con un leopardo huérfano, JB, criado con biberón; pero nunca fue dócil del todo.

¿La atacó alguna vez? Atacó a un niño indígena que miraba cómo mi padre le hacía fotos. Le di un puñetazo en el morro y se sentó. Son animales que no temen al hombre. A mí me veía como a otro cachorro, y yo no le temía.

Tippi-Degre3La he visto durmiendo entre leones… Mufasa fue otro de mis amigos, un cachorro de león. Cuando años después volvimos a aquella finca en la que se recogían animales salvajes con problemas, Mufasa ya era un adulto, se acercó a mí y restregándose en mis piernas ronroneó como un gatito.

¿A qué teme ahora?
A los seres humanos. Pienso que son los predadores más peligrosos, sobre todo moralmente. Los animales no tienen maldad ni son hipócritas. Las relaciones son más simples, es mi experiencia.

También vivió con los bosquimanos… Sí, con varios pueblos que viven en la naturaleza en el sur de África. Hoy en día los himbas prácticamente han desaparecido. Me gustaría volver para documentar y defender los derechos de esas tribus nómadas.

¿Qué recuerda de ellos? Me enseñaron su idioma, a fabricar arcos y flechas, cazar, hacer fuego, bailar. Me mezclé con sus hijos. Eran muy acogedores…

¿Qué está pensando? Siento más afecto hacia la niña que fui que hacia la persona en que me he convertido.

¿No es usted la misma? Tenía una visión de la vida feliz y valiente y cierta facilidad instintiva para sentir la naturaleza y establecer vínculos con todo lo que me rodeaba. Era armoniosa y me sentía en armonía con el entorno. Mis padres se separaron y a los 11 años abandoné aquel mundo, volví dos años después para realizar una serie documental, pero ya había cambiado.

¿Su relación con los animales era especial o cualquier niño podría tenerla? Esa pregunta me la he hecho yo muchas veces, y creo que cualquier niño criado en ese contexto está bien preparado y puede establecer ese vínculo, que está ligado a la inocencia, pero se pierde.

¿Por qué? Los animales sienten la energía, algo que no se puede explicar. Un niño es directo, y los pensamientos de un adulto perturban la relación: temor, falta de confianza en uno mismo. Creo que tuve la suerte de mantener esa relación privilegiada con los animales salvajes porque estaba a la misma altura que ellos. Nos fiábamos uno del otro, nos entregábamos a una relación de confianza.

París no debió de ser fácil… Aceptar que África ya no era mi hogar fue muy duro. Y adaptarme al colegio: los niños eran malos conmigo. No teníamos la misma sensibilidad ni visión de la vida.

¿Fue un camino largo?
Hace muy poco que me he aceptado a mí misma y mi entorno. Siempre me sentía fuera de lugar y responsable por ello, porque yo era la diferente. Jamás hablaba de mi pasado, como si no hubiera existido, no tenía lugar en ese nuevo mundo.

Suena triste… Aquella relación con los animales es irreemplazable y la añoro todos los días. Pero a mi edad es difícil saber lo que quieres y tengo miedo de equivocarme. Vivo en un dilema, entre volver allí, para hacer no sé qué, o esperar, adquirir experiencia en mi trabajo.

Fuente: La Vanguardia


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Fabula del Buho (Reflexion)

Una vez, llegó a la selva un búho que había estado en
cautiverio, y explicó a todos los demás animales las costumbres de
los humanos.

Contaba, por ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los
artistas por competencias, a fin de decidir quiénes eran los mejores
en cada disciplina: pintura, dibujo, escultura, canto…

La idea de adoptar costumbres humanas prendió con fuerza entre los
animales y quizá por ello se organizó de inmediato un concurso de
canto, en el que se inscribieron rápidamente casi todos los
presentes, desde el jilguero hasta el rinoceronte.

Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se
decretó que el concurso se fallaría por voto secreto y universal
de todos los concursantes que, de este modo, serían su propio jurado.

Así fue. Todos los animales, incluido el hombre, subieron al estrado
y cantaron, recibiendo un mayor o menor aplauso de la audiencia.
Después anotaron su voto en un papelito y lo colocaron, doblado, en
una gran urna que estaba vigilada por el búho.

Cuando llegó el momento del recuento, el búho subió al
improvisado escenario y, flanqueado por dos ancianos monos, abrió la
urna para comenzar el recuento de los votos de aquel “transparente acto
electoral”, “gala del voto universal y secreto” y “ejemplo de
vocación democrática”, como había oído decir a los
políticos de las ciudades.

Uno de los ancianos sacó el primer voto y, el búho, ante la
emoción general, gritó: “¡el primer voto, hermanos, es para
nuestro amigo el burro!”.

Se produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos.

— Segundo voto: ¡el burro! Desconcierto general.

— Tercero: ¡el burro!

Los concurrentes empezaron a mirarse unos a otros, sorprendidos al
principio, con ojos acusadores después y, por último, al seguir
apareciendo votos para el burro, cada vez más avergonzados y
sintiéndose culpables por sus propios votos.

Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del
equino. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el
mejor de los cantantes.

Y así, sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por
“libre elección del imparcial jurado”, que el desigual y estridente
grito del burro era el ganador.

Y fue declarado como “la mejor voz de la selva y alrededores” .

El búho explicó después lo sucedido: cada concursante,
considerándose a sí mismo el indudable vencedor, había dado su
voto al menos cualificado de los concursantes, aquél que no podía
representar amenaza alguna.

La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para
el burro: el del propio burro, que creía que no tenía nada que
perder y había votado sinceramente por la calandria, y el del hombre
que, cómo no, había votado por sí mismo.