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PARADIGMA ESPIRITUAL

El paradigma de la espiritualidad no tiene mucho que ver con la búsqueda en solitario del ser interno, porque entonces no pasaría del plano mental, que en determinados momentos, sobre todo en meditación, puede provocar la producción de endorfinas que hace sentirse a la persona conectada con un plano superior.

Difícilmente un ser poco sociable encontrará a su ser interno (los anacoretas y ermitaños son prueba de ello). El espíritu se reconoce y se siente en la interrelación con los semejantes, así que buscar en el aislamiento la conexión espiritual, es una pérdida de tiempo, aunque es cierto que la meditación predispone al encuentro. Sólo en la relación con el otro se vive a Dios, si no hubiéramos nacido aislados (hay casos excepcionales de superación espiritual en aislamiento mediante la meditación, como el caso de Buda, quien reunía los requisitos para ello).

El paradigma espiritual dice que si esperas la iluminación sin salir a buscarla, nunca la encontrarás. Y también dice que la búsqueda interior te lleva al «interruptor», es decir, a descubrir las claves del acceso en función de tu trayectoria personal, pues Dios se encuentra en cada partícula del Universo y la iluminación es la capacidad de accionar ese interruptor, la cual se manifiesta si está exenta de ego.

El paradigma de la espiritualidad dice que de nada vale la fe sin buenas obras (San Agustín), y también dice que la luz no se encuentra, se genera.

El paradigma de la espiritualidad dice que andar el camino con un lastre pesado, como son el ego, la soberbia, la falta de caridad, el egoísmo, el odio y la desidia, no facilita el camino, porque el encuentro con algún emisario siempre requiere eliminar algo de lastre y a eso no siempre estamos dispuestos.

¿Y qué significa lo del lastre? Significa que tu base material se verá debilitada si hablas de espiritualidad con palabras que no son ciertas, el cosmos te patentizará la incoherencia y te quitará parte de lo material para que seas «más espiritual» como afirmas.

El paradigma de la espiritualidad dice que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha y eso habla de los hemisferios cerebrales y también de no alternar personalidades contrapuestas como ser hoy amable y cariñoso y mañana déspota y cruel, por poner un ejemplo.

El paradigma de la espiritualidad habla de amor, de bondad, de alegría, de compasión, de ternura (todo es dar) y trata de eliminar aquello que nos ancla a lo denso, a lo pesado, a lo oculto, a la ira, al rencor, a la avaricia y sobre todo a la envidia, porque la envidia es entristecerse cuando un hermano ha tenido éxito, cuando es querido, bendecido o aplaudido. La envidia consume más energía que cualquier otra forma de autorrepresión.

Reflexión: atentos a las emociones y reacciones, buscad la luz y el aclararos el camino unos a otros, y no querer llevaros el gato al agua.

Anónimo

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«21 MODOS DE PERMANECER EN PAZ»

Las siguientes prácticas, simples pero poderosas, pueden conducirle a contemplar de un nuevo modo sus circunstancias personales, y así crear nuevas posibilidades para su realización personal.

1. INVERTIR JUICIOS.-Intente darse cuenta de cuando está juzgando o criticando a alguien por algún motivo. Por ejemplo, en la cola de una tienda de comestibles, usted podría impacientarse y pensar que la persona que hay delante de usted es desaliñada y maleducada.

Rápidamente invierta su juicio y pregúntese: ¿Es eso igual de verdadero sobre mí? ¿Soy yo maleducado? (¿Lo soy algunas veces; Con otros – o conmigo mismo?) ¿Soy grosero en mi interior cuando pienso que ellos son groseros? Este ejercicio quita su atención del “otro” y la coloca en usted. El perdón es el resultado natural.

Colocar la culpa o un juicio en alguien le deja impotente para cambiar su experiencia; Asumir la responsabilidad sobre sus creencias y juicios le da el poder para cambiarlos.

Recuerde, más allá de la apariencia de quién ve ante usted, es siempre Dios disfrazado a fin de que usted puede conocerse. Invertir los juicios permite perdonar totalmente. El perdón conduce a la conciencia de uno mismo, y restablece la integridad personal.

2. LOS TRES TIPOS DE ASUNTOS.- Sólo hay tres tipos de asuntos en el universo: Los míos, los tuyos, y los de Dios. ¿De quién es asunto si ocurre un terremoto? De Dios. ¿De quién es asunto que su vecino tenga un césped descuidado? De su vecino. ¿De quién es asunto el que a usted le enoje que su vecino tenga un césped feo? Suyo.

La vida interior es así de simple. Cuente en intervalos de cinco minutos cuántas veces está mentalmente en los asuntos de otra persona. Dese cuenta de cuando da un consejo no pedido u ofrece su opinión acerca de algo (en voz alta o en silencio).

Pregúntese:”¿Es asunto mío?” “¿Me han pedido consejo?” Y lo que es más importante, “¿puedo tomar el consejo que ofrezco y aplicarlo a mi propia vida?”

3. PERMANECER EN LOS ASUNTOS DE NADIE.-Tras trabajar en la práctica de permanecer fuera de los asuntos de los demás, trate de permanecer igualmente fuera de sus propios asuntos.

No se tome demasiado en serio cualquier cosa que crea que sabe sobre usted mismo.

“¿Soy sólo este cuerpo físico?” ¿Es cierto eso? ¿Puedo tener la absoluta certeza de que es verdad? ¿Por qué paso al mantener esa creencia? Hay una creencia extendida que somos nuestros cuerpos y moriremos. ¿Quién sería sin esa creencia?

4. “DESPRENDERSE” DE SU CUERPO / SU HISTORIA.-Intente hablarse así mismo por un tiempo en tercera persona en lugar de “yo” o “a mí me…”.

En lugar de decir, ” voy a almorzar”, diga, “ella va a almorzar,” (refiriéndose a usted mismo), o, “ésta va a almorzar”»

Haga esto con un amigo durante una hora, la tarde, o todo el día. Elimine el uso de todos los pronombres personales (yo, me, nosotros). ¿Por ejemplo, ” ¿Cómo está éste (o esto) hoy? ¿Quiere él ir al parque “? Experimente impersonalmente el cuerpo, las historias, y las preferencias que piensa tener.

5. HABLAR EN TIEMPO PRESENTE.-Llegue a ser consciente de cuán a menudo sus conversaciones se centran en el pasado o el futuro. Dese cuenta de que verbos utiliza: Fue, hizo, será, irá, etc.

