Después de que la semana pasada tres eyecciones de masa coronal dispararan las alarmas por sus posibles consecuencias en la Tierra, ayer martes se produjo una enorme llamarada de intensidad X6.9, la más fuerte detectada en años y tres veces más poderosa que la del pasado febrero (una X2.2), que hasta ahora era la mayor de este ciclo.
Por suerte, la enorme lengua de fuego no apuntaba directamente hacia la Tierra, aunque es un indicativo de lo que sucederá de aquí a 2013, cuando el actual ciclo solar (el número 24) alcance su máxima intensidad.
La espectacular llamarada fue detectada al mismo tiempo por el Observatorio de Dinámica Solar de la NASA (SDO) y por el satélite GOES, de la NOAA (La agencia Meteorológica de los Estados Unidos). Los datos de ambos ingenios coinciden en que, definitivamente, se trata del mayor evento de este tipo registrado por ahora en este ciclo solar y también el más fuerte desde la gran llamarada de 2003.
Afortunadamente para la Tierra, esta gran llamarada no apuntaba directamente hacia nosotros, por lo que no se espera que afecte negativamente a nuestro planeta. La NASA ha alertado de que en los próximos días podría haber problemas en las comunicaciones por radio aunque asegura que, por esta vez, la cosa no pasará de ahí.
Las llamaradas solares son gigantescas explosiones sobre la superficie del Sol que lanzan al espacio ingentes cantidades de energía y de partículas. Las llamaradas pueden producir eyecciones de masa coronal (CME), auténticas nubes de material ardiente que viajan a través del espacio a miles de km. por segundo y golpean a los planetas del Sistema Solar.
Todavía queda lo peor
El número y la intensidad de las llamaradas solares se incrementa de forma dramática aproximadamente cada once años (la duración de un ciclo solar), y actualmente el Sol se dirige hacia el periodo de máxima actividad del ciclo actual (el número 24) que se producirá alrededor de 2013. Lo cual significa que habrá más llamaradas como ésta e incluso mayores, y que algunas de ellas podrían ser lanzadas contra la Tierra.
Según su intensidad, las llamaradas solares se clasifican, de menor a mayor, con las letras A, B, C, M y X, que son las más potentes. Cada letra, además, va seguida por una escala numérica, del 1 al 9. Las tres primeras categorías (A, B y C) no pueden causar daños en la Tierra. Las llamaradas del tipo M, sin embargo, son capaces de producir cortes en las comunicaciones y de poner en peligro a los astronautas.
Y después están las llamaradas de clase X, que son las más fuertes. A pesar de que la máxima numeración es la de X9, se pueden producir llamaradas mucho mayores. Un buen ejemplo es la que tuvo lugar en 2003, durante el máximo solar del ciclo anterior, que llegó a colapsar la capacidad de los sensores que observaban al Sol en ese momento. Los instrumentos dejaron de funcionar cuando alcanzaron la intensidad de X28.
Miles de bombas de hidrógeno
Las llamaradas de la clase X son, de lejos, las mayores explosiones que se producen en todo el Sistema Solar y pueden llegar a tener varias decenas de veces el tamaño de la Tierra, liberando una energía equivalente a varios miles de millones de bombas de hidrógeno.
Cuando estas llamaradas apuntan a la Tierra, las eyecciones de masa coronal asociadas pueden causar auténticos problemas en nuestro planeta, afectando a satélites, redes de comunicaciones y centrales eléctricas. Un ejemplo reciente se produjo los pasados 5 y 6 de diciembre de 2006, cuando una eyección de masa coronal inutilizó las transmisiones de una parte de la red de satélites GPS
Las sondas Voyager (Viajero, en idioma español), de la NASA, están dirigiéndose verdaderamente hacia donde nadie ha ido antes. Deslizándose en silencio hacia las estrellas, a 14.500 millones de kilómetros (9.000 millones de millas) de la Tierra, transmiten las novedades de los sitios más distantes e inexplorados del sistema solar.
