Lo que el océano esconde


“Sí, Solón, hubo un tiempo, antes de la más grande destrucción por las aguas, donde la ciudad que es hoy de los atenienses era, de todas, la mejor para la guerra (…) En ese tiempo se podía pasar por este mar. Había una isla delante de ese pasaje que ustedes llaman las Columnas de Hércules (…). Ahora bien, en esta isla Atlántida, sus reyes habían formado un gran y maravilloso imperio (…).”Fragmento de El Timeo, de Platón.

Durante el verano del año 2000 el científico y explorador oceanógrafo Robert Ballard,  al frente de una expedición en el Mar Negro, encontró huellas de asentamientos humanos a más de 100 m. de profundidad. La noticia fue ampliamente difundida por los medios de comunicación pues constituía una constatación de que en el pasado, el nivel del mar se encontraba más bajo que en la actualidad.

Sin embargo los científicos tienen pocas dudas al respecto; durante los últimos 100.000 años, los niveles oceánicos han sufrido fuertes oscilaciones,  pero siempre por debajo de la cota actual. Debido a que el planeta se encontraba inmerso en la llamada Cuarta Glaciación,  el agua que se evaporaba de los océanos no volvía a ellos en la misma proporción pues se acumulaba en forma de hielo y nieve sobre las tierras emergidas. Al no recuperar estas aguas evaporadas, los mares bajaban de nivel, tanto más cuanto mayor fuera la bajada de las temperaturas. Se estima que en el periodo más frío de la glaciación, -que se conoce como “máximo glacial”-, el nivel del mar llegó a estar entre 120 y 140 m. más bajo que en nuestros días. Finalmente, hace entre 20 y 18 mil años, dio comienzo el periodo de desglaciación, que duró hasta hace 8 mil años y el nivel del mar aumentó hasta ser el que tenemos en la actualidad.

Nivel del mar durante los últimos 140.000 años, según las terrazas de coral de Huon (Nueva Guinea). El descenso del nivel del mar provocó la emersión de vastas extensiones de plataformas marinas. (El grosor de la línea de variación indica la incertidumbre en el análisis) La tabla aparece en el libro “Historia del clima de la Tierra” del profesor Antón Uriarte Cantolla.

Dado que se estima que nuestra especie surgió en el sureste de África hace entre 130 y 150 mil años, no es de extrañar que existan vestigios de asentamientos humanos a las profundidades en las que los halló Ballard, no sólo en el Mar Negro, si no en otros muchos lugares del planeta. Mientras se extendían por todos los continentes, nuestros ancestros sufrieron los rigores de un clima sensiblemente más frío, en unas tierras con unas líneas de costa más bajas que las actuales.

El problema, la controversia, surge cuando se encuentran estructuras sumergidas cuya construcción requiere de unos conocimientos, unas herramientas, una organización social, en definitiva un nivel de civilización que la Arqueología ortodoxa no otorga a pueblos que vivieron como poco hace 10.000 años.

Ahora, si al lector le place, emprenderemos un viaje a la búsqueda de restos de antiguas construcciones,  vestigios de pretéritas y desconocidas civilizaciones que vivieron a orillas de un mar más bajo que el actual.

 

Yonaguni

Situada en el océano Pacífico, a apenas 70 millas de la costa oriental de Taiwán y a 300 millas al suroeste de Okinawa, la isla japonesa de Yonaguni  constituía hasta hace unos años un destino turístico menor para aficionados al buceo japoneses. Sin embargo, en 1985 tuvo lugar un descubrimiento en sus fondos marinos que ha hecho que el nombre de la pequeña isla sea conocido en todo el mundo. Aquel año, el guía de buceo local Kihachirō Aratake, cuando buscaba nuevos lugares donde poder practicar buceo, se topó con lo inesperado. En plena inmersión en una zona conocida como Iseki Point, ante sus ojos aparecieron unas espectaculares estructuras líticas que parecían los restos de un antiguo y majestuoso monumento hecho por el hombre.