Hablar del pasado en el presente es volverlo a despertar y recrearlo completamente en el presente en nuestras mentes, y entonces nos perdemos lo que está presente para nosotros ahora. Hablar del futuro es crear y vivir con una fantasía. Si quiere experimentar miedo, piense en el futuro.

Si quiere experimentar vergüenza y culpabilidad, piense en el pasado.

6. FREGAR LOS PLATOS.-“Fregar los platos” es una práctica para aprender a amar la acción que tiene delante de usted.

Su voz interna o su intuición le guía durante todo el día para hacer cosas simples como fregar los platos, conducir para ir a trabajar, o barrer el suelo. Permite la santidad de la simplicidad.

Escuchar su voz interna y después actuar siguiendo sus sugerencias con absoluta confianza crean una vida más graciosa, libre de esfuerzos, y milagrosa.

7. ESCUCHAR LA VOZ DEL CUERPO.-El cuerpo es la voz de su mente, y le habla con movimientos físicos como contracciones musculares – como tics, punzadas de dolor, cosquillas y tensión, por nombrar unos pocos.

Vuélvase consciente de cuán frecuentemente usted se quita la paz o la quietud.

Practique la quietud y deje a su organismo decirle donde su mente se contrae, no importa cuán sutil pueda ser la tensión.

Cuándo advierta una sensación, indague dentro, “¿Qué situación o pensamiento contraído provoca esta sensación física? ¿Estoy desalineado con mi integridad en esta circunstancia, y si es así, dónde? ¿Estoy dispuesto a dejar ir esta creencia o pensamiento que provocan esta contracción de mi cuerpo?” Escuche y permita que las respuestas le guíen, y regrese a la paz y la claridad interiores.

8. INFORMARSE A SI MISMO.-Este ejercicio puede ayudar a sanar miedos y temores. Ejercítese en informarse a si mismo de los acontecimientos en los que se encuentra inmerso como si se tratase de un hecho noticioso del que usted es el reportero. Infórmese exactamente del entorno y de qué está ocurriendo “en la escena”.

El miedo es siempre el resultado de proyectar una recreación del pasado en el ahora o en el futuro. Si se encuentra atemorizado, encuentre la creencia de fondo e indáguela: “¿Es cierto que necesito tener miedo en esta situación? ¿Qué es en realidad lo que físicamente está ocurriendo ahora mismo? ¿Dónde está mi cuerpo (las manos, los brazos, los pies, las piernas, cabeza)? ¿Qué veo (árboles, paredes, ventanas, el cielo)?” Despersonalizar nuestras historias nos da una oportunidad para mirar las condiciones más objetivamente, y escoger nuestras respuestas para lo que nos trae la vida.

Vivir en nuestras mentes creyendo en nuestros pensamientos falsos, es un buen camino para asustarnos de muerte, y puede aparecer en forma de vejez, cáncer, degeneración, presión alta, etc.

9. ESCUCHAR LITERALMENTE.-Ejercítese en escuchar a los otros en el sentido más literal, creyendo exactamente lo que oye, y haga todo lo que pueda para resistirse a caer en sus propias interpretaciones sobre la información que comparten con usted.

Por ejemplo, alguien le podría elogiar diciéndole que es usted muy guapo, y usted lo interpreta suponiendo que la persona guarda alguna intención oculta. Nuestras interpretaciones sobre lo que nos dice la gente son a menudo mucho más dolorosas o atemorizantes que lo que nos dicen en realidad.

Podemos lastimarnos con nuestros errores de interpretación y nuestro pensar por otros. Intente confiar en que aquello que le dicen es exactamente lo que quieren decir: ni más, ni menos. Escuche bien a las personas.

Refrénese cuando quiera terminar una frase para alguien ya sea en voz alta o en su mente. Escuche. Puede asombrarnos oír lo que sale cuando permitimos a otros completar sus pensamientos sin interrumpirles.

Además, cuando estamos ocupados pensando en que sabemos lo que están a punto [de] decir nos perdemos lo que realmente dicen. Quizá le gustaría reflexionar sobre estas preguntas: “¿Qué puede estar amenazado si escucho y oigo literalmente? ¿Interrumpo porque no quiero saber realmente lo que tienen que decir? ¿Interrumpo para convencerlos de que yo sé más que ellos? ¿Estoy tratando de dar una imagen de auto confianza y control? ¿Quién sería sin la necesidad de poseer esas calidades? ¿Existe algún temor a parecer poco inteligente? ¿Me abandonaría la gente si la escuchase literalmente, y dejase de involucrarme en más juegos manipuladores?”

10. HABLAR DE MANERA HONESTA Y LITERALMENTE.-Hable literalmente. Diga lo que quiera decir sin justificarse, sin deseo alguno de manipular, y sin preocuparse por cómo puedan interpretar sus palabras. Practique el no tener cuidado. Experimente la libertad que esto trae.

11. OBSERVAR EL JUEGO.-Imagínese en un balcón, observando su drama favorito sobre usted y lo que le aflige. Mire la historia en un escenario debajo. Advierta de que modo ha sido representado centenares de veces, quizás miles.

Obsérvelo hasta que llegue a estar aburrido. Los artistas tienen que exagerar sus partes para conservar su atención. Percátese de cuando su aburrimiento sea sincero, levántese del asiento, abandone el balcón, y salga del teatro. Sepa que siempre puede volver a visitarlo. ¿Quién sería usted sin su historia?

12. OBSERVAR UNA SEGUNDA VERSIÓN DEL JUEGO.-Describa su historia desde los ojos y la mente de otro.

Escriba tantas versiones distintas con tantos resultados diferentes como guste. Advierta que nota.

13. EJERCER LA POLARIDAD.-Si se encuentra haciendo hincapié en un pensamiento negativo, ejercítese en ir al extremo positivo opuesto o polaridad.

Cuando se encuentre de nuevo deslizándose en la negatividad, escoja otra vez regresar a la polaridad positiva y esté presente en su elección conscientemente; Sienta la verdad de ella.

Hay sólo amor, y lo que no aparece como amor es una llamada disfrazada para el amor. Es su derecho de nacimiento vivir en la polaridad positiva del amor y la verdad.

14. PROCESO DE AMARSE A SI MISMO.-Haga una lista de todo lo que ama de alguien y compártala con ellos.

Luego, regálese asimismo todo lo que está en la lista. Usted también puede reconocer que eso que ama de alguien es igual de verdadero en usted. Luego permita que le llene para que sea expresado en su vida.

15. MOVERSE HONESTAMENTE.-Practique actuar y responder honestamente. Reír, llorar, gritar, y hablar según lo que es genuinamente verdadero para usted en cada momento.

