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La NASA presenta un nuevo sistema de lanzamiento para llevar al hombre a Marte

El director de la NASA, Charles Bolden, presentó este miércoles un nuevo sistema de lanzamiento espacial que en el futuro permitirá realizar vuelos tripulados a Marte y a otros destinos del espacio profundo.

El sistema de lanzamiento espacial (Space Launch System, SLS) ha sido diseñado para llevar al vehículo polivalente de carga y tripulación Orion a nuevos destinos en el espacio profundo y servirá como respaldo para las naves de transporte comercial que realizarán los vuelos a la Estación Espacial Internacional (ISS).

Es decir, servirá tanto para transportar astronautas como suministros y material de carga al espacio. El primer vuelo de prueba se hará a finales de 2017, sin tripulación. En 2021 está previsto que lo prueben los astronautas y hacia 2025 podría comenzar la primera misión tripulada a un asteroide cercano a la Tierra, según explicaron a ‘The New York Times’ fuentes de la NASA. Hacia el año 2030, los astronautas de la NASA podrían llegar a la Luna.

«Este sistema de lanzamiento creará nuevos puestos de trabajo de calidad, asegurará el liderazgo de EEUU en el espacio y servirá de inspiración para millones de personas en todo el mundo», ha afirmado Charles Bolden.

«El presidente, Barack Obama, nos propuso el reto de ser audaces y tener grandes sueños, y eso es exactamente lo que estamos haciendo en la NASA. De la misma forma que estoy orgulloso de haber viajado al espacio en los transbordadores, los niños de hoy pueden soñar ahora con que un día caminarán sobre Marte», explicó el ex astronauta.

Tras cancelar el programa Constelación para ir a la Luna hacia el año 2020, Barack Obama aseguró que Marte o un asteroide será el próximo objetivo para una misión tripulada de la NASA, que tendría lugar hacia el año 2030.

El SLS será el primer sistema de exploración de la NASA para misiones tripuladas desde que el Saturno V llevó a los astronautas a la Luna hace cuatro décadas.

Fuente: El mundo

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El culpable de matar a los dinosaurios fue otro

Las últimas observaciones de la sonda WISE (Wide-field Infrared Survey Explorer) de la NASA niegan que un asteroide de la familia Baptistina fuera el causante de la desaparición de los dinosaurios en la Tierra hace 65 millones de años, lo que mantiene sin resolver uno de los grandes misterios ocurridos jamás en la Tierra. Los científicos están convencidos de que un gran asteroide impactó en nuestro planeta y causó la extinción de los dinosaurios y de algunas otras formas de vida, de eso no hay duda, pero no saben exactamente de dónde llegó esa roca apocalíptica o cuál fue su trayectoria. En definitiva, el responsable de matar a los dinosaurios todavía es un desconocido.

En 2007 un estudio realizado por científicos del Instituto de Investigación Southwest, en Colorado, con telescopios terrestres apuntaba por primera vez como sospechoso de exterminar a los dinosaurios a un pedazo de un gigantesco asteroide de la familia Baptistina, situado en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter. Según esa teoría, el asteroide tipo Baptistina impactó con otro asteroide del cinturón hace 160 millones de años. La colisión hizo que se despedazaran fragmentos tan grande como montañas. Uno de ellos, supuestamente de unos 10 kilómetros, es el que habría llegado a la Tierra y causado la gran extinción del Cretácico. La evidencia es un enorme cráter en el Golfo de México, el de Chicxulub, y minerales raros en el registro fósil, comunes en los meteoritos, pero que rara vez se encuentran en la corteza terrestre.

Desde que este escenario fue propuesto, algunos científicos han encontrado pruebas para refutarlo, aunque no de forma definitiva. Ahora, las nuevas observaciones de la sonda WISE realizadas con sus instrumentos de infrarrojos han dejado libre de sospecha a este asteroide.

No ha habido tiempo

Desde enero de 2010 a febrero de 2011, WISE ha escaneado el cielo entero dos veces en luz infrarroja. La sonda ha catalogado más de 157.000 asteroides en el cinturón principal y ha descubierto más de 33.000 nuevos. El equipo examinó la reflectividad y el tamaño de 120.000 asteroides en el cinturón principal, incluidos 1.056 miembros de la familia Baptistina, y descubrió que la ruptura del asteroide padre se produjo hace unos 80 millones de años, menos de la mitad del tiempo sugerido anteriormente.