 

Poco tiempo después, el Dr. Masaaki Kimura, profesor del Departamento de Ciencias Físicas y Terrestres en la Universidad de Ryukyus, Okinawa, se interesó por el descubrimiento y desarrolló un proyecto para cartografiar la estructura hallada por Aratake. Aunque se ha especulado mucho acerca de si se trata de una formación geológica natural o de una obra hecha por el hombre, el Dr. Kimura, tras más de 15 años de investigación en los que él y su equipo han efectuado más de 140 inmersiones en  la zona, ha llegado a la conclusión de que el  Monumento Yonaguni, (como se le conoce en Japón), es, en su totalidad, una construcción artificial, tallada en la roca viva por manos humanas. Además de la estructura principal, se han encontrado otras en sus alrededores. Una de ellas es un  curioso recinto llano rodeado de rocas que quizás fueran talladas a modo de gradas y que ha recibido por parte del equipo del Dr. Kimura, el nombre de “El Estadium”, por su semejanza con un lugar destinado a albergar ceremonias o incluso algún tipo de espectáculo.
Teniendo en cuenta su antigüedad y que toda la zona ha sufrido a lo largo de la historia numerosos y fuertes seísmos, el estado de conservación de estos conjuntos es asombroso.

Es probable que el Monumento Yonaguni fuese tallado aprovechando la configuración natural de las rocas donde se encuentra y esto hizo que tuviera ese aspecto “escalonado”. Pues bien, si tenemos en cuenta su antigüedad y la procedencia de los grupos humanos que poblaron el continente americano, ¿serían construcciones como la de Yonaguni inspiradoras de las pirámides escalonadas que luego se construyeron en América?…

Esculpidos en la piedra viva, estos escalones recuerdan a los de Yonaguni pero… se encuentran en los Andes, en Quenko, cerca de Cuzco, Perú.

Y estos, también en América del Sur, pertenecen a la fortaleza Inca de Sacsahuamán.

Por otro lado, los geólogos admiten la posibilidad de que durante la era glacial quedase al descubierto una basta extensión de terreno que, a modo de puente, llegó a unir Okinawa con Yonaguni, continuando hasta Taiwán que, a su vez, formaba parte de las tierras continentales. Junto con el hecho de que en aguas de Okinawa también se hayan encontrado restos sumergidos, lo encontrado en Yonaguni daría nuevos pábulos a las leyendas sobre un continente perdido en el Pacífico llamado Mu. En cualquier caso, dada su antigüedad, el Monumento Yonaguni constituiría una de las construcciones humanas más antiguas, anterior en varios miles de años a las pirámides egipcias, (según su datación oficial) y representaría tener que admitir que el pueblo que lo construyó poseía niveles de civilización inesperados para la época.

Por el momento la arqueología ortodoxa no se ha pronunciado con claridad sobre este descubrimiento.

El Monumento Yonaguni 1 es una estructura tallada en la roca viva hace como poco 10.000 años, que es cuando los geólogos estiman que estaba por encima del nivel del mar. Tiene una longitud aproximada de 120 m. una anchura de 40 m. y una altura de 20 m. Su base descansa a una profundidad de 25 m. y su parte superior se encuentra a 5 m. de la superficie. Se especula sobre  si era una especie de templo o tenía funciones defensivas.

En esta especie de Moai, el equipo del Dr. Kimura cree encontrar la tosca representación de un rostro humano.