Volver a ser un niño; Actúe en total sinceridad con sus sentimientos. No permita que las creencias la comprometan. Por ejemplo, abandone una habitación limpiamente sin manipular a aquellos que abandona con una excusa educada.

Viva su verdad sin darse explicaciones a usted mismo.

16. PEDIR LO QUE DESEA – DARSE LO QUE DESEA.-

Pida lo que quiere, incluso aunque pueda sentirse atrevido o abochornado. Las personas no saben lo que usted quiere hasta que se lo pide.

El acto de preguntar es una confirmación de la conciencia de que usted merece tener lo que desea. Si los otros son incapaces o reacios para avenirse a su petición, entonces dese eso que pide usted a si mismo.

17. CONSCIENCIA DE SI.-Identifique que quién hay delante de usted es usted. Más allá de todas las apariencias y las personalidades está el ser de bondad, que es usted.

Recordar su presencia en todas las formas le traerá inmediatamente al momento presente, en el respeto de la plenitud interior de ese lugar. La persona ante usted es una oportunidad para conocerse asimismo.

El corazón desbordado de amor y gratitud, humildemente diciendo “Oh sí, esta persona o situación están aquí para que yo pueda aprender quién soy”.

18. GRATITUD A SI MISMO.-Durante veinticuatro horas, deje de buscar afuera para afirmarse. Del otro lado resultará la experiencia de la gratitud.

19. EL ESPEJO VANIDOSO.-Si desea ver quién no es, mírese en un espejo. Úselo solo una vez al día. ¿Quién sería sin su espejo?

20. MÁS ALLÁ DE LA JUSTIFICACIÓN.-Comience a advertir cada cuánto da aclaraciones o se justifica a si mismo, sus palabras, acciones, sus decisiones, etc.

¿A quién está tratando de convencer? ¿Y cuál es la historia que está perpetuando? Caiga en la cuenta de su uso de la palabra “porque” o “pero” mientras habla. Detenga su frase inmediatamente. Comience de nuevo.

La justificación es un intento de manipular a otra persona; decida permanecer callado y ser sabio.

21. EL REGALO DE LA CRÍTICA.-Las críticas son una oportunidad increíble para crecer. He aquí algunos pasos sobre cómo recibirlas y aprovecharse de ellas.

Cuando alguien le diga que está equivocado, horrible, negligente, etc., Diga, ” Gracias, ” ya sea en su mente o en voz alta a esa persona. Este pensamiento inmediatamente le coloca en un espacio donde podrá disponer de oír y usar la información de un modo que le puedan servir.

Tras la crítica, pregúntese,”¿Me duele?” Si la respuesta es “sí,” entonces es que alguna parte de usted también cree en ella. Saber esto le da la oportunidad para corregir esa parte que encuentra inaceptable dentro de usted mismo. Si quiere dejar de ser vulnerable a las críticas, entonces enmiéndelas.

Este es el último poder para dejar ir todo concepto. Ir desprotegido significa que ya no podrá ser manipulado porque no habrá un sitio donde las críticas puedan adherirse.

Eso es libertad.

3

Veronika decide morir (Extracto)

Amo este libro. Es uno de mis favoritos. Por eso les comparto el capitulo con el que mas me identifico.
Espero lo disfruten. -AD

Cuando Eduard abrió los ojos, la chica todavía estaba allí. En sus primeras sesiones de electroshock pasaba mucho tiempo intentando acordarse de lo que había sucedido; al fin y al cabo, éste era precisamente el efecto terapéutico que se proponía aquel tratamiento: provocar una amnesia parcial de forma que el enfermo olvidase el problema que lo afligía y permitir que se tranquilizara.

Sin embargo, a medida que los electroshocks se le aplicaban con mayor frecuencia, sus efectos ya no duraban tanto tiempo; pronto identificó a la chica.

—Hablaste de las visiones del Paraíso mientras dormías —comentó ella, pasando la mano por sus cabellos.
¿Visiones del Paraíso? Sí, visiones del Paraíso. Eduard la miró. Quería contarle todo.

En aquel momento, sin embargo, la enfermera entró con una jeringa en la mano.

—Tengo que ponérsela ahora —le dijo a Veronika—. Órdenes del doctor Igor.

—Ya me aplicaron una hoy; no voy a dejarme poner otra —reclamó ella—. Tampoco me interesa irme de aquí. No voy a obedecer ninguna orden, ninguna regla, nada que me quieran obligar a hacer.

La enfermera parecía acostumbrada a este tipo de reacciones.

—Entonces, sintiéndolo mucho, tendremos que doparla.

—Tengo que hablar contigo —le dijo Eduard—. Deja que te ponga la inyección.

Veronika levantó la manga del jersey y la enfermera se la aplicó.

—Buena chica —comentó—. ¿Por qué no salen de esta enfermería lúgubre y van a pasear un poco por allí afuera?

—Estás avergonzada por lo que pasó anoche —dijo Eduard mientras caminaban por el jardín.

—Lo estuve. Ahora estoy orgullosa. Quiero saber acerca de las visiones del Paraíso, porque estuve muy cerca de una de ellas.

—Tengo que mirar más lejos, detrás de los edificios de Villete —dijo él.

—Hazlo.

Eduard miró hacia atrás, no a las paredes de las enfermerías o al jardín donde los internos caminaban en silencio, sino a una calle en otro continente, en una tierra donde llovía mucho o no llovía nada.

Eduard podía sentir el olor de aquella tierra: era tiempo de sequía y el polvo entraba por su nariz y le causaba placer, porque sentir tierra es sentirse vivo. Pedaleaba en una bicicleta importada, tenía diecisiete años y acababa de salir del colegio americano de Brasilia, donde también estudiaban los demás hijos de diplomáticos.

Detestaba Brasilia, pero amaba a los brasileños. Su padre había sido nombrado embajador de Yugoslavia en Brasil dos años antes, en una época en que ni siquiera se presentía la sangrienta división del país. Milosevic estaba en el poder; hombres y mujeres vivían sus diferencias y procuraban armonizar más allá de los conflictos regionales.

El primer destino de su padre había sido exactamente Brasil. Eduard soñaba con playas, carnaval, partidos de fútbol, música…, pero fue a parar a aquella capital, lejos de la costa, creada tan sólo para cobijar a políticos, burócratas, diplomáticos y a los hijos de todos ellos, que no sabían bien qué hacer en ese ambiente.

Eduard detestaba vivir allí. Pasaba el día abstraído en sus estudios, intentando, sin conseguirlo, relacionarse con sus colegas de estatus; procurando, sin lograrlo, interesarse como ellos por automóviles, zapatillas de moda y ropas de marca, único tema de conversación entre esos jóvenes.

