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Eres lo que das

shedsenn-eresloquedas¡Hola! He estado ausente por un par de meses en este espacio. Diariamente encuentro un montón de cositas que quisiera compartirles, pero por una razón u otra no lo hago.

En este día me tope con este video hermoso, que habla como la verdadera riqueza habita en el alma y en nuestra capacidad de dar amor.

Definitivamente somos lo que damos, tenemos lo que entregamos y al final de nuestra existencia solo quedara de nosotros la energía positiva que sembramos en el corazón de los demás.

Me encanto el mensaje de este video. Nos hace reflexionar de como nos pasamos la vida juzgando a otros porque quizás a nuestros ojos y a lo que socialmente el mundo exige no “encajan” con lo que “deberían ser”. Pero eso no significa que sean unos fracasados. Por lo contrario, esas personas en muchos casos son héroes, seres maravillosos que tras bambalinas están dedicadas en cuerpo y alma a los demás… en silencio, entre sombras, sin gritarle al mundo que deben ser admirados, sin ego y sin esperar nada a cambio.

Reflexionemos la próxima vez que juzguemos a alguien por ser diferente, un comentario hiriente y malintencionado puede dañar a esa persona y a larga dolernos mucho mas a nosotros.

Amor y luz,

@Shedsenn

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Triste realidad

Esther y SamVer estas imágenes y pensar que cada día me quejo por tonterías me hace llorar como niña.

Esta es la realidad de nuestro mundo y mientras nosotros estamos pensando en “¿Cuándo saldrá el Iphone 6?”, “¿Qué me pondré esta noche?”, “Mira cómo se comporta X persona”, “Yo quiero un carro” y mil banalidades, mucha gente se está muriendo de hambre, dolor, soledad, enfermedad… y no tienen a nadie que los ayude. No tienen nada.

Seamos agradecidos por lo que tenemos y empecemos a dar más de nosotros.

Hay muchas maneras de ayudar. No es solo dinero. Podemos dar amor, podemos enseñar, podemos cuidar, podemos proteger y un montón de cosas más.

Tomemos el ejemplo de JANE, que a pesar de no poseer riquezas, ella le entrega a sus hermanos todo lo que tiene, SU AMOR.  -AD

 

 

Mas info:

http://www.sandamianofoundation.org

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La hermosa vista en la ventana

Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital.

A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones.

Su cama daba a la única ventana de la habitación.

El otro hombre tenia que estar todo el tiempo boca arriba.

Los dos charlaban durante horas.

Hablaban de sus mujeres y sus familias, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el servicio militar, donde habían estado de vacaciones.

Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana.

El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas, en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades, colores del mundo exterior.

La ventana daba a un parque con un precioso lago.

Patos y cisnes jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas.

Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris.

Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella vista de la línea de la ciudad.

El hombre de la ventana describía todo esto con un detalle exquisito, el del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena.

Una tarde calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba pasando.

Aunque el otro hombre no podía oír a la banda, podía verlo, con los ojos de su mente, exactamente como lo describía el hombre de la ventana con sus mágicas palabras.

Pasaron días y semanas.

Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para bañarles, encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía.

Se llenó de pesar y llamó a los ayudantes del hospital, para llevarse el cuerpo.

Tan pronto como lo consideró apropiado, el otro hombre pidió ser trasladado a la cama al lado de la ventana.

La enfermera le cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba cómodo, salió de la habitación.

Lentamente, y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior; por fin tendría la alegría de verlo el mismo.

Se esforzó para girarse despacio y mirar por la ventana al lado de la cama… y se encontró con una pared blanca.

El hombre preguntó a la enfermera que podría haber motivado a su compañero muerto para describir cosas tan maravillosas a través de la ventana.

La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni la pared, y le indico:

“Quizás sólo quería animarle a usted”

Es una tremenda felicidad el hacer feliz a los demás, sea cual sea la propia situación. El dolor compartido es la mitad de pena, pero la felicidad, cuando se comparte, es doble.

Si quiere sentirse rico, solo cuente todas las cosas que tiene y que el dinero no puede comprar.

“Hoy es un regalo, por eso se le llama el presente”

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El regalo

Bennet Cerf relata este conmovedor episodio sobre un autobús que iba dando tumbos por un camino rural en el sur de los Estados Unidos:

En un asiento iba un delgadísimo anciano con un ramo de flores frescas en la mano. Al otro lado del pasillo viajaba una muchacha cuyos ojos se volvían una y otra vez hacia las flores. Cuando le llegó el momento de descender, impulsivamente, el anciano dejó caer las flores sobre la falda de la chica.

—Ya veo que te gustan las flores —explicó—, y creo que a mi mujer le gustaría que las tuvieras. Le diré que te las he dado.

La joven le agradeció las flores y se quedó mirando al anciano que, tras bajarse del autobús, cruzó el umbral de un pequeño cementerio.

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Un hermano así

A Paul, un amigo mío, su hermano le regaló un automóvil por Navidad. En Nochebuena, cuando Paul salía de su despacho, encontró un pilluelo de la calle dando vueltas alrededor del brillante coche nuevo, admirándolo.

—¿Es éste su coche, señor? —le preguntó. Paul asintió con la cabeza.

—Me lo regaló mi hermano por Navidad —respondió. El chico se quedó atónito.

—¿Quiere decir que su hermano se lo dio y a usted no le costó nada? Vaya, ojalá… —se interrumpió, vacilante.

Por cierto, Paul sabía ya lo que el chico iba a decir: que ojalá él tuviera un hermano así. Pero lo que realmente dijo lo conmovió hasta lo más hondo.

—Ojalá yo pudiera ser un hermano así —continuó.

Paul lo miró, atónito, e impulsivamente añadió:

—¿Te gustaría dar una vuelta en mi coche?

—Oh, sí. Me encantaría.

Tras un corto recorrido, el chico le preguntó:

—Señor, ¿le importaría pasar frente a mi casa?

Paul esbozó una sonrisa, pensando que sabía lo que deseaba el chico: que sus vecinos vieran que él podía volver a casa en un gran automóvil. Pero otra vez se equivocaba.

—¿Puede detenerse allí, donde están esos dos escalones? —preguntó el niño.

Subió los escalones corriendo y casi en seguida Paul lo oyó regresar con lentitud. Venía trayendo en brazos a su hermanito tullido. Lo sentó en el escalón inferior y, abrazándolo fuertemente, le señaló el coche.

—¿Ves, Buddy, es como yo te dije? Su hermano se lo regaló por Navidad y a él no le costó ni un céntimo. Algún día yo te regalaré a ti uno igual a éste… para que tú puedas ir solo a ver todas las cosas bonitas que hay en los
escaparates de Navidad, las que yo he tratado de contarte cómo son.

Paul bajó del coche y sentó al pequeño en el asiento inmediato al del conductor. Con los ojos brillantes, el hermano mayor se instaló junto a él, y esa víspera de Navidad los tres iniciaron un memorable paseo. Paul aprendió cuál había sido la intención de Jesús al decir:

«Más bendición es dar…»