 

 

 

 

La Atlántida… Siempre la Atlántida

Es de suponer que cuando Platón recogió en sus diálogos, (en el Timeo y en el Critias), el mito de la Atlántida, no pensó en los ríos de tinta que tal hecho iba a hacer correr en el futuro. Pero así ha sido. Mucho se ha escrito sobre la Atlántida y mucho se la ha buscado. La idea de una utópica civilización que floreció en una isla situada “más allá de las Columnas de Hércules”, alrededor del año 10.000 a.C. nada menos, que fue tragada por el océano, ha fascinado desde siempre a las imaginaciones inquietas. Se la ha supuesto situada en las islas Canarias, en las Azores, en la península Escandinava, en Groenlandia… Incluso se la ubicó en una isla griega en el mar Egeo llamada Thyra, (sepultada por una erupción volcánica alrededor del año 1500 a.C.), cuando no en la mismísima isla de Creta. Pero en ninguno de estos lugares se han encontrado restos arqueológicos que puedan ser prueba irrefutable de su presencia.

Otros investigadores han defendido la idea de que la Atlántida pudo asentarse en el continente antártico y que sus restos se hallan bajo su grueso manto de hielo. Para ello, sostienen  que, antes del final de la última glaciación, la Antártida se ubicaba en una latitud más al norte de la actual, con un clima menos frío, que hubiera permitido el desarrollo de asentamientos humanos. La enorme acumulación de hielo en los polos durante esa época, habría producido un relativamente rápido deslizamiento de la corteza terrestre hasta situar a la Antártida en su emplazamiento actual. Sin embargo, no existen evidencias geológicas de que esto se halla producido. No existe rastro de ello en los registros paleomagnéticos de las rocas, ni en la Antártida, ni en los fondos oceánicos, ni en los otros continentes. Así mismo, estudios geológicos sobre la datación de la apertura del Estrecho de Drake, (entre la Antártida y el cono sur americano),  sitúan este hecho hace 41 millones de años, lo que coincide con la datación del origen de la placa de hielo antártico. Para los científicos, la idea de que la Antártida se desplazó hasta su ubicación actual hace unos miles de años es, sencillamente, un disparate.

También hay quien ha querido identificar a la Atlántida con el continente americano. En 1968, fueron encontrados bajo las aguas de Bimini, en las islas Bahamas, unas formaciones rocosas cuyas características hicieron pensar a algunos que podrían tratarse de evidencias arqueológicas, pero esto no se confirmó.

Formaciones rocosas en el fondo marino de Bimini, Bahamas. Aunque se ha especulado sobre su posible origen artificial, no se han producidos otros hallazgos que confirmen esta idea. La opinión más generalizada es que se trata de una formación geológica natural.

Recientemente el hallazgo de estructuras de piedra, de posible origen artificial, sumergidas a 650 m. de profundidad cerca de la costa sur occidental de la isla de Cuba, ha vuelto a poner de actualidad esta idea. (Véase recuadro adjunto).

En el año 2001, cuando se realizaban trabajos de prospección del fondo marino con un sonar de barrido lateral, en aguas de la isla de Cuba, se encontraron unas sorprendentes estructuras sumergidas a más de 600 m. de profundidad que, por su aspecto y en palabras de Manuel Iturralde, uno de los geólogos más reputados de Cuba, “no formaban parte de la geología de su entorno”. En Marzo de 2003, el periodista e investigador Luis Mariano Fernández viajó a Cuba en donde se entrevistó con Iturralde y con Paulina Zelinsky, la oceanógrafa que se encontraba al frente de la expedición que dio con el hallazgo. La Dra. Zelinsky confirmó al periodista español que se habían observado enormes bloques de piedra con formas geométricas perfectas, que parecían cortados y encajados unos con otros por manos humanas. Luis Mariano Fernández regresó a España con imágenes del descubrimiento que la propia Dra. Zelinsky le facilitó y que fueron dadas a conocer por primera vez en España.
Algunas de esas imágenes y las entrevistas fueron publicadas en su día por la revista Enigmas.

En la actualidad estos asombrosos hallazgos se encuentran en fase de exploración.

Impresionante imagen sonar de las estructuras. Su grado de simetría es sorprendente.

La Dra. Zelinsky entrevistada por Luis Mariano Fernández

 

De confirmarse este descubrimiento, aún en investigación, quizás habría que revisar los cimientos de la Historia, pero no parece lógico situar la Atlántida en un lugar geográfico tan alejado del mar Mediterráneo, teniendo en cuenta que las crónicas de los antiguos griegos nos hablan de que los atlantes comerciaron y mantuvieron guerras con pueblos de la rivera mediterránea.