De vez en cuando se celebraba una fiesta, durante la cual los muchachos se emborrachaban en un lado del salón mientras las chicas fingían indiferencia desde el otro lado. La droga corría siempre, y Eduard ya había experimentado prácticamente todas las variedades posibles sin jamás conseguir interesarse por ninguna de ellas; luego se sentía agitado o somnoliento en exceso y perdía interés por lo que sucedía a su alrededor.
Su familia vivía preocupada. Era necesario prepararlo para seguir la misma carrera que. el padre, y aunque Eduard reuniese todas las condiciones necesarias —ganas de estudiar, buen gusto artístico, facilidad para aprender idiomas, interés por la política—, le faltaba una cualidad básica en la diplomacia. Le costaba comunicarse con los demás.

Por más que sus padres lo llevaran a fiestas, abriesen su casa a sus amigos del colegio americano y le asignaran una generosa mesada, eran raras las veces que Eduard aparecía con alguien. Un día su madre le preguntó por qué no traía a sus amigos para almorzar o cenar.

—Ya sé todas las marcas de zapatillas y ya conozco el nombre de todas las chicas con quienes es fácil acostarse. No tenemos otro tema interesante que tratar.

Hasta que apareció la joven brasileña. El embajador y su mujer se tranquilizaron cuando el hijo comenzó a salir, llegando tarde a casa. Nadie sabía exactamente de dónde había salido, pero cierta noche Eduard la llevó a cenar a casa. La chica era educada, y ellos se alegraron: ¡por fin su hijo iba a desarrollar su talento en la relación con desconocidos! Además (ambos lo pensaron sin comentarlo entre sí), la presencia de aquella joven disipaba una preocupante aprensión que había anidado en sus mentes: ¡Eduard no era homosexual!

Trataron a María (tal era su nombre) con la amabilidad de futuros suegros, a pesar de saber que dentro de dos años serían trasladados a otro destino y de que no tenían la menor intención de acceder a que su hijo se casara con alguien oriundo de un país tan exótico. Tenían planes para que él encontrase una chica de buena familia en Francia o Alemania, que pudiese acompañar con dignidad la brillante carrera diplomática que el embajador estaba preparando para él.

Eduard, no obstante, se mostraba cada vez más enamorado. Preocupada, la madre fue a hablar con su marido.

—El arte de la diplomacia consiste en hacer esperar al oponente —dijo el embajador—. Un primer amor puede no pasar nunca, pero siempre acaba.

Pero Eduard daba muestras de haber cambiado por completo. Empezó a aparecer en la casa con libros extraños, montó una pirámide en su cuarto y, junto con María, encendían incienso todas las noches y permanecían durante horas concentrados en un extraño dibujo clavado en la pared. El rendimiento de Eduard en el colegio americano empezó a descender.

La madre no entendía portugués, pero podía ver las cubiertas de los libros, en las que aparecían dibujos de cruces, hogueras, brujas ahorcadas, símbolos exóticos.

—Nuestro hijo está leyendo cosas peligrosas —aseveró.

—Peligroso es lo que está pasando en los Balcanes —respondió el embajador—. Hay rumores de que la región de Eslovenia quiere la independencia, y esto nos puede llevar a una guerra.

La madre, no obstante, no daba la menor importancia a la política; quería saber qué estaba pasando con su hijo.

—¿Y esa manía de encender incienso?

—Es para disimular el olor de marihuana —afirmaba el embajador—. Nuestro hijo ha tenido una excelente educación, así que no puede creer que esos palitos perfumados puedan atraer a los espíritus.

—¡Mi hijo está mezclado en drogas!

—Suele pasar. Yo también fumé marihuana cuando era joven y uno pronto se cansa, como me cansé yo.

La mujer se sintió orgullosa y tranquila: su marido era un hombre con experiencia, había entrado en el mundo de la droga y conseguido salir Un hombre con esta fuerza de voluntad era capaz de controlar cualquier situación.

Un buen día, Eduard pidió una bicicleta.

—Tienes chófer y un Mercedes Benz. ¿Para qué quieres una bicicleta?

—Para el contacto con la naturaleza. María y yo vamos a hacer un viaje de diez días —les comunicó—. Hay un lugar aquí cerca con inmensos depósitos de cristal y María asegura que transmiten muy buena energía.

La madre y el padre habían sido educados bajo el régimen comunista: los cristales eran apenas un producto mineral, que obedecía a una determinada organización de átomos y no emanaban ningún tipo de energía, fuese ésta positiva o negativa. Investigaron y descubrieron que aquellas ideas de «vibraciones de cristales» empezaban a estar de moda.

Si su hijo hablara sobre el tema en una fiesta oficial, podría parecer ridículo a los ojos de los demás asistentes. Por primera vez el embajador reconoció que la situación estaba empezando a ser grave. Brasilia era una ciudad que vivía de rumores y pronto se sabría que Eduard estaba mezclado en supersticiones primitivas; los rivales en la embajada podían pensar que había aprendido aquello de los padres, y la diplomacia —además de ser el arte de esperar— era también la capacidad de mantener siempre, en cualquier circunstancia, una apariencia convencional y protocolar.

—Hijo mío, esto no puede continuar así —dijo el padre—. Tengo amigos en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Yugoslavia. Tú serás un brillante diplomático, y es preciso aprender a enfrentar al mundo.

Eduard salió de su casa y aquella noche no volvió. Sus padres llamaron a casa de María, a los hospitales y hasta a la morgue sin conseguir ninguna noticia. La madre perdió la confianza en la capacidad de su marido de tratar con la familia, aún cuando fuese un excelente negociador con extraños.

Al día siguiente, Eduard apareció hambriento y somnoliento. Comió y se fue a su cuarto, encendió sus inciensos, rezó sus mantras y durmió el resto de la tarde y de la noche. Cuando se despertó, una bicicleta nueva y reluciente lo estaba esperando.

—Vete a ver tus cristales —dijo la madre—. Yo ya le explicaré a tu padre.

Y así, aquella tarde de sequía y polvareda, Eduard se dirigía alegremente a casa de María. La ciudad estaba tan bien diseñada (en opinión de los arquitectos) o tan mal diseñada (en opinión de Eduard) que casi no había esquinas. Él iba por la derecha en una pista de alta velocidad, mirando el cielo lleno de nubes que no producen lluvia, cuando sintió que subía en dirección a ese cielo a una velocidad inmensa para inmediatamente bajar y encontrarse en el asfalto.