Los científicos que se encuentran a cargo de la misión dicen que las sondas acaban de enviarnos asombrosas noticias.
El sitio en el que se encuentran ambas sondas está repleto de burbujas.
«Aparentemente, las sondas Voyager han ingresado a un extraño reino de burbujas magnéticas que se asemejan a la espuma», dice la astrónoma Merav Opher, de la Universidad de Boston. «Esto es absolutamente sorprendente».
Según los modelos producidos por computadora, estas burbujas son muy grandes; se extienden alrededor de 160 millones de kilómetros (100 millones de millas) de lado a lado, de manera que a las veloces sondas les tomaría varias semanas atravesar solamente una de ellas. La sonda Voyager 1 entró en la «zona espumosa» alrededor del año 2007, y la nave Voyager 2 le siguió alrededor de un año más tarde. Al principio, los científicos no entendían qué era lo que las naves Voyager estaban detectando, pero ahora se han formado una buena idea de lo que es.
«El campo magnético del Sol se extiende hasta los límites del sistema solar», explica Opher. «Debido a que el Sol gira sobre su propio eje, el campo magnético se enrolla y se pliega, como si fuera la falda de una bailarina. Muy lejos del Sol, donde las naves Voyager se encuentran ahora, los pliegues de la falda se aplastan unos contra otros».
Cuando un campo magnético se dobla de esta manera tan severa, pueden ocurrir cosas muy interesantes. Las líneas de fuerza magnética se entrecruzan y se «reconectan». (La reconexión magnética es el mismo proceso energético que causa las llamaradas solares.) Estos pliegues de la falda se reorganizan, algunas veces de manera explosiva, hasta formar burbujas magnéticas que parecen espuma.
«Nunca esperamos encontrar esta espuma en el borde del sistema solar, ¡pero allí está!», dice Jim Drake, quien es físico y colega de Opher en la Universidad de Maryland.
Las teorías vigentes, las cuales datan de la década de 1950, predicen un escenario muy diferente: Se supone que el distante campo magnético del Sol debería curvarse en arcos relativamente suaves, hasta plegarse lo suficiente como para acoplarse de vuelta con el Sol. Pero estas burbujas parecen ser independientes y estar sustancialmente desconectadas del resto del campo magnético solar.
Las lecturas proporcionadas por los detectores de partículas energéticas sugieren que las sondas Voyager ocasionalmente entran y salen de esta espuma magnética, de manera que podría haber regiones en las cuales las viejas ideas todavía son válidas. Pero no cabe duda de que los antiguos modelos, por sí solos, no pueden explicar lo que han encontrado las sondas Voyager.
«Aún estamos tratando de descifrar las implicancias de estos descubrimientos», dice Drake.
La estructura del distante campo magnético solar, es decir, la cuestión de si se asemeja a la espuma o no, es de vital importancia científica, pues define cómo interaccionamos con el resto de la galaxia. Los investigadores llaman «heliofunda» a la región en la que se encuentran las naves Voyager. Esencialmente, es la frontera entre el sistema solar y el resto de la Vía Láctea. Muchas cosas intentan cruzarla: nubes interestelares, nudos del campo magnético galáctico y rayos cósmicos, entre otras. ¿Encontrarán estos intrusos una zona de burbujas magnéticas desordenadas (la nueva visión) o un racimo de apacibles líneas de campo magnético que conducen hasta el Sol (la vieja visión)?
El caso de los rayos cósmicos es ilustrativo. Los rayos cósmicos galácticos son partículas subatómicas que son aceleradas por agujeros negros distantes y explosiones de supernova hasta alcanzar velocidades cercanas a la de la luz. Cuando estas balas de cañón miscroscópicas intentan ingresar al sistema solar, deben abrirse camino a través de las líneas de campo magnético del Sol para alcanzar los planetas interiores.