Estos cálculos fueron posibles porque el tamaño y la reflectividad de los miembros de una familia de asteroides indican cuánto tiempo se requeriría para alcanzar sus ubicaciones actuales. Los asteroides más grandes no se dispersarían en sus órbitas tan rápido como los más pequeños.

Con estos datos, los investigadores pudieron calcular cuánto tiempo le llevaría a los miembros Baptistina para alcanzar su posición actual. Los resultados muestran que para que uno de estos asteroides fuera el culpable de la extinción, tendría que haber impactado en la Tierra en menos tiempo de lo que se creía anteriormente para causar la desaparición de los dinosaurios. Según Amy Mainzer, investigadora principal del proyecto NeoWISE (una extensión de la misión primaria de este satélite de la NASA) en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA (JPL), el asteroide no ha tenido tiempo para causar la extinción. «Como resultado de la investigación, la muerte de los dinosaurios queda sin resolver», añade Lindley Jonhson, del programa de observación de NEOS (Objetos Cercanos a la Tierra) en las oficinas de la NASA en Washington.

El asteroide que acabó con los dinosaurios sigue «en libertad». Con los datos obtenidos por WISE, los científicos trabajan en un «árbol genealógico» de las clases de asteroides que hay en el cinturón para tratar de encontrar al verdadero culpable.

Fuente: ABC

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Ciencia y religión en ‘El árbol de la vida’

¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿De dónde venimos? ¿Es nuestra existencia una fortuita carambola cósmica del azar o el diseño de una inteligencia superior? ¿Y es la muerte una aniquilación definitiva de la conciencia o la puerta a otra realidad? ‘El árbol de la vida’, la monumental película del enigmático Terrence Malick que se acaba de estrenar en España, es una ‘colosal sinfonía de imágenes’ que se enfrenta a estas inmensas, eternas preguntas del animal humano. Y lo hace con una ambición quizás sólo comparable, como ya se apuntaba el otro día en este periódico, al ‘2001’ de Stanley Kubrick. El resultado final puede gustar más o menos, pero parece incontestable que ésta no es una película cualquiera, sino una de esas obras que marcan época, y sobre la que se seguirá hablando y discutiendo durante mucho tiempo.

Este artículo no se enmarca en la sección de Cultura sino en la de Ciencia, y por lo tanto su objetivo no es hacer crítica de cine, sino poner sobre la mesa algunas reflexiones sobre el peso y la inspiración del conocimiento científico en la película de Malick, y su tensa relación con la fe religiosa.

Una oda a la belleza del cosmos

En primer lugar, la pretensión del filme es nada más y nada menos que vincular el microcosmos de una familia en un pequeño pueblo del Texas de los años 50 con el macrocosmos del origen y la evolución del Universo. La película salta continuamente de las alegrías y miserias de un padre, una madre y sus tres hijos al Big Bang, el nacimiento de las galaxias, las estrellas y los planetas, el surgimiento de la vida, la aparición de los dinosaurios y su extinción tras la caída de un meteorito… En este sentido, el filme es una oda cinematográfica a la belleza del cosmos, y expresa con una apabullante catarata de imágenes la inconmensurable cadena de acontecimientos fortuitos (¿o no?) que llevan al protagonista interpretado por Brad Pitt o a cualquier otro bípedo pensante de la especie ‘Homo sapiens’ a encontrarse de repente en su diminuto rincón del mundo, preguntándose «¿qué hago yo aquí?».

Podría decirse, por tanto, que ‘El árbol de la vida’ bebe de todo lo que la investigación astronómica, geológica y biológica ha ido desvelando a lo largo de los siglos sobre el (minúsculo) lugar del ser humano en la inmensidad del Universo. Pero además, la ciencia no sólo ha inspirado a Malick desde un punto de vista filosófico, sino que muchas de las imágenes que utiliza para componer su impresionante himno a la creación son fotografías reales de galaxias, estrellas y planetas captadas por el mítico telescopio Hubble de la NASA, así como de sondas como la nave Cassini, también de la agencia espacial estadounidense.