Entonces, ¿existió realmente la Atlántida o se trata de un mito del mundo antiguo? Para algunos investigadores no hay dudas respecto a que civilizaciones antiguas poseyeron niveles de desarrollo y conocimientos técnicos superiores en algunos aspectos a los que se tuvieron en tiempos posteriores. Se ha querido ver en esto la influencia de una civilización superior anterior, desconocida aún para la Arqueología. Sin embargo el problema surge cuando se piensa en la cronología que otorga Platón a la Atlántida: 10.000 años a.C. Veamos por qué.

Tradicionalmente historiadores y antropólogos, han vinculado la aparición de las primeras civilizaciones humanas al descubrimiento de la agricultura. Cultivar la tierra acabó con la necesidad de la vida nómada que llevaban los grupos de cazadores-recolectores anteriores a las primeras sociedades agrícolas. También produjo excedentes de alimentos, con lo que no todos los miembros válidos del grupo tuvieron que dedicarse a su obtención. Esto permitió la existencia de artesanos, de una incipiente clase dirigente y del inicio de actividades de intercambio comercial con otros pueblos. En algunos lugares, como en Mesopotamia, el valle del Indo y el valle del Nilo, las inundaciones anuales de sus ríos ocasionaban una fertilización natural de las tierras adyacentes, que producían por ello abundantes cosechas. Fue en estos valles donde aparecieron las primeras civilizaciones humanas conocidas. Podemos inferir por tanto, la siguiente proposición: para que se produzca una civilización, deben existir excedentes de producción de alimentos. Pero, aunque existen algunas evidencias de que en ciertos lugares la agricultura empezó a utilizarse en fechas próximas al año 10.000 a.C., no es hasta varios milenios después que su uso comienza a generalizarse. Por tanto los historiadores son reacios a admitir la posibilidad de que una cultura alcanzase el grado de “civilización” con anterioridad a estas fechas.

Pues bien, ya tenemos las pistas necesarias para tratar de ubicar la Atlántida.

Debemos buscar un lugar “más allá de la Columnas de Hércules”, pero no lejos del Mediterráneo, en donde, en torno al año 10.000 a. C., sin mediar la agricultura, pudieran producirse excedentes de alimentos.

Y ése lugar existió.

 

La Carta Náutica del Estrecho de Gibraltar
del año 10.000 a.C.

Como hemos visto en la tabla cronológica de los niveles oceánicos, 12.000 años antes del presente, el nivel del mar se encontraba alrededor de 100 m. más bajo que en la actualidad y llevaba muchos miles de años por debajo de esa cota. Si dibujamos una carta náutica del Atlántico con estos datos, nos aparecen algunas islas que hoy día se hallan sumergidas, como es el caso de la dorsal conocida como “Gorringe Ridge”, a poco más de 100 millas al Este-Sureste del actual Cabo de San Vicente. Pero es, en mi opinión, más interesante lo que ocurre en las inmediaciones del propio Estrecho de Gibraltar. Nos aparece un paso más largo y más angosto, si cabe, con algunas islas en medio y una gran extensión de terreno que hoy está bajo el mar.

El Estrecho 10.000 años a.C. (En color marrón oscuro, las tierras emergidas en la actualidad). Las rocas de Gibraltar (antigua Calpe) al norte y de Jebel Musa (antigua Abila) al sur, eran consideradas en el mundo antiguo como “Las Columnas de Hércules”. Se aprecia la aparición de una isla de 5 Km. de largo por 3 Km. de ancho, con lo que pudo ser un pequeño puerto natural abierto al Este. Este emplazamiento, hoy sumergido, recibe en la actualidad el nombre de “Bajo Majuan”. A poco más de 20 Km. de este lugar, existe una localidad gaditana que tiene un nombre tan evocador como “Atlanterra”

Pues bien, podemos considerar que  aquellas aguas debieron ser extraordinariamente ricas en especies marinas, especialmente en atunes, pues el Estrecho constituye un paso obligado hacia el Mediterráneo, lugar de desove natural para esa especie. Hoy día lo sigue siendo, exportándose parte de las capturas de atunes a Japón. Es fácil suponer que cualquier pueblo asentado en la zona, dejase de necesitar dedicarse al nomadeo como medio de obtención de alimentos y que, a poco que dominase métodos de conservación del pescado, podría obtener ingentes cantidades de excedentes con los que comerciar y prosperar. Si a esto le unimos que la zona es también rica (y lo fue aún más en aquella época por estar las aguas más frías), en un tipo de alga marina llamada laminaria, que en la antigüedad se consumió por ser una importante fuente de yodo y sodio,  tenemos los ingredientes necesarios para que se diera una “civilización pre-agrícola”. Pero, ¿por qué en el Estrecho y no en otro lugar? Pues porque el Estrecho actuaría a modo de cuello de botella natural, donde la densidad de paso de los atunes sería enorme, produciendo facilidad y abundancia en las capturas, sin que las embarcaciones tuvieran que alejarse peligrosamente de la costa para obtenerlas.

 

“En el país de los ciegos, el tuerto es el Rey”

En un mundo en el que el modo de vida usual era la caza y recolección de alimentos y los grupos humanos se veían obligados a cambiar periódicamente de asentamiento, la aparición de un pueblo que pudo asentarse permanentemente en una zona, que poseía los recursos suficientes como para mantener a artesanos, sacerdotes, dirigentes, incluso un ejercito, debió  ser determinante. Esta cultura del Estrecho, que podríamos llamar también “del atún”,  predominaría sobre las demás, extendiendo su área de influencia, militar y comercial, con facilidad por la rivera mediterránea -tal y como nos cuenta Platón- haciendo que los otros pueblos la vieran con admiración y respeto.

¿Hasta donde llegó esa civilización? No lo sabemos. Quizás fueran aquel pueblo de navegantes que extendieron su influencia por los litorales de muchos lugares. Quizás por eso las culturas megalíticas se dieron preferentemente junto a las costas…

Pero esto, de algún modo, acabó. Con el fin de la cuarta glaciación, el nivel del mar subió y sumergió las islas del Estrecho así como bastas extensiones de tierras continentales. Las condiciones para la pesca del atún debieron endurecerse y los niveles de prosperidad bajaron, iniciándose la decadencia de esta civilización marítima. Pocos milenios después, surgieron otras civilizaciones en el Mediterráneo Oriental, basadas ya en la agricultura, que extendieron su influencia por donde antaño lo hicieran los “atlantes”, quedando su recuerdo idealizado en la memoria, en la transmisión oral y después escrita de ésta,  de muchos pueblos mediterráneos. Quizás su herencia fuera recogida por reinos posteriores, como Tartessos y más tarde por los turdetanos, en un mundo diferente, donde ya existían otras civilizaciones que pugnaban entre sí por la hegemonía comercial y militar.

De lo que aquel viejo sacerdote egipcio contó a Solón y que recogió Platón en su obra, solo habría un detalle por encajar: la extensión de la isla en donde se asentaría la Atlántida. “…una isla tan grande como Asia Menor y Libia, juntas…” Pero esta historia es narrada muchos miles de años después de ocurridos los hechos que relata. Es fácil suponer el alto grado de idealización que para entonces la leyenda atlántica tendría.

Pero entonces, ¿dónde se hallan los restos arqueológicos de esta remota y quizás primigenia civilización? ¿Por qué no se han descubierto? Sencillamente, porque se encuentran cubiertos por capas de sedimentos y arena, bajo decenas de metros de agua salada.

Porque el océano los ocultó…

 

Fuente: http://www.joserafaelgomez.com

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