«Estas burbujas magnéticas podrían ser nuestra primera línea de defensa contra los rayos cósmicos», comenta Opher. «Aún no sabemos si esto es bueno o no».
Por un lado, las burbujas parecen ser escudos muy porosos, los cuales permiten que muchos rayos cósmicos escapen a través de los agujeros. Pero por otro lado, los rayos cósmicos podrían quedar atrapados en el interior de las burbujas, lo cual convertiría a la espuma magnética en un muy buen escudo.
«Probablemente descubriremos cuál de estas posibilidades es la correcta cuando las sondas Voyager se adentren en la espuma y conozcan más sobre su estructura1», dice Opher. «Esto es sólo el comienzo, y pronostico que habrá más sorpresas».
En septiembre de 1859, durante la víspera de un ciclo solar que resultaría ser de intensidad inferior al promedio1, el Sol desató una de las tormentas solares más poderosas de los últimos siglos. La erupción solar subyacente fue tan inusual que los investigadores aún no están seguros sobre cómo clasificarla. El estallido bombardeó la Tierra con los protones más energéticos de la última mitad del milenio, indujo corrientes eléctricas que incendiaron oficinas de telégrafos y desencadenó auroras boreales sobre Cuba y Hawái.
Esta semana, las autoridades se reunieron en el Club Nacional de Prensa, en Washington DC, para hacerse una simple pregunta: ¿Y si esto ocurre de nuevo?
«En la actualidad, una tormenta como esa podría darnos una buena sacudida», dice Lika Guhathakurta, quien trabaja en física solar en la base de operaciones de la NASA. «La sociedad moderna depende de sistemas de alta tecnología como las redes eléctricas inteligentes, el Sistema de Posicionamiento Global (GPS, por su sigla en idioma inglés), y las comunicaciones satelitales. Todos estos sistemas son vulnerables a las tormentas solares».
Lika Guhathakurta y más de cien personas se reunirán en el Foro Empresarial sobre el Tiempo en el Espacio (Space Weather Enterprise Forum o SWEF, en idioma inglés). El propósito del SWEF es crear conciencia respecto de las condiciones climáticas en el espacio y de sus efectos sobre la sociedad; el SWEF busca concientizar en especial a las autoridades encargadas de decretar planes de acción y a los cuerpos de emergencia. Quienes asisten al foro provienen de diversas organizaciones, como el Congreso de Estados Unidos, la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en idioma inglés), compañías de energía eléctrica, las Naciones Unidas, la NASA y la Administración Nacional Océanica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en idioma inglés), entre otras.
A mediados del año 2011, el Sol se encuentra una vez más en la víspera de un ciclo solar de intensidad inferior a la usual, al menos eso es lo que afirman los pronosticadores. El «Evento Carrington», que tuvo lugar en 1859 y que recibe dicho nombre en honor del astrónomo Richard Carrington, quien presenció la erupción solar que lo causó, nos recuerda que pueden ocurrir tormentas muy fuertes incluso cuando el Sol está pasando por un ciclo nominalmente débil.
En 1859, las consecuencias más graves fueron un día o dos sin mensajes telegráficos y muchos perplejos observadores del cielo en islas tropicales.
Pero en el año 2011, la situación sería mucho más grave. La avalancha de apagones, propagada a través de los continentes por las líneas de energía eléctrica de larga distancia, podría durar semanas o incluso meses, el tiempo que necesitan los ingenieros para reparar los transformadores dañados. Los barcos y los aviones ya no podrían confiar en sus aparatos GPS para la navegación. Las redes bancarias y financieras podrían dejar de funcionar, trastornando de este modo al comercio de una manera que es exclusiva de la Era de la Información. Según un informe del año 2008, publicado por la Academia Nacional de Ciencias, una poderosa tormenta solar, como las que ocurren una vez al siglo, podría tener el mismo impacto económico que 20 huracanes Katrina.
