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El androide europeo que explorará la Luna

La Agencia Espacial Europea (ESA) contará dentro de pocos años con un nuevo ‘astronauta’ no humano en sus filas. Se llama Justin y podrá ser controlado a distancia por los tripulantes de la Estación Espacial Internacional (ISS).

La ESA ha presentado este jueves este proyecto, que ayudará a preparar la exploración de la Luna y otros planetas. Si se cumple el calendario previsto, el androide, que está siendo desarrollado en el Centro Aeroespacial de Alemania (DLR), estará listo en dos o tres años.

Para controlar los movimientos de Justin, los astronautas que se encuentren en la ISS utilizarán una estructura metálica llena de sensores electrónicos con la que cubrirán sus brazos y las manos. Este exoesqueleto les permitirá trabajar a distancia con la misma precisión que tendrían si se encontraran físicamente en el lugar que explorará Justin, que cuenta con dos brazos y cuatro dedos en cada mano.

Para poder hacer realidad la telepresencia en futuras misiones espaciales, la Agencia Espacial Europea prepara una conexión entre la Tierra y la ISS con la que se ensayarán los experimentos robóticos.

Según ha explicado la ESA en un comunicado, el proyecto Meteron permitirá probar las tecnologías necesarias para las futuras misiones de exploración de la Luna, Marte y otros cuerpos del Sistema Solar.

Los vehículos teledirigidos se utilizan desde hace tiempo para realizar experimentos y preparar futuras misiones tripuladas a la Luna y a otros planetas o asteroides. Robonauta 2 (R2) se convirtió el pasado mes de febrero en el primer robot humanoide en viajar al espacio. El androide de la NASA llegó a la Estación Espacial Internacional a bordo del ya jubilado Discovery. Aunque durante los primeros meses su objetivo será interactuar con los tripulantes de la ISS, la NASA espera utilizarlo en el futuro para preparar misiones humanas a un asteroide o a Marte.

Preparar el camino a los astronautas
Uno de los principales obstáculos para poder explorar otros planetas es conseguir proteger a los astronautas de la dañina radiación de tipo ionizante a la que estarían expuestos en el largo viaje que sería necesario para llegar, por ejemplo a Marte. Además, hay que seguir investigando para minimizar los efectos de la ausencia de gravedad en la salud de los astronautas.

Tanto los vehículos robóticos de exploración (‘rover’) como los androides como Justin permitirán a los astronautas recoger muestras y trabajar a miles de kilómetros de distancia mientras se desarrollan sistemas para proteger a los humanos de esta radiación. Asimismo, ayudarán a elegir el lugar más propicio para que las naves espaciales aterricen en el futuro y a trasladar los suministros que tendrían que encontrar los primeros humanos que volaran al planeta rojo.

Antes de que Justin esté listo, los astronautas realizarán pruebas con el ‘rover’ Eurobot, un vehículo de cuatro ruedas y dos brazos dotado de un avanzado sistema de navegación, cámaras y sensores.

Desde la ISS controlarán a distancia el prototipo de este vehículo, que desde 2008 está siendo probado en el Centro Europeo de Investigación y Tecnología Espacial (ESTEC) que la Agencia Espacial Europea tiene en Holanda. Para moverlo, utilizarán un ordenador equipado con monitores y un ‘joystick’. El pasado mes de abril Eurobot fue trasladado hasta las minas de Río Tinto (Huelva) para participar en una misión terrestre organizada por el Centro de Astrobiología (CAB) y el Foro Austriaco del Espacio.

La cuenca minera onubense guarda bastantes similitudes con Marte, por lo que las agencias espaciales suelen ensayar aquí sus futuros equipos de exploración. Junto al vehículo Eurobot -diseñado para misiones a la Luna y Marte-, se probaron un traje espacial y un equipo médico que controla a los astronautas.