¡PRAC! « He sufrido un accidente. »

Quiso girarse porque su cara estaba pegada al asfalto, pero advirtió que ya no tenía control sobre su cuerpo. Oyó el ruido de coches que frenaban, gente que gritaba, alguien que se aproximó e intentó tocarlo, para luego oír un grito: «¡No lo toque! Si alguien lo toca, puede quedar inválido para el resto de su vida. »

Los segundos pasaban lentamente, y Eduard comenzó a sentir miedo. A diferencia de sus padres, creía en Dios y en una vida más allá de la muerte, pero aún así consideraba injusto aquello: morir a los diecisiete años, mirando el asfalto, en una tierra que no era la suya.

—¿Estás bien? —inquiría una voz.

No, no estaba bien, no conseguía moverse ni tampoco conseguía decir nada. Lo peor de todo era que no perdía la conciencia, sabía exactamente lo que estaba pasando y en lo que se había metido. ¿Por qué no se desmayaba? ¿Es que Dios no tenía piedad de él, justamente en un momento en que Lo buscaba con tanta intensidad, contra todo y contra todos?

—Los médicos ya están en camino —le susurró otra persona cogiendo su mano—. No sé si puedes oírme, pero quédate tranquilo. No es nada grave.

Sí, podía oír, y le gustaría que esa persona —un hombre— continuase hablando, garantizase que no era nada grave, aún cuando ya fuese lo bastante adulto como para entender que siempre se dice eso cuando la situación es muy seria. Pensó en María, en la región donde había montañas de cristales llenos de energía positiva, mientras que Brasilia era la mayor concentración de negatividad que había conocido en sus meditaciones.

Los segundos se transformaron en minutos, las personas continuaban en sus intentos por consolarlo y, por primera vez desde que sucediera todo, empezó a sentir dolor Un dolor agudo, que nacía en el centro de la cabeza y parecía irradiarse por todo el cuerpo.

—Ya han llegado —dijo el hombre que le tenía cogida la mano—. Mañana estarás andando otra vez en bicicleta.

Pero al día siguiente Eduard estaba en un hospital, con las dos piernas y un brazo enyesados, sin posibilidad de salir de allí durante los próximos treinta días, teniendo que escuchar a su madre llorando sin parar, su padre haciendo nerviosas llamadas telefónicas, los médicos repitiendo cada cinco minutos que las veinticuatro horas más graves ya habían pasado y no había habido ninguna lesión cerebral.

La familia telefoneó a la embajada de Estados Unidos, que nunca confiaba en los diagnósticos de los hospitales públicos y mantenía un servicio de urgencia sofisticadísimo, junto con una lista de médicos brasileños considerados capaces de atender a sus propios diplomáticos. De vez en cuando, en una política de buena vecindad, compartían estos servicios con otras representaciones diplomáticas.

Los norteamericanos trajeron sus aparatos de última generación, hicieron un número diez veces mayor de pruebas y exámenes nuevos y llegaron a la conclusión a la que siempre llegaban: los médicos del hospital público habían evaluado correctamente y habían adoptado las decisiones adecuadas.

Los médicos del hospital público podían ser eficientes, pero los programas de la televisión brasileña eran tan malos como los de cualquier otra parte del mundo, y Eduard tenía poco que hacer María aparecía cada vez menos por el hospital; quizás había encontrado otro chico que la acompañara a visitar las montañas de cristales.

Contrastando con la extraña conducta de su novia, el embajador y su mujer iban diariamente a visitarlo, pero se negaban a llevarle los libros en portugués que él tenía en casa, alegando que pronto serían trasladados y no había necesidad de aprender una lengua que nunca más tendría que volver a usar Así pues, Eduard se contentaba con conversar con otros pacientes, discutir sobre fútbol con los enfermeros y leer alguna que otra revista que cayera en sus manos.

Hasta que un día uno de los enfermeros le trajo un libro que le acababan de dar, pero que él consideraba «demasiado voluminoso para ser leído». Y fue en ese momento cuando la vida de Eduard empezó a colocarlo en un camino extraño, que lo conduciría a Villete, a la ausencia de la realidad y al distanciamiento completo de las cosas que otros muchachos de su edad irían a hacer en los años siguientes.

El libro versaba sobre los visionarios que habían impactado al mundo: gente que tenía su propia idea del paraíso terrestre y había dedicado su vida a compartirla con los demás. Allí estaba Jesucristo, pero también estaba Darwin, afirmando con su teoría que el hombre descendía del mono; Freud, asegurando que los sueños tenían importancia; Colón, empeñando las joyas de la reina para iniciar la búsqueda de un nuevo continente; Marx, con la idea de que todos merecían igualdad de oportunidades.

Y también santos, como Ignacio de Loyola, un vasco que no dejó pasar la oportunidad de acostarse con todas las mujeres que pudo, que mató a varios enemigos en innúmeras batallas hasta caer herido en Pamplona y entender el Universo en una cama donde convalecía; Teresa de Ávila, que quería de todas maneras encontrar el camino de Dios y sólo lo consiguió cuando sin pensar paseaba por un corredor y se paró delante de un cuadro; Antonio, un hombre hastiado de la vida que llevaba, que decidió aislarse en el desierto y pasó a convivir con demonios durante diez años, experimentando todo tipo de tentaciones; Francisco de Asís, un muchacho como él, decidido a conversar con los pájaros y a dejar atrás todo lo que sus padres habían programado para su vida.

Comenzó a leer aquella misma tarde el tal «libro voluminoso» porque no tenía nada mejor para distraerse; a medianoche, una enfermera entró preguntando si necesitaba ayuda, ya que era el único cuarto que mantenía aún la luz encendida. Eduard la despidió con una simple señal de la mano, sin apartar los ojos del libro.

Los hombres y mujeres cuya actuación o pensamiento conmocionaron al mundo. Hombres y mujeres comunes, como él, su padre, o la amada que él sabía que estaba perdiendo, inmersos en las mismas dudas e inquietudes que sumían en la perplejidad a todos los seres humanos en su vida cotidiana. Gente que no tenía un interés especial por la religión, Dios, expansión de la mente o una nueva conciencia hasta que un día habían decidido modificarlo todo. El libro era especialmente interesante porque contaba que, en cada una de aquellas vidas, hubo un momento mágico que los hizo partir en busca de su propia visión del Paraíso.
Gente que no dejó pasar sus vidas en blanco y que para conseguir lo que se habían propuesto habían pedido limosna o habían logrado ser escuchados por dignatarios reales; personajes que habían quebrantado códigos o enfrentado la ira de los poderosos de la época; usado la diplomacia o la fuerza, pero nunca desistiendo, siendo capaces siempre de vencer cada dificultad que se presentaba y de convertirla en una ventaja.