Mientras las autoridades se reúnen para conocer más sobre esta amenaza, los investigadores de la NASA, quienes se encuentran a algunos kilómetros de distancia, ya están haciendo algo al respecto:
«Ya es posible rastrear el progreso de las tormentas solares en 3 dimensiones, conforme se acercan a la Tierra», dice Michael Hesse, quien es director del Laboratorio del Tiempo en el Espacio, en el Centro Goddard para Vuelos Espaciales, y quien dará una conferencia en el foro. «Esto hace posible desplegar alertas accionables por el tiempo en el espacio, las cuales podrían proteger las redes de energía eléctrica y otros dipositivos de alta tecnología durante los períodos de actividad solar extrema».
Ellos logran hacer esto utilizando los datos recolectados por la flota de naves espaciales que la NASA tiene en órbita alrededor del Sol. Los analistas del laboratorio proporcionan la información a un grupo de supercomputadoras que se encarga de procesarla. Unas cuantas horas después de una erupción de gran magnitud, las computadoras producen una película tridimensional que muestra hacia dónde se dirige la tormenta y qué planetas y naves espaciales serán golpeadas; además dicha película predice cuándo ocurrirá cada impacto. Este tipo de predicción de las condiciones del tiempo interplanetario no tiene precedentes en la corta historia de los pronósticos del tiempo en el espacio.
«Este es un momento muy emocionante para trabajar como pronosticador del tiempo en el espacio», dice Antti Pulkkinen, quien es investigador del Laboratorio del Tiempo en el Espacio. «La aparición de modelos de las condiciones climáticas espaciales basados en la física seria nos está brindando la capacidad de predecir si ocurrirá un evento mayor».
Algunos de los modelos realizados por computadora son tan sofisticados que pueden incluso predecir las corrientas eléctricas que fluyen en el suelo de la Tierra cuando nos golpea una tormenta solar. Estas corrientes son las más dañinas para los transformadores eléctricos. El proyecto experimental denominado «Escudo Solar», el cual está dirigido por Pulkkinen, tiene como objetivo ubicar los transformadores que poseen la mayor probabilidad de fallar durante una tormenta.
«Desconectar un transformador específico durante unas pocas horas puede prevenir semanas de apagones regionales», dice Pulkkinen.
Otro conferencista del SWEF, John Allen, del Directorio de Misiones y Operaciones Espaciales de la NASA, menciona que aunque cualquier persona puede verse afectada por las condiciones del tiempo en el espacio, nadie se encuentra en mayor peligro que los astronautas.
«Los astronautas están expuestos rutinariamente a cuatro veces más radiación que quienes trabajan con radiación industrial en la Tierra», dice. «Es un riesgo ocupacional muy serio».
La NASA vigila cuidadosamente las dosis de radiación acumuladas por cada astronauta a lo largo de su carrera. Todo lanzamiento, toda caminata espacial y toda erupción solar se toman en cuenta minuciosamente. Si un astronauta se acerca demasiado al límite, ¡es posible que no se le permita salir de la estación espacial! Las alertas precisas sobre las condiciones del tiempo en el espacio podrían mantener bajo control la exposición a la radiación —posponiendo caminatas espaciales, por ejemplo, cuando existen probabilidades de que se produzca alguna erupción.
En su ponencia en el foro, Allen propuso instaurar un nuevo tipo de pronóstico. «Podrían ser útiles alertas de Todo Despejado. Además de saber cuándo es demasiado peligroso para salir, nos gustaría saber también cuándo es seguro hacerlo. Este es otro reto para los pronosticadores: no solamente decirnos cuándo hará erupción una mancha solar, sino también cuándo no la hará.
La misión educativa del SWEF es clave para impulsar la preparación ante las tormentas solares. Como Lika Guhathakurta y su colega Dan Bake, de la Universidad de Colorado, se preguntaron en una nota editorial de The New York Times, con fecha 17 de junio: «¿De qué sirven las alertas relacionadas con las condiciones del tiempo en el espacio si las personas no las entienden ni saben cómo reaccionar ante ellas?»