Durante la segunda fase de Meteron, los astronautas manejarán un sistema que les permitirá controlar un robot dotado de sentido del tacto y sensores de fuerza. Mediante este sistema, serán capaces de manejar a distancia a androides como Justin, controlar sus movimientos y sentir la fuerza que ejercen. De esta forma, podrán utilizarse estos androides para tareas tan variadas como desplazar rocas o ensamblar equipos complejos.

François Bosquillon de Frescheville, responsable de los estudios conceptuales de futuras misiones tripuladas e impulsor del proyecto Meteron, considera que se trata de una iniciativa viable a corto plazo, pues “utiliza la infraestructura y la tecnología ya existentes y no requiere una fuerte inversión adicional”, asegura

Fuente: El mundo

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OBSOLESCENCIA PROGRAMADA

Baterías que se ‘mueren’ a los 18 meses de ser estrenadas, impresoras que se bloquean al llegar a un número determinado de impresiones, bombillas que se funden a las mil horas… ¿Por qué, pese a los avances tecnológicos, los productos de consumo duran cada vez menos?

Rodado en Cataluña (Catalunya) , Francia, Alemania, Estados Unidos y Ghana, Comprar, tirar, comprar, hace un recorrido por la historia de una práctica empresarial que consiste en la reducción deliberada de la vida de un producto para incrementar su consumo porque, como ya publicaba en 1928 una influyente revista de publicidad norteamericana, “un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios”.

El documental, dirigido por Cosima Dannoritzer y coproducido por Televisión Española, es el resultado de tres años de investigación, hace uso de imágenes de archivo poco conocidas; aporta pruebas documentales y muestra las desastrosas consecuencias medioambientales que se derivan de esta práctica. También presenta diversos ejemplos del espíritu de resistencia que está creciendo entre los consumidores y recoge el análisis y la opinión de economistas, diseñadores e intelectuales que proponen vías alternativas para salvar economía y medio ambiente
Una bombilla en el origen de la obsolescencia programada

Edison puso a la venta su primera bombilla en 1881. Duraba 1500 horas. En 1911 un anuncio en prensa española destacaba las bondades de una marca de bombillas con una duración certificada de 2500 horas. Pero, tal y como se revela en el documental, en 1924 un cártel que agrupaba a los principales fabricantes de Europa y Estados Unidos pactó limitar la vida útil de las bombillas eléctricas a 1000 horas. Este cártel se llamó Phoebus y oficialmente nunca existió pero en Comprar, tirar, comprar se nos muestra el documento que supone el punto de partida de la obsolescencia programada, que se aplica hoy a productos electrónicos de última generación como impresoras o iPods y que se aplicó también en la industria textil con la consiguiente desaparición de las medias a prueba de carreras.

Consumidores rebeldes en la era de Internet

A través de la historia de la caducidad programada, el documental pinta también un fresco de la historia de la Economía de los últimos cien años y aporta un dato interesante: el cambio de actitud en los consumidores gracias al uso de las redes sociales e Internet. El caso de los hermanos Neistat, el del programador informático Vitaly Kiselev o el catalán Marcos López, dan buena cuenta de ello.
África, vertedero electrónico del primer mundo

Este usar y tirar constante tiene graves consecuencias ambientales. Tal y como vemos en este trabajo de investigación, países como Ghana se están convirtiendo en el basurero electrónico del primer mundo. Hasta allí llegan periódicamente cientos de contenedores cargados de residuos bajo la etiqueta de ‘material de segunda mano’ y el paraguas de una aportación para reducir la brecha digital y acaban ocupando el espacio de los ríos o los campos de juego de los niños.

Más allá de la denuncia, el documental trata de dar visibilidad a emprendedores que ponen en práctica nuevos modelos de negocio y escucha las alternativas propuestas por intelectuales como Serge Latouche, que habla emprender la revolución del ‘decrecimiento’, la de la reducción del consumo y la producción para liberar tiempo y desarrollar otras forma de riqueza, como la amistad o el conocimiento, que no se agotan al usarlas.