Al día siguiente Eduard entregó su reloj de oro al enfermero que le había dado el libro, y le pidió que lo vendiese y comprase todos los libros que hubiera sobre el tema. Pero no había ninguno más.
Intentó leer la biografía de algunos de los personajes, pero siempre describían a ese hombre o a esa mujer como si fuese un elegido, un inspirado, y no una persona común, que debía luchar como cualquier otra para reafirmar lo que pensaba.

Eduard quedó tan impresionado con esa lectura que consideró seriamente la posibilidad de hacerse santo, aprovechando el accidente para cambiar el rumbo de su vida. Pero tenía las piernas rotas, no había tenido ninguna visión en el hospital, no había pasado delante de ningún cuadro que le conmoviera el alma, no tenía amigos para construir una capilla en el interior de la meseta brasileña, y los desiertos estaban muy lejos, en zonas convulsionadas por los problemas políticos. Pero, aún así, podía hacer algo: aprender a pintar, para intentar mostrar al mundo las visiones que aquellos hombres y mujeres tuvieron.

Cuando le sacaron el yeso y volvió a la embajada, rodeado de los cuidados, mimos y atenciones que un hijo de embajador recibe de los otros diplomáticos, pidió a su madre que lo inscribiera en un curso de pintura.
La madre le dijo que ya había perdido muchas clases en el colegio americano, y que era hora de recuperar el tiempo perdido. Eduard se negó: no tenía los mínimos arrestos para continuar aprendiendo geografía y ciencias.

Quería ser pintor En un momento inadvertido, explicó el motivo:

—Quiero pintar las visiones del Paraíso.

La madre no comentó nada, y prometió hablar con sus amigas para enterarse de cuál era el mejor curso de pintura de la ciudad.

Cuando el embajador volvió del trabajo aquella tarde, encontró a su esposa llorando en su habitación.

—Nuestro hijo está loco —decía mientras las lágrimas le resbalaban por sus mejillas—. El accidente ha afectado su cerebro.

—¡Imposible! —respondió, indignado, el embajador—. Los médicos recomendados por los norteamericanos ya lo han examinado.

La mujer le contó lo que había oído.

—Se trata tan sólo de la rebeldía normal de la juventud. Espera y verás cómo las aguas vuelven a su cauce.

Esta vez la espera no sirvió de nada, porque Eduard tenía prisa por comenzar a vivir. Dos días después, cansado de aguardar una decisión de las amigas de su madre, decidió matricularse en un curso de pintura.

Comenzó a aprender la escala de colores y perspectiva, pero comenzó también a convivir con gente que nunca hablaba de marcas de zapatillas ni de modelos de coches.

—¡Está conviviendo con artistas! —exclamaba la madre, llorosa, al embajador

—Deja al chico —respondía el embajador—. Se cansará pronto, como se cansó de la novia, de los cristales, de las pirámides, del incienso y de la marihuana.

Pero el tiempo pasaba, y el cuarto de Eduard se fue transformando en un atelier improvisado, con pinturas que no tenían el menor sentido para sus padres: eran círculos, combinaciones exóticas de colores, símbolos primitivos mezclados con figuras de gente en actitudes de oración.

Eduard, el antiguo muchacho solitario que durante dos años en Brasilia nunca había aparecido con amigos, ahora llenaba la casa con personas extrañas, todas mal vestidas, con cabellos desgreñados, escuchando discos horribles al máximo volumen, bebiendo y fumando sin límite, demostrando la más absoluta ignorancia de los códigos de las buenas maneras. Cierto día, la directora del colegio americano llamó a la embajadora para sostener una conversación.

—Su hijo debe de estar relacionado con drogas —le dijo—. Su rendimiento escolar está por debajo de lo normal y si continúa así no podremos renovar su matrícula.

La mujer se fue directamente al despacho del embajador y le contó lo que acababa de oír.

—¡Te pasas la vida diciendo que el tiempo hará que todo vuelva a la normalidad! —lo recriminaba, histérica.
¡Tu hijo drogado, loco, con algún problema cerebral gravísimo mientras tú sólo te preocupas de cócteles y reuniones sociales!

—Habla más bajo —le pidió él.

—No hablaré más bajo, nunca más en la vida, mientras tú no tomes otra actitud. Este chico necesita ayuda, ¿entiendes?, ¡ayuda médica! Y tienes que hacer algo.

Preocupado porque el escándalo de su mujer pudiese perjudicarlo ante sus funcionarios y por la evidencia de que el interés de Eduard por la pintura estaba durando más tiempo que el esperado, el embajador (un hombre práctico, que sabía todos los procedimientos correctos) estableció una estrategia de ataque al problema.

Empezó por telefonear a su colega, el embajador norteamericano, y le solicitó que le permitiera utilizar los aparatos de examen de la embajada. Su petición fue atendida.

Después buscó nuevamente a los médicos acreditados, les explicó la situación y les solicitó que se efectuara una revisión de todos los exámenes de la época. Los médicos, temerosos de que aquello pudiera acarrearles un proceso, hicieron exactamente lo que les pedía, y concluyeron que los exámenes no reflejaban ninguna anomalía. Antes de que el embajador se retirara, le exigieron que firmase un documento que acreditara que, a partir de aquella fecha, eximía a la embajada de Estados Unidos de la responsabilidad de proporcionar sus nombres.

En seguida el embajador fue al hospital donde Eduard estuvo internado. Habló con el director, explicó el problema relacionado con su hijo y solicitó que, bajo el pretexto de un chequeo de rutina, le hiciesen un examen de sangre para detectar la presencia de drogas en el organismo del muchacho.

Así se hizo. Y no se detectó droga alguna.

Faltaba la tercera y última etapa de la estrategia: conversar con el propio Eduard y averiguar qué estaba pasando. Sólo si se hallaba en posesión de todas las informaciones podría tomar una decisión que le pareciese correcta.

Padre e hijo se sentaron en el salón.

—Tienes preocupada a tu madre —dijo el embajador—. Tus notas han bajado tanto que hay riesgo de que no te renueven la matrícula.

—Mis notas en el curso de pintura han subido, papá.

—Encuentro muy gratificante tu interés por el arte, pero tienes toda tu vida por delante para hacer eso. En este momento lo importante es terminar tu curso secundario, para que puedas ingresar en la carrera diplomática.

Eduard meditó concienzudamente antes de decir nada. Rememoró el accidente, el libro sobre los visionarios —que al final le había señalado el camino para encontrar su verdadera vocación—, pensó en María, de quien no había vuelto a tener noticias. Vaciló mucho, pero por fin respondió:

—Papá, yo no quiero ser diplomático. Quiero ser pintor.