Las observaciones del telescopio de rayos gamma de la ESA, Integral, ponen en duda las bases de la física posterior a Einstein, al demostrar que la granularidad cuántica del espacio tiene una escala mucho menor de lo que se pensaba.
La Teoría de la Relatividad General enunciada por Albert Einstein describe las propiedades de la gravedad y asume que el espacio-tiempo es suave y continuo. Por otra parte, la Mecánica Cuántica sugiere que el espacio presenta una estructura granular en las escalas más pequeñas, como la arena en una playa.
Uno de los principales retos de la física moderna es conciliar estos dos conceptos en una única teoría, conocida como gravedad cuántica.
Los resultados de las observaciones realizadas por el satélite Integral de la ESA imponen unos nuevos límites para el tamaño de estos gránulos cuánticos, demostrando que tienen que ser mucho más pequeños de lo que predecían las hipótesis actuales.
Según los cálculos, la presencia de estos gránulos microscópicos debería alterar la forma en que se propagan los rayos gamma por el espacio, cambiando la dirección en la que oscilan, una propiedad conocida como polarización.
Los rayos gamma de alta energía deberían ‘retorcerse’ más que los de baja energía, y la diferencia en su polarización podría ayudar a estimar el tamaño de los gránulos cuánticos.
Philippe Laurent y su equipo de CEA Saclay han utilizado los datos generados por el instrumento IBIS de Integral para buscar diferencias en la polarización de los rayos gamma de alta y baja energía emitidos durante uno de los destellos de rayos gamma (GRBs) más intensos jamás detectado.
Los GRBs tienen su origen en los fenómenos más violentos del Universo. Se piensa que la mayoría de los GRBs se generan cuando una estrella muy masiva colapsa en una estrella de neutrones, o cuando un agujero negro se alimenta de los restos de una supernova. Estos fenómenos tan energéticos emiten un gran pulso de rayos gamma que dura apenas unos pocos segundos o minutos, pero que llega a brillar más que galaxias enteras.
El GRB 041219A se produjo el 19 de diciembre de 2004, y se catalogó inmediatamente dentro del 1% de los GRBs más intensos jamás detectados. Su brillo fue tan intenso que Integral pudo medir con precisión la polarización de sus rayos gamma.
Laurent y su equipo buscaron diferencias en la polarización de los rayos gamma a distintos niveles energéticos, pero no fueron capaces de detectar nada dentro de los límites de resolución de los datos. 10-35 metros (un milímetro equivale a 10-3 metros).
Los datos adquiridos por Integral, cuya resolución es unas 10 000 veces mejor que la de cualquiera de sus predecesores, sugieren que la granularidad cuántica debe ser del orden de los 10-48 metros, o incluso menor.
«Estos resultados son muy importantes para la física fundamental, y permitirán descartar algunas de las hipótesis de la teoría de cuerdas y de la gravedad cuántica de bucles», explica Laurent.
Integral realizó una observación similar en el año 2006, al detectar una emisión polarizada procedente de la Nebulosa del Cangrejo, los restos de una supernova que se encuentran a tan sólo 6500 años luz de la Tierra, en nuestra propia galaxia.
Esta segunda observación, sin embargo, aporta menos información, ya que se estima que el GRB 041219A se originó a unos 300 millones de años luz de la Tierra, y el giro debido a los gránulos cuánticos se va acumulando a medida que los rayos viajan por el espacio, hasta alcanzar una magnitud detectable.
Como ninguna de estas dos observaciones ha permitido detectar variaciones en la polarización de los rayos gamma, se piensa que los gránulos cuánticos tienen que ser más pequeños de lo que sugerían las primeras hipótesis.