Al ver las secuencias de la película que plasman ese contraste entre la majestuosidad del cosmos y la ridícula irrelevancia de la criatura humana, me vino a la cabeza una de esas inolvidables sentencias de Stephen Hawking: «Sólo somos una especie avanzada de mono en un planeta menor, que orbita una estrella de tamaño medio, pero podemos comprender el Universo, y eso nos hace muy especiales».

‘Diseño inteligente’

Sin embargo, Malick -a diferencia de Stephen Hawking y no digamos ya de científicos de radical militancia atea como Richard Dawkins- no se resigna a aceptar que sólo seamos primates evolucionados debido al azar puro y duro, en un Universo ciego e indiferente a la miseria humana, donde después de la muerte sólo nos espera la nada. Al contrario, su película apuesta claramente por la hipótesis de Dios como una explicación más convincente para la belleza cósmica, y en este sentido algunos podrían acusarle de haber forjado una parábola cinematográfica en defensa de la polémica teoría del ‘diseño inteligente’.

Pero en cualquier caso, independientemente de si al final uno se identifica con la metafísica de Malick o acaba irritado por su dimensión mística, me parece innegable que ‘El árbol de la vida’ ofrece un banquete de eso que los ingleses llaman ‘food for thought’ (alimento para la reflexión), sobre nuestro lugar en el Universo, y la cadena cósmica que ha llevado a una circunstancia tan extraordinaria como la posibilidad de que yo ahora mismo pueda escribir estas palabras, y usted pueda leerlas.

Fuente: El mundo y Youtube

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¿Cómo le salieron los brazos a nuestra galaxia?

Nuestra galaxia, la Vía Láctea, no siempre estuvo formada por un gran disco central del que surgen dos largos brazos curvos repletos de estrellas, polvo y gas, tal y como ahora la conocemos. En un principio, su forma era otra, más parecida a una rodaja alargada que a un molinillo. Sin embargo, algo hizo que se transformara. Astrónomos norteamericanos creen que la causa es el choque con una galaxia enana elíptica, la de Sagitario, que se abalanzó, cargada de materia oscura, en dos ocasiones contra la nuestra en los últimos 2.000 millones de años. Y los investigadores aseguran que puede hacerlo de nuevo.

Conocer la verdadera forma de nuestra galaxia no es fácil, precisamente porque estamos dentro de ella y desde nuestra posición no apreciamos todo el conjunto. El Sol, la Tierra y el resto del Sistema Solar se encuentran en una pequeña ramificación de uno de sus brazos, justo entre Perseo y el Escudo Centauro, los dos brazos principales, a unos 25.000 años luz del centro. Sin embargo, los modelos teóricos de la Vía Láctea aceptan que ésta tiene forma de un molinillo, con dos enormes brazos repletos de estrellas. La nueva investigación, publicada en la revista Nature y en la que participan astrónomos de las universidades de Pittsburgh, Iowa y California Irvine, explican cómo surgieron esos gigantescos apéndices.

Tras analizar datos obtenidos con telescopios y realizar detalladas simulaciones, los científicos sugieren que cuando las galaxias chocaron, la fuerza del impacto envió las estrellas a ambos lados en dos largos bucles. Estos continuaron hinchándose con estrellas y poco a poco tiraron hacia afuera por la rotación de la Vía Láctea.

Un golpe de materia oscura

Los investigadores creen que fue la pesada materia oscura de Sagitario la que proporcionó el impulso inicial. «Es como poner un puño en una bañera llena de agua en vez de poner el dedo meñique», explica James Bullock, cosmólogo teórico que estudia la formación de las galaxias.

Sagitario pagó un alto precio por cada encuentro. Atraída hacia adentro repetidamente por la gravedad más fuerte de la Vía Láctea, la galaxia fue destrozada por los golpes, enviando una gran cantidad de sus estrellas y materia oscura a los nuevos brazos de nuestro gran hogar en el Universo. «Cuando toda esa materia oscura propinó un ‘tortazo’ a la Vía Láctea, entre el 80 y el 90% de la misma le fue arrebatada», explica Chris Purcell, autor principal del estudio. «Este primer impacto provocó inestabilidades que fueron ampliadas y rápidamente formaron los brazos espirales y estructuras asociadas en forma de anillo en la periferia de nuestra galaxia».

El choque que cambió nuestra galaxia se repetirá. Sagitario golpeará la cara sur del disco de la Vía Láctea muy pronto… dentro de unos 10 millones de años.

Fuente: ABC