El padre ya estaba preparado para esta respuesta y sabía cómo conjurarla.

—Serás pintor, pero antes termina tus estudios. Organizaremos exposiciones en Belgrado, Zagreb, Ljubljana y Sarajevo. Con la influencia que tengo puedo ayudarte mucho, pero antes es preciso que termines tus estudios.

—Si hago eso sería escoger el camino más fácil, papá. Entraré en cualquier facultad, me diplomaré en algo que no me interesa pero que me permitirá ganar dinero. Entonces la pintura quedará en un segundo plano y yo terminaré olvidando mi vocación. Tengo que aprender a ganar dinero con la pintura.

El embajador empezó a irritarse.

—Tienes todo, hijo mío: una familia que te quiere, casa, dinero, posición social. Pero, ¿sabes?, nuestro país está viviendo un período complicado; hay rumores de guerra civil. Podría ser que mañana yo ya no estuviera más aquí para ayudarte.

—Sabré ayudarme yo mismo, papá. Confía en mí. Un día pintaré una serie llamada «Las visiones del Paraíso».

Será la historia visual de aquello que los hombres y las mujeres sintieron en sus corazones.

El embajador elogió la determinación del hijo, terminó la conversación con una sonrisa y decidió dar un mes más de plazo. Al fin y al cabo, la diplomacia es el arte de postergar las decisiones hasta que ellas se resuelvan por sí mismas.

Pasó el mes. Y Eduard continuó dedicando todo su tiempo a la pintura, a los amigos extraños y a escuchar músicas que, probablemente, debían de provocar algún desequilibrio psicológico. Para agravar el cuadro había sido expulsado del colegio americano por discutir con la profesora acerca de la existencia de santos.

En una última tentativa, ya que no era posible postergar una decisión, el embajador volvió a llamar al hijo para tener una conversación entre hombres.

—Eduard, tú ya estás en edad de asumir la responsabilidad de tu vida. Hemos aguantado todo lo posible, pero es hora de acabar con esta tontería de querer ser pintor y, por el contrario, dar un rumbo a tu carrera.

—Papá, ser pintor es dar un rumbo a mi carrera.

—Estás ignorando nuestro amor, nuestros esfuerzos por darte una buena educación. Como tú no eras así antes, sólo puedo atribuir lo que está pasando a una consecuencia del accidente.

—Puedes estar seguro de que os quiero más que a cualquier otra persona o cosa en la vida.

El embajador carraspeó. No estaba acostumbrado a manifestaciones de cariño tan explícitas.

—Entonces, en nombre del amor que nos tienes, por favor, haz lo que tu madre desea. Deja por algún tiempo esta manía de la pintura, búscate amigos que pertenezcan a tu nivel social y vuelve a los estudios.

—Tú me quieres, papá. No puedes pedirme eso porque siempre me diste un buen ejemplo luchando por aquello que querías. No puedes querer que yo sea un hombre sin voluntad propia.

—He dicho «en nombre del amor». Y nunca lo había dicho antes, hijo mío, pero te lo estoy pidiendo ahora.

Por el amor que nos tienes, por el amor que nosotros te tenemos, vuelve al hogar, no simplemente en un sentido físico sino en un sentido real. Te estás engañando, huyendo de la realidad.

»Desde que naciste, nosotros hemos alimentado los mayores sueños de nuestras vidas. Tú eres todo para nosotros: nuestro futuro y nuestro pasado. Tus abuelos eran funcionarios públicos y yo tuve que luchar con denuedo para entrar y ascender en esta carrera diplomática. Todo esto solamente para abrir un espacio para ti, hacer las cosas más fáciles. Aún guardo la pluma con la que firmé mi primer documento como embajador; y la he guardado con todo cariño para pasártela a ti el día en que tú hagas lo mismo.

»No nos decepciones, hijo mío. Nosotros ya no viviremos mucho, queremos morir tranquilos sabiendo que tú estás bien encaminado en la vida.

»Si realmente nos amas, haz lo que te estoy pidiendo. Si no nos quieres, continúa con tu conducta actual.

Eduard pasó muchas horas mirando al cielo de Brasilia, viendo las nubes que paseaban por el azul: bellas, pero sin una gota de lluvia para derramar en la tierra seca de la meseta central brasileña. Estaba vacío como ellas.

Si él persistía en su determinación, su madre terminaría consumida de sufrimiento, su padre perdería el entusiasmo por proseguir con su carrera diplomática y ambos se culparían por haber fallado en la educación del hijo querido. Si desistiese de la pintura, las visiones del Paraíso nunca verían la luz del día y nada más en este mundo sería ya capaz de suscitarle entusiasmo o placer.

Miró a su alrededor, vio sus cuadros, recordó el amor y el sentido de cada pincelada y los encontró a todos mediocres. Él era un fraude, estaba queriendo ser algo para lo cual nunca había sido elegido y cuyo precio sería la decepción de los padres.

Las visiones del Paraíso eran para los hombres ;elegidos, que aparecían en los libros como héroes y mártires de la fe en aquello en que creían. Gente que ya sabía desde la infancia que el mundo los necesitaba. Lo que estaba escrito en el libro era invención de novelista.

Durante la cena dijo a los padres que tenían razón: que aquello era un sueño de juventud, y su entusiasmo por la pintura también ya había pasado. Los padres se pusieron muy contentos, la madre lloró de alegría y abrazó a su hijo; todo había vuelto a la normalidad.

Por la noche el embajador celebró secretamente su victoria abriendo una botella de champán, que se bebió solo. Cuando se dirigió a su habitación, su mujer, por primera vez en muchos meses, ya estaba durmiendo, tranquila.

Al día siguiente encontraron el cuarto de Eduard en estado caótico; las pinturas habían sido destruidas con un objeto cortante y el joven se hallaba sentado en un rincón, mirando al cielo. La madre lo abrazó, le expresó cuánto lo quería, pero Eduard no respondió.

No quería saber más de amor Estaba harto de esta historia. Pensaba que podía desistir y seguir los consejos del padre, pero había ido demasiado lejos en su empresa: había atravesado el abismo que separa a un hombre de su sueño y ahora no podía regresar.

No podía avanzar ni retroceder Sólo cabía, simplemente, salir de escena.

Eduard aún se quedó cinco meses más en Brasil, siendo cuidado por especialistas, quienes diagnosticaron un tipo raro de esquizofrenia, quizás resultante del accidente de bicicleta. Entonces estalló la guerra civil en Yugoslavia, el embajador fue llamado con urgencia, los problemas derivados del conflicto bélico eran demasiado acuciantes como para que la familia se pudiera ocupar de él y la única salida fue internarlo en el recién inaugurado sanatorio de Villete.

Cuando Eduard acabó de contar su historia ya era de noche y los dos temblaban de frío.

—Vamos a entrar —dijo él—. Ya están sirviendo la cena.

—Cuando era pequeña, siempre que iba a visitar a mi abuela me quedaba contemplando un cuadro que tenía en la pared de su sala. Era una mujer, Nuestra Señora, como dicen los católicos, encima del mundo, con las manos abiertas hacia la Tierra, desde donde descendían rayos.

»Lo que más me intrigaba de ese cuadro es que aquella señora estaba pisando una serpiente viva. Entonces pregunté a mi abuela: « ¿No tiene miedo de la serpiente? ¿No piensa que le va a morder el pie y matarla con su veneno? »

»Mi abuela me dijo: «La serpiente trajo el Bien y el Mal a la Tierra, como dice la Biblia. Y ella controla el Bien y el Mal con su amor »

—¿Y eso qué tiene que ver con mi historia?

—Cuando te conocí hace una semana, habría sido muy pronto para decir «te amo». Como seguramente no pasaré de esta noche, será también demasiado tarde para decirlo. Pero la gran locura del hombre y de la mujer es exactamente ésta: el amor.

»Tú me has contado una historia de amor Creo que, sinceramente, tus padres querían lo mejor para ti y fue este amor lo que casi destruyó tu vida. Si la Señora, en el cuadro de mi abuela, estaba pisando a la serpiente, eso significaba que ese amor tenía dos caras.

—Entiendo lo que dices —comentó Eduard—. Yo provoqué el electroshock porque tú me dejas confuso. No sé lo que siento; el amor ya me desquició una vez.

—No tengas miedo. Hoy yo había pedido al doctor Igor que me permitiera salir de aquí y escoger el lugar donde pudiera cerrar los ojos para siempre. Sin embargo, cuando te vi reducido por los enfermeros entendí cuál era la imagen que quería estar contemplando cuando partiese de este mundo: tu rostro. Y decidí no irme.

»Mientras estabas durmiendo por el efecto del electroshock yo tuve otro ataque, y pensé que había llegado mi hora. Contemplé tu rostro, intenté adivinar tu historia y me preparé para morir feliz. Pero la muerte no vino, mi corazón aguantó una vez más, quizás porque soy joven.

Él bajó la cabeza.

—No te avergüences de ser amado. No estoy pidiendo nada, sólo que me dejes quererte y tocar el piano una noche más, si es que aún tengo fuerzas para eso.

»A cambio sólo te pido una cosa: si oyes a alguien comentar que me estoy muriendo, ve a la enfermería.

Déjame realizar mi deseo.

Eduard se calló y permaneció en silencio durante un tiempo prolongado; Veronika pensó que tal vez hubiera retornado a su mundo para no volver demasiado pronto.

Finalmente, el joven miró a las montañas que surgían tras los muros de Villete y dijo:

—Si quieres salir, yo te conduciré allá afuera. Dame sólo el tiempo que precise para recoger los abrigos y algún dinero, y en seguida nos iremos los dos.

—No durará mucho, Eduard. Tú lo sabes. Eduard no respondió. Entró y volvió rápidamente con los abrigos.

—Durará una eternidad, Veronika. Más que todos los días y noches iguales que pasé aquí, intentando siempre olvidar las visiones del Paraíso. Casi las olvidé, pero parece que están volviendo.

»¡Vámonos! Los locos hacen locuras.


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Un milagro llamado AMISTAD

Un soldado que pudo regresar a casa después de haber peleado en la guerra de Vietnam, le habló a sus padres desde San Francisco: «Mamá, Papá. Voy de regreso a casa, pero les tengo que pedir un favor. Traigo a un amigo que
me gustaría que se quedara con nosotros.»

«¡Claro!» Le contestaron, «Nos encantaría conocerlo.»

«Hay algo que deben de saber…» El hijo siguió diciendo… «Él fue herido en la guerra. Pisó en una mina de tierra y perdió un brazo y una pierna, él no tiene a donde ir, y quiero que él se venga a vivir con nosotros a casa.»

«Siento mucho el escuchar eso, hijo. A lo mejor podemos encontrar un lugar en donde él se pueda quedar.»

«No, Mamá y Papá, yo quiero que él viva con nosotros.»

«Hijo…» Le dijo el padre, «Tú no sabes lo que estás pidiendo. Alguien que esté tan limitado físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto interfiera con nuestras vidas. Yo pienso que tú deberías de regresar a casa y olvidarte de esta
persona. Él encontrará una manera en la que pueda vivir él solo.»

En ese momento el hijo colgó la bocina del teléfono. Los padres ya nunca volvieron a escuchar de él. Unos cuantos días después, como sea, los padres recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto después de que se había caído de un edificio. Fue lo que les dijeron. La policía creía que era un suicidio.

Los padres destrozados de la noticia volaron a San Francisco y fueron llevados a la morgue de la ciudad a que identificaran a su hijo. Ellos lo reconocieron, para su horror, descubrieron algo que no sabían, su hijo tan sólo tenía un brazo y una pierna.

Los padres de esta historia son como muchos de nosotros. Encontramos muy fácil el amar a esas personas que son hermosas por afuera o que son entretenedoras, pero no nos gusta la gente que nos hace sentir alguna
inconveniencia o que nos hace sentir incómodos. Preferimos estar alejados de personas que no son muy saludables, hermosas o inteligentes como lo somos nosotros. Afortunadamente, hay una persona que no nos
trata de esa manera. Alguien que nos ama con un gran amor, que siempre nos recibirá en su familia, no importa qué tan destrozados estemos, física o mentalmente.

Esta noche, antes de que te metas en la cama para dormir, haz una oración a Dios para que Él te de la fuerza para que puedas aceptar a la gente tal y como es, y para que nos ayude a ser más comprensivos de esas personas que son diferentes a nosotros.

Existe un milagro que se llama ‘Amistad’ y existe en el corazón.

Tú no sabes cómo pasa, ni como ha empezado, pero tú sabes la ayuda especial que tiene y te das cuenta que la amistad es el regalo más preciado que Dios te ha dado.

Los amigos son una joya muy rara, con toda la extensión de la palabra. Ellos nos hacen sonreír y nos apoyan para que nosotros progresemos. Ellos nos prestan un oído, comparten una palabra de sabiduría, y ellos siempre van a abrir su corazón para nosotros.