«La física fundamental puede que sea una de las aplicaciones menos evidentes de los datos de Integral», explica Christoph Winkler, Científico del Proyecto Integral para la ESA, «pero nos ha permitido dar un gran paso en el estudio de la naturaleza del espacio».
La Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) de EEUU ha demandado en Miami (Florida) a un exastronauta por intentar vender una cámara que se usó en la misión del Apolo 14 a la Luna, informó este viernes una fuente judicial. Según la demanda presentada en un tribunal de esta ciudad, el exastronauta de la NASA, Edgar Mitchell,intentó recientemente vender en una subasta una cámara usada en la misión espacial del Apolo 14 a la Luna en 1971, usada para explorar la superficie del planeta.
La cámara utilizada durante esa misión es propiedad de la NASA, asegura esa institución, que indica en su denuncia que no consta en ningún archivo que ésta hubiera sido transferida a Mitchell, por lo que reclama su propiedad. «Todo el equipo usado durante las operaciones de la NASA permanece como propiedad de la NASA, a menos que explícitamente se entregue o transfiera a otra persona», señala la demanda.
Un regalo por su 40 aniversario
Sin embargo, Donald Jacobson, abogado del exastronauta, argumenta que la NASA dio la cámara a Mitchell como regalo tras cumplirse los cuarenta años de la misión. EE.UU. alega en la demanda que ha pedido en reiteradas ocasiones a Mitchell que devuelva la cámara, pero que no han recibido respuesta alguna.
De cara a la subasta que había organizado la casa Bonhams de Londres la cámara había sido valorada entre 60.000 y 80.000 dólares, aunque la empresa la ha retirado de la venta hasta que no se resuelva el contencioso. Mitchell se convirtió en el sexto astronauta en pisar la Luna cuando pilotó el módulo lunar durante la misión del Apolo 14.
En febrero pasado, la NASA celebró el 40 aniversario del lanzamiento del Apolo 14 a la Luna, que dejó en el recuerdo la imborrable imagen del primer astronauta de la historia jugando al golf en la superficie lunar. Los astronautas tomaron muestras de la superficie de la Luna que trajeron a la Tierra, 42 kilos de rocas y suelo lunar, que fueron repartidas en 187 equipos científicos en Estados Unidos, así como en otros 14 países para su estudio y análisis.
¿Una represalia encubierta de la NASA?
Edgar Mitchell es uno de los tantos astronautas cuyas declaraciones acerca de la vida extraterrestre y civilizaciones alienígenas, incomoda de sobremanera a la NASA y al establishment que mantiene en secreto evidencias que serían determinantes para que el público que aun no se desayunó, se entere que las misiones de la NASA en el espacio eran —y aun son— vigiladas y seguidas de cerca por OVNIs y que no estamos solos en nuestro vecindario galáctico.
En 2008, Mitchell había declarado en un programa radial, entre otras cosas, lo siguiente, desatando la controversia:
“Estoy seguro que no estamos solos en el universo. Ahora, ¿somos capaces de identificar con certeza cuáles son los otros planetas [habitados]? No, no lo somos, ciertamente no en nuestro sistema solar. Pero en la actualidad se han identificado una gran cantidad de planetas que muy probablemente podrían albergar vida.
”Soy uno de los pocos que ha tenido el privilegio de estar dentro del asunto y estar enterado sobre el hecho de que hemos sido visitados en este planeta y que el fenómeno OVNI es real, a pesar que esto haya sido encubierto por nuestro gobierno por largo tiempo.”
Teniendo en cuenta la anterior declaración, a la cual la NASA obviamente no adhiere, es sospechoso que esta agencia espacial demande al astronauta por un suceso tan trivial.
Cabe destacar que Mitchell no es el único astronauta que ha declarado haber visto OVNIs en el espacio, o bien directamente afirmado que hemos sido visitados por civilizaciones extraterrestres.
La NASA y el secreto de la vida extaterrestre
Fuentes: ABC, Europapress, Mystery Planet y